Son muy poco conocidos incluso en los ambientes universitarios y académicos los maestros de filosofía, denominarlos filósofos sería demasiado rimbombante, que existieron durante el período colonial; esto es, el período que media entre el descubrimiento de América (1492) y la independencia de las repúblicas americanas (circa 1810).

Los institutos de estudio del pensamiento colonial o novohispano no son muchos pero desde hace una veintena de años se han multiplicado, los especialistas tampoco pero no podemos soslayar a nuestra Celina Lértora, al mejicano Mauricio Beuchot o a Walter Redmond de Texas, entre otros.

Tres siglos de actividad filosófica, siglos XVI al XVIII, encierran una riqueza desconocida para la mayoría. La producción está dispersa en mil lugares tanto en América como en Europa, de los maestros de filosofía conocemos sus nombres y los títulos de sus escritos pero ignoramos la mayor parte de sus contenidos. Además todos ellos escribieron en latín, que era la lengua filosófica de entonces. Y para colmo la corriente filosófica que primó fue la escolástica, donde si bien aparecen temas tratados en forma profunda y atractiva, no se caracterizó dicha corriente por generar filósofos rebeldes o de personalidad llamativa.

Si hacemos un cálculo proporcional basándonos en los datos que nos aporta la inmensa obra del profesor Alberto Caturelli Historia de la filosofía en la Argentina (1600-2000) y dado que existieron al menos 50 maestros de filosofía en el ámbito de lo que hoy es Argentina, y lo multiplicamos por los cuatro virreinatos hispanoamericanos, nos da la suma de unos 200 maestros, que a un promedio mínimo de ocho libros o tratados por barba, llegamos a la suma de 1800 escritos. Suma nada despreciable para estudiar y que en su mayor parte está aun bajo las sombras de la ignorancia.

De entre estos maestros de filosofía hubo algunos excepcionales como en México Alonso de la Vera Cruz (1507-1584), estudiado por el mencionado Beuchot o Antonio Rubio (1548-1615) autor de Lógica mexicana quien aparece citado por Descartes y Leibniz. En el Perú José de Aguilar (1652-1708) con su Tratado de metafísica. En Argentina, Domingo Muriel(1718-1795) y sus Meditaciones sobre Hispanoamérica, fray de San Alberto (1727-1804) con sus meditaciones sobre pedagogía, política y vida espiritual, Francisco Javier Iturri (1738-1822) con sus originalidades y José Peramás (1732-1793) con su Administración guaranítica comparada con la República de Platón.

De este último autor nos vamos a ocupar, al menos para retribuir las gentilezas que siempre me han obsequiado mis amigos catalanes, así como la Universidad de Barcelona y los profesores Margarita Mauri, José María Romero Baró y Eudaldo Forment.

José Manuel Peramás nació en Mataró (Cataluña) en 1732. Estudió con los jesuitas en Cartagena, Tarragona, Manresa y Zaragoza. En 1754, con tan solo 22 años pide ser enviado al Paraguay donde funcionaba la famosa república jesuítica guaranítica con su sistema de Reducciones, que en la época hasta a Voltaire, enemigo acérrimo de la Iglesia, asombró.
A fines de julio de 1755, año del gran terremoto de Lisboa, llega Peramás a Buenos Aires, y escribe: “Tan rica y privilegiada es esta tierra que ninguna otra en el nuevo mundo la aventaja; tan llega de todos los dones de la naturaleza que si conoce lo mucho bueno que entraña nunca tendrá envidia de otro país alguno. Esa es mi opinión. Es verdad que su suelo no oculta ricas venas de oro y plata, como el de Chile y el del Perú; ni en él se encuentran piedras preciosas y margaritas como en otras regiones de América; pero Dios extendió sobre estas tierras un clima casi en todas partes agradable y favorable al progreso, y en ellas abundan los frutos, las plantas, los bosques; en ellas retozan innumerables caballadas de larga crin y blanqueaban los campos con rebaños de ovejas. No necesitan tener minas para progresar, y el ilustre Martín Dobrizhoffer(otro jesuita del Paraguay) afirma que es difícil asegurar si fue desgracia o mas bien fortuna el que los dioses privaran a esta regiones de ricas y escondidas minas” (el chiste afirma que cuando gentes de otros pueblos se quejan antes Dios por todo lo que dio a Argentina; respondió: esperen que falta el hombre).

En septiembre de 1755 se traslada a Córdoba en donde se ocupa de su formación sacerdotal y se le encarga escribir las Cartas Anuas de la provincia del Paraguay para enviarlas a Roma. Allí las leyó el renombrado historiador P. Julio Cordara quien quedó muy sorprendido por su corrección y elegancia. Peramás guardo siempre una relación fluida con el historiador italiano.

En 1758 es ordenado sacerdote y enviado a la misión guaranítica San Ignacio Miní. Trabajó allí con laboriosidad admirable durante un año y medio para ser volver a Córdoba a ocupar la cátedra de retórica en la Universidad.
Publica en 1766 su primer libro Laudationes quinqué, pero el 12 de julio de 1767 se produce la expulsión de los jesuitas del imperio español. Después de más de un año de viaje accidentado por prisiones y detenciones en España e Italia se instala en Faenza en donde a partir de octubre de 1768 comienza a enseñar retórica. Pero el 16 de agosto de 1773 el Papa Clemente XIV a través del breve Dominus ac Redemptor suprime la Compañía de Jesús.. Los jesuitas pasaron a vivir en pequeños grupos en casas particulares más o menos cercanas tratando de no llamar la atención a los profanos. Peramás se entregó a una vida de oración no dejando de celebrar la misa diario dedicada Pro America; Pro Indis et Nigris; Pro Juventute. y de estudio con la composición de varios libros. En 1777 publicó su poema latino De invento Novo Orbe y en 1791 De vita et moribus sex sacerdotum. Al momento de morir estaba en prensa De vita et moribus tredecim virorum paraguaycorum. Terminó sus días como capellán de un convento de religiosas, el 23 de mayo de 1793.

Esta última obra, que estaba en imprenta, fue enriquecida por un apéndice sobre Peramás hecho por su hermano Ignacio, también jesuita, y por una segunda parte; De administratione guaranica comparate ad Rempublicam Platonis commentarius que es donde encontramos la meditación crítica sobre el igualitarismo.

Allí Peramás apostrofa a los filósofos liberales, a aquellos franceses de la Ilustración que dieron contenido ideológico a la Revolución francesa de 1789.

Comienza con una crítica a sus colegas afirmando que “los filósofos actuales no se ocupan más que en decir o en oír novedades” y hecha la comparación entre el régimen guaraní y la república de Platón, si algo semejante pudiera ocurrir en Europa diría que no, porque hace ya muchos siglos que los europeos no viven en grupos y andan errantes por los montes. La ordenación política de Europa a cambiado mucho desde hace siglos.

Se puede practicar la comunidad de bienes cuando con suavidad y blandura se penetra la inteligencia y el sentimiento de los grupos nómades que llegan apreciar que vivir en comunidad es mejor que vivir a la intemperie.

Propender a la igualdad de todos “es cosa excelente” afirma Peramás, pero desde la caída de Adam jamás pudo introducirse la igualdad de todos en la república dada la diversidad de cualidades físicas y espirituales de los hombres, sus diversos talentos y capacidades de trabajo para conservar y aumentar sus bienes y riquezas. De modo tal que una vez producida la desigualdad entre los hombres, pretender la igualdad de los ciudadanos equivaldría a crear en los pueblos un estado de confusión horrible y lamentable.

“No existe, afirma, precepto natural que diga que todos somos iguales, ni Dios exigió jamás semejante cosa para el gobierno de los pueblos”.

Es más, al dividir la tierra prometida quiso que la división se hiciese con toda diligencia: “La repartiréis por suerte, por tribus y familias, a los más daréis la más ancha y a los menos la más angosta” (Números, XXXIII, 54)
Cuando San Pablo instruye a Timoteo acerca de los deberes del Obispo no le ordena que exija a los ricos la cesión de sus riquezas, sino que hagan buen uso de ellas “que obren el bien y den con facilidad”.

La desigualdad de riquezas no implica que se descuide la atención de los necesitados, de ahí que los bienes y las rentas de los Obispos y de los clérigos “constituyen el patrimonio de los pobres y son como el erario público de la Iglesia”.

Graves dificultades crea esta platónica comunidad de bienes e igualdad de todos. En ninguna parte ha existido ciudad alguna que se rigiera por estas instituciones. Lo autores de la teoría igualitaria no nos explican cómo es posible llevarla a la práctica. Cosa distinta es aquella comunidad que practicó la primitiva Iglesia, pues se llevó a cabo para lograr la perfección y santidad: “Si quieres ser perfecto ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; y tendrás un tesoro en el cielo; y ven, y sígueme” enseña Cristo.

Vemos como esta tensión entre riqueza y pobreza, entre necesidad y salvación, entre bienes públicos y bienes privados no se resuelve según Peramás con la teoría “del todos por igual” sino a través de la asunción de la desigualdad natural entre los hombres donde los que más tienen más hacen el bien y más tienen que dar: “cuanto hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mi me los hicisteis”. En una palabra, la responsabilidad social y política del buen orden radica en el que más puede y tiene. De allí concluye José Peramás citando a San Agustín cuando define el buen orden político y social como: “la disposición de cosas iguales y desiguales según la cual se da a cada uno lo que le corresponde”.

Dejamos para otra ocasión hablar sobre el contenido de este libro que consiste primero en la exposición las tesis Platón sobre cada uno de los temas y, en segundo lugar, lo que se practicaba entre los guaraníes, dejando en libertad a lector para que saque sus conclusiones.

Cabe destacar que fue a instancias del P. Guillermo Furlong S.J. , el primero de los grandes estudiosos de la filosofía en época colonial, que se publicó en Buenos Aires en 1946, y por primera vez en lengua castellana, bajo el título de La República de Platón y los guaraníes, por la editorial Emecé.

(*) arkegueta
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