Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Francisco llega a México a casi 24 años de haber reanudado relaciones diplomáticas entre nuestro país y el Estado Vaticano. En este arco de tiempo podemos constatar cambios importantes entre los vínculos de México y la Santa Sede. Las transformaciones, vicisitudes y nuevas circunstancias en ambos son notorios. Los fracasos y la incertidumbre han pesado tanto en nuestro país como en el Vaticano. En México las alternancias han sido insuficientes y se ha enquistado una clase política corrupta e ineficiente, frustrando la esperanza de millones de jóvenes que no encuentran trabajos decorosos ni mucho menos remuneraciones dignas. Violencia, inseguridad y desesperanza fermentan los tejidos de una sociedad lastimada. Como pocas veces, el gobierno y la clase política son cuestionados por la ciudadanía a través de las redes sociales.

La Iglesia católica, en el ámbito universal, ha sido severamente sacudida por escándalos de pederastia clerical que ha precipitado un descrédito insospechado. En ese tenor, la opacidad y fraudulentos manejos financieros por parte de la banca vaticana han colocado a numerosos miembros de la curia en calidad de delincuentes. Los secretarios de Estado de los dos últimos pontífices, Sodano y Bertone, están en el ojo del huracán mediático por actitudes de corrupción y abuso de autoridad. Sin duda, la estructura global de la Iglesia ha visto minada su autoridad moral y ha sufrido la implacable crítica global de los grandes medios de comunicación seculares. Las luchas palaciegas de la curia por el poder y los privilegios abrieron una enorme fractura en la conducción tanto de los estamentos religiosos como en la administración del Estado Vaticano que decantó con la hábil renuncia de Benedicto XVI. Un Papa rebasado por su edad, enfermedades y depresión.

El 21 de septiembre de 1992 la Secretaría de Relaciones Exteriores anunció el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre México y el Vaticano; por un lado, se cerró un farragoso capítulo en la historia del país cargado de tensiones y simulaciones; quedaban atrás las disputas y alejamientos con la Santa Sede que se remontan al siglo XIX. Sin embargo, tanto México como el Vaticano, desde su propia circunstancia, han experimentado en más de 20 años duros episodios y amargas transformaciones. No se trata de establecer un abusivo paralelo, sólo constatar que han soportado profundas perturbaciones. Por ello es importante destacar que la presencia de Jorge Mario Bergoglio y el conocido efecto Francisco ha representado para la Iglesia católica una hipótesis que le permite palear la profunda crisis por la que atraviesa, así como nuevas rutas de reformas y renovaciones.

El Vaticano ha contado con el eficiente desempeño de su pontífice argentino para recuperar presencia y protagonismo internacional. Bergoglio se ha mostrado hábil mediador en conflictos agudos, como en Medio Oriente. Ha sido puente y tuvo resonado éxito en la reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos; apoyó las negociaciones entre el gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia; sugirió retomar el diálogo entre Chile y Bolivia para negociar su acceso al mar, y ahora el acercamiento que tiene con el patriarca Kirill de la Iglesia ortodoxa rusa, con más de 150 millones de fieles, abre caminos insospechados en materia ecuménica. Francisco guarda consonancia y continuidad con los pontificados anteriores pero sus acentos son distintos. Wojtyla, un papa que focalizó su primer periodo como pontífice en la confrontación este-oeste, comunismo contra capitalismo. Ratzinger se refugió en Europa y en el diálogo con la secularidad cultural. Mientras que en Bergoglio destaca la sensibilidad del Sur, es decir, ha vivido y resalta los efectos de la marginación, la exclusión y el “descarte” de las naciones pobres, así como las consecuencias ecológicas provocadas por las desmesuras de los países ricos del Norte. Su encíclica Laudato sí ha tenido resonancia inusitada.

Francisco, como Juan Pablo II, se ha posicionado de manera ascendente y progresiva en la escena internacional alcanzando niveles insospechados. Karol Wojtyla se convirtió en actor político itinerante de gran peso que facilitó a la Iglesia católica ganar terreno paulatinamente en la escena internacional, así como creciente influencia para asegurar que la institución pueda seguir desarrollando su misión portadora de un código ético cristiano, así como robustecer las condiciones materiales, económicas, jurídicas y políticas locales que faciliten esta misión. Después de la caída del Muro de Berlín, las críticas católicas se centraron ya no en la dictadura del proletariado, sino en la dictadura del mercado, en la sociedad consumista y relativista en materia de valores, cuyo epicentro se ubica en Estados Unidos. Por ello México fue un país prioritario para el Vaticano. La primera frontera católica de América del Norte fue visitada nada menos que cinco veces por el pontífice y desde aquí se presentó en 1999 la exhortación apostólica Ecclesia in America, documento preparatorio del gran jubileo de 2000 y considerado, según muchos, testamento del Papa para la región.

Pero las coordenadas geopolíticas han cambiado. El mundo ya no está dividido en dos grandes bloques ideológicos. Los flancos y las fracturas internacionales son múltiples. En el último discurso del obispo de Roma al cuerpo diplomático, en el contexto de año jubilar, sostuvo que no pretende defender a una civilización frente a otras ni a sujetos activos en la escena del mundo. Francisco sostiene que la acción de la Santa Sede a escala internacional tiene como horizonte el bien de toda la familia humana. Por ello no tiene problemas a la hora de crear ejes privilegiados o colaboraciones exclusivas con determinada entidad geopolítica preminente en una coyuntura determinada. La Iglesia, en el tiempo de papa Francisco, no apuesta por buscar padrinos y apoyos geopolíticos, y no pretende afirmar con sus fuerzas la propia relevancia. Por tanto, tampoco tiene problemas al adquirir ciertos márgenes de influencia que concurren o que crean redes de alianzas preferenciales con los poderes mundanos.

Francisco llega a puerto mexicano como actor internacional relevante. Se dice peregrino, llega a un país estancado, empantanado y desgastado. ¿Tendrá capacidad para animar la esperanza maltratada?

La Jornada