La familia jesuita, la familia Cardenal, amigos e “hijos de enseñanzas” de Fernando Cardenal Martínez se reunieron en una emotiva despedida al sacerdote, al maestro y al amigo que dedicó su vida a la lucha por una enseñanza de calidad e inclusión para los más pobres.

Las honras fúnebres iniciaron la tarde del domingo con una misa de cuerpo presente en el Aula Magna de la Universidad Centroamericana, presidida por el cardenal Leopoldo Brenes. El lugar no logró albergar a la multitud que quería despedirse de Cardenal y afuera del recinto se tendieron toldos y sillas para que desde ahí se pudiera participar de la eucaristía.

Además de los rituales católicos de rigor, la ceremonia fue particularmente emotiva por haber sido musicalizada en su totalidad con temas de la misa campesina, las composiciones de Carlos Mejía Godoy que mezclan el folclor nicaragüense y la Teología de la Liberación, con la que comulgaba Fernando Cardenal.

Luis Enrique Mejía Godoy, Norma Helena Gadea, Luis Pastor González y Katia Cardenal le dieron voz a las canciones, pero fueron los asistentes quienes hicieron vibrar el lugar cantando al unísono las letras que hablan de un Dios de los pobres, de un Cristo trabajador y de la fe y el esfuerzo del campesinado.

En el ofertorio, en lugar de ofrendas tradicionales, desfiló un retrato del padre Fernando con una imagen de la Cruzada Nacional de Alfabetización firmada por brigadistas. Y detrás, niños y jóvenes con elementos de Fe y Alegría, la institución educativa que Cardenal dirigió hasta su muerte.

La homilía, a cargo del padre José Alberto Idiáquez, rector de la UCA, combinó la lectura de parte del testamento de Cardenal y anécdotas de su trabajo por la educación inclusiva y de calidad para los pobres.

El padre Fernando Cardenal fue sepultado al caer la tarde de este domingo en el Cementerio General en las bóvedas de la Compañía de Jesús. El himno de Fe y Alegría y el himno de la Cruzada Nacional de Alfabetización, considerado uno de sus mayores legados al país, fueron entonados por familiares, amigos y niños que escoltaron sus restos. Lágrimas, aplausos, flores y globos rojos.

“¡Hasta siempre, Fernando, gracias!”, se despidieron.

La Prensa

Fernando Cardenal, el jesuita de los niños pobres

Siempre que salía a misionar siete niños lo seguían hasta el límite del barrio Pablo VI de Medellín, Colombia. Eran los hermanos Jaramillo, hijos de una pareja pobre que vivía al frente de la casa de los jesuitas. Fernando Cardenal Martínez, quien había iniciado su noviciado en 1952, eligió uno de los barrios más pobres para cumplir un servicio religioso de nueve meses en 1970.

“Un día regresé a la casa y encontré a los siete niños Jaramillo comiendo de la basura de nuestra casa. Fue un golpe tremendo para mí. Yo les tenía mucho cariño. Fue duro ver esos niños comiendo nuestros desperdicios. ¿Por qué comían basura? ¡Porque tenían hambre!”, contó Fernando Cardenal en una entrevista a Magazine.

Antes de volver a Nicaragua hizo su voto de pobreza con ellos. “Les dije que dedicaría lo que me quedara de vida a la liberación de los pobres, a la lucha por la justicia, por amor a ellos, inspirado en ellos”, anotó Fernando Cardenal en un prematuro testamento que escribió en 2010. Para sellar el pacto se puso un anillo negro en el dedo anular de la mano izquierda. Nunca se lo quitó. La madrugada de este sábado 20, a los 82 años, murió con el anillo puesto y la promesa cumplida.

Apoyó de manera activa la lucha del Frente Sandinista de Liberación Nacional contra la dictadura somocista. Participó en la toma de iglesias, las marchas y fue quien denunció ante el Congreso de Estados Unidos, en 1976, la represión y la violencia del régimen y tras el triunfo de la revolución dirigió la Cruzada Nacional de Alfabetización, una epopeya educativa en la que cien mil jóvenes voluntarios enseñaron a leer y escribir a más de medio millón de personas.

“Fernando influyó en que tanta gente tuviera acceso al conocimiento y que pudieran abrir los ojos de cierta manera, no solo los que aprendieron a leer, sino los que fueron a enseñar cambiaron totalmente por esa experiencia”, comentó la escritora Gioconda Belli.

Su nombramiento como ministro de Educación por la Junta de Gobierno de Reconstrucción Nacional le valió, en 1984, la expulsión de la Compañía de Jesús por orden papal, aduciendo que era incompatible su compromiso con la Iglesia y sus acciones revolucionarias y su cargo como ministro. Tenía que elegir.

“Estaría cayendo en un grave pecado si abandonara mi sacerdocio para los más pobres y mi trabajo por la Revolución Popular Sandinista”, escribió Cardenal en su Objeción de Conciencia, presentada a las autoridades eclesiásticas para hacer manifiesto oficial de su resistencia a cumplir la orden de retirarse de la familia jesuita, porque estaba en contra de sus principios morales. “Dios me ha dado el deseo de no abandonar mi trabajo. No puedo concebir un Dios que me pida renunciar a mi compromiso con el pueblo”. No quiso salir voluntariamente, entonces lo expulsaron.

“Él vivía el amor a la educación como parte de su religiosidad, no era simplemente hacer oración, la vivía desde la perspectiva de la Teología de la Liberación, profundamente comprometido con los desfavorecidos”, apunta Dora María Téllez, comandante guerrillera.

En 1996, luego de analizar su caso y al revisar sus alegatos de la Objeción de Conciencia, le fue permitido entrar de nuevo a la Compañía de Jesús. Hizo nuevamente un año de noviciado y a los 62 años tomó una vez más los votos de sacerdocio.

 “Llorando renuncié al Frente Sandinista de Liberación Nacional, era mi vida, era mi Frente Sandinista. ¿Por qué no salen los ladrones y tenemos que salir nosotros? reclamé. Renuncié y denuncié la corrupción, yo ya no estaba con ellos”.
Fernando Cardenal Martínez, en la entrevista Mi vida, mi historia, 2013.

Como director nacional de Fe y Alegría Nicaragua, Fernando Cardenal, se dedicó hasta su muerte a gestionar, promover y llevar educación integral a niños y jóvenes de escasos recursos en los 22 centros educativos y formar a docentes y estudiantes de centros públicos y comunitarios, en nueve municipios del país.

“Fernando era un hombre consecuente, íntegro y entregado. Fue un ser excepcional que transformó la vida de cientos de personas que le conocieron”, enfatiza Josefina “Pinita” Gurdián, la matriarca de su familia putativa por más de cuarenta años.

Era sacerdote, pero también amigo y “abuelo” consejero. “Era un hombre amoroso, comprometido y entregado a los demás. Nunca dejó de predicar con su ejemplo, nunca dejó de trabajar por la educación de calidad para los pobres”, sostiene Fernando Cardenal Córdoba, su sobrino.

Quienes le conocieron agregan que su compromiso contra las injusticias y por el derecho a una educación de calidad, sobre todo para los que no podían pagarla, trascendía en cada espacio y aspecto de vida. Fue un misionero entregado a los pobres, un revolucionario y un hombre ejemplar que influyó en al menos cinco generaciones de nicaragüenses.

Por eso espero, apoyado en el capítulo 25 de San Mateo, que el último día me diga el Señor: ‘Pasá adelante, Fernando, porque tuve hambre y me diste de comer, era analfabeto y me enseñaste a leer”. Yo confío en su promesa. Fernando Cardenal Martínez, testamento escrito en 2010.

EL ETERNO REVOLUCIONARIO

Fernando Cardenal Martínez era el quinto hijo del matrimonio de Rodolfo Cardenal y Esmeralda Martínez. Una familia de abolengo, dinero e influencia en la sociedad granadina. Rodolfo, Ernesto, “Maruca”, Gonzalo, Esmeralda y Rodrigo Cardenal Martínez. Su hermano Ernesto, el poeta, político y escultor fue también revolucionario y defensor de la Teología de la Liberación en América Latina.

Antes de entrar en la vida religiosa, Fernando pasó por “la vida loca”. Fue expulsado del Colegio Centro América en varias ocasiones por insolencias.

“A los 15 años fumaba, a los 16 saqué mi licencia de conducir y mi padre me prestaba el carro para ir donde yo quisiera. Me dieron toda clase de libertades, tomaba licor, nunca fui un adicto, pero cuando salía del internado por vacaciones nos dedicamos desaforadamente a divertirnos. En fiestas, con muchachas, vagancias. Pero después me sentía vacío, sentía deseos de una felicidad grande que nunca había experimentado”, confesó en varias entrevistas.

A los 17 años, luego de un retiro espiritual, Fernando Cardenal sintió que esa felicidad solo la podía encontrar consagrándose en la vida sacerdotal.

“Uno puede pensar que sus ideas políticas y sociales le llevaron a ser determinada cosa, pero hay algo más profundo de su vida que lo llevó a hacer todo lo que logró, era su relación íntima con Dios”, señala el sacerdote Iñaki Zubizarreta, superior de la Compañía de Jesús en Nicaragua. “A la hora de decidir siempre lo hizo en conciencia delante de Dios y si se dedicó de lleno en algún momento a la revolución y a la política lo hizo con la convicción clara de que esa era su misión”.

La Prensa