En la Atenas del siglo V a.de C. había una gran demanda de Verdad, de conocimiento. Desde la propia Atenas, desde Elea, desde Abdera, Samos o cualquier ciudad circundante o más alejada llegaban hombres dispuestos a cubrir esta demanda. Atenas era un gran mercado donde los tenderos invadían el ágora, el Partenón o los templos no para ofrecer fruta o verdura, sino conocimiento, sabiduría, Verdad.

Esa profusión de ideas trajo consigo un grupo de intelectuales llamados sofistas (los sabios de profesión), quienes lograron tener gran influencia en la juventud griega ya que poseían gran dote de retórica y de dialéctica. Ilustramos algunas frases esgrimidas por ellos como el “todo es relativo”, “el hombre es la medida de las cosas”, “la verdad no existe”, “existen sólo opiniones no verdades”, “cada individuo percibe el mundo a su modo y conveniencia”, estas son algunas de las celebres sentencias en las que se destacaron los sofistas. Muy por el contrario de los filósofos, su finalidad intelectual no era la búsqueda de la verdad, sino lograr un alto prestigio en sus discípulos y adeptos y obtener así jerarquía política, social y económica.

Es cierto que en un comienzo ser sofista no era deshonroso. Gracias a su preparación e influencia, el sofista fue considerado como la imagen intelectual y carismática del saber, siendo apreciado por gran parte de la élite social ateniense. Sin embargo, el movimiento degeneró, convirtiéndose únicamente en un medio lucrativo; manipulando a la sociedad griega con argumentos relativos y hasta con falsas nociones tan sólo para obtener alguna utilidad material.

Para el pensamiento sofista la verdad depende del sujeto, de la interpretación y visión de cada persona. El bien y el mal, lo verdadero y lo falso, dependen de la perspectiva personal con la que se valora algún hecho o situación. Fueron precursores del exagerado uso de la opinión, no importando si estas opiniones fueran absurdas y sin fundamento, y provocaron grandes daños a la educación y formación de los jóvenes griegos. Hecho por el cual el sofismo fue muy criticado, combatido y corregido por los grandes intelectuales de la antigua Grecia, sobre todo por Sócrates, Platón y Aristóteles.

En la actualidad podemos ver individuos que nos recuerdan a estos célebres pensadores griegos. El devenir del tiempo en el mundo unipolar ha traído consigo un nuevo oscurantismo, enormemente peligroso. Mientras que, en muchos sentidos, la humanidad, de la mano de la ciencia y la tecnología, ha dado saltos impresionantes, en otros ámbitos hemos perdido valores humanistas sustanciales y estamos muy cerca de retornar a las cavernas. El conservadurismo mediocre que impregna a los poderes gobernantes del planeta ha desarrollado un esfuerzo singular por erradicar de la faz de la tierra nuestra capacidad de generar pensamiento crítico y de plantear, de creer y de atrevernos a crear horizontes alternativos y metas inteligentes, ajenas a los paradigmas del fatalista “pensamiento único”.

Curiosamente, ese pensamiento único que pregonó el fin de la historia y que engulló a varias ideologías en su camino. Estos mecanismos son los que desarrollan el pragmatismo oportunista y sistémico, el individualismo descarnado y forrado de verborrea seudolibertaria, o el egoísmo inescrupuloso y cínico, hechos cánones de conducta socialmente plausible.

Tal vez por eso vivimos en países cada vez más injustos e indiferentes, cada vez más pobres y más abusivos, cada vez más peligrosos. En este escenario, se promueve el rechazo a la capacidad de pensar con sentido crítico e independiente, se criminaliza el hecho de protestar o de rebelarse, se veta el atrevimiento de “ir más allá” de lo permitido o de actuar en concordancia con principio ético-moral alguno que no sea de aquellos promovidos y aceptados por un sistema completamente controlador. La vida humana queda reducida, así, a un camino teledirigido, en donde el conductismo del poder le señala a los seres humanos los derroteros de autocomplacencia, pasividad y conformismo por donde puede caminar y de los cuales no deben desviarse.

Esto representa un horizonte en nada diferente del sueño húmedo y enfermizo de cualquier totalitarismo barato. Y es que, aunque no quieran admitirlo, el neoliberalismo es simplemente una ideología totalitaria más. Bajo el espejismo de una supuesta libertad que no es tal, esta manera perversa de pensar trastoca al mundo y le torna en un circo para luchar por el interés propio y nada más. En ella, el egoísmo salvaje es lícito y loable y es la única ruta efectiva para acceder al éxito o hasta para sobrevivir, dentro de las reglas ineludibles que nos imponen, a nombre de una predestinación espuria.

¿Cómo fue que llegamos a este punto? Quizá revisando lo que vemos día a día en periódicos y noticieros, en artículos de opinión light, en blogs de pseudointelectualoides, etc., comencemos a entenderlo. Pero como nos advierten algunos intelectuales de las ciencias sociales que aun no cayeron en este oscurantismo; los ideólogos del pensamiento único recurren al uso y al abuso del sofisma, de los trucos y de las trampas mentales de la vieja filosofía sofista, actualizada y adaptada a nuestros días. El discurso ideológico de los doctrinarios de esta perversión (Hayek, Feyerabend, Friedman entre otros) está asentado en cinco pilares sofistas: la refutación basada en la descalificación y el asesinato moral, la falsedad inescrupulosa de datos y de hechos, la paradoja fatalista (como medio para imponer la resignación ante los hechos consumados), la incorrección conductual hacia los contrarios (basada en amenazas sutiles o directas) y finalmente, el parloteo vano y superficial, para mitigar el ruido y la disidencia.

Estos son los mecanismos por los cuales, vivimos hoy en sociedades mental y materialmente empobrecidas y saqueadas, plagadas de instituciones supuestamente nuevas pero inútiles; en donde nadie se atreve a protestar frente a los abusos de los poderosos, por miedo o por adocenamiento colectivo; en donde los medios de comunicación de masas (supuestamente “libres”/ “demócratas” ) tienen que medir cuidadosamente sus palabras; en donde hablar de Estado, nacionalismo, sociedad o independencia es desacreditado y satanizado como populismo o comunismo; en donde todos debemos aspirar a vivir en un paraíso de servicios, totalmente desregulado y atractivo a los intereses de cualquiera que venga a saquear lo poco que nos queda, en nombre del fetiche de una supuesta “libertad económica” y de una versión tramposa de modernidad y de globalización.

Los economistas nuevos sofistas

La especialización ha provocado no una mayor efectividad y esclarecimiento, sino una mayor confusión. Cada campo científico vive recluido en su jerga, en sus tecnicismos. Cierto es que el estudio continuado de un campo exige ciertos tecnicismos como abreviaturas de conceptos, a fin de no repetir innecesaria y expansivamente lo que puede condensarse en una palabra, pero comienza a suceder con mucha frecuencia que el hombre moderno cree ya en esas palabras como conceptos autónomos, independientes del hombre. Lo cierto es que cada defecto humano tiene una palabra extrapolada, en este caso, al mundo de la economía; cuando el hombre proyecta ese defecto o vicio hacia la economía de inmediato se divide adoptando otros nombres. Así la avaricia proyectada a la economía se llama acaparamiento, o especulación, o cualquier otro nombre con que la avaricia intenta pasar de incógnito; el egoísmo se llama privatización o éxito empresarial; la soberbia tiene nombres como competitividad o abuso financiero; la desfachatez o inmoralidad queda conmutada por eufemismos como malversación o desviación de fondos.

Cada vicio humano sufre, al contacto con un área especial de la humanidad, en este caso de la economía, una ramificación de nuevos nombres que nacen según el hábitat favorable de los tiempos, y lo hacen de tal forma, con tal fuerza de crecimiento, que el hombre que los contempla es cada vez más incapaz de entrever la raíz de todo ello. Y es por eso que el hombre común, aquel que no posee conocimientos de economía, con frecuencia ofrece un diagnóstico más certero de la realidad de la economía que el propio economista. Sin duda que, como es común en nuestro tiempo, muchos prefieren un diagnóstico incierto que sea técnico, mentiroso pero genial, a uno con la simpleza y rusticidad de lo simplemente cierto. Pero la realidad es que si un economista nos dice que la causa de la crisis es la burbuja financiera, la estanflación, la crisis crediticia, etc., y un campesino apenas alfabetizado nos dice que la causa es la avaricia del hombre, es éste segundo quien se halla más cerca de la verdad.

El primero nos está dando un argumento tautológico, pues decir que la causa de una crisis son una serie de crisis, es decir conceptos que son crisis en sí, no se le ocurre ni a quien asó la manteca. Es como decir que la causa de la deforestación es la tala de árboles, o que la causa del peligro de extinción de un animal es la caza del hombre. Y precisamente estos dos ejemplos comparten causa con la crisis económica: la avaricia. Pero parece que en estos tiempos tan modernos (tan modernos como cualquier tiempo) no es de buen gusto reducir las causas de los problemas a reflexiones helénicas o primarias, a consideraciones sobre los fundamentos y la iniquidad del hombre. Algunos parecen buscar el eslabón perdido entre los vicios del hombre y sus consecuencias en la economía o la política, y aun hay intelectuales que encuentran soez, ordinario y escasamente inteligente el culpar a los hombres y sus defectos antes que al sistema socio-económicos en sí, como si estos fueran independientes del hombre.

¿Qué hacer para comenzar a superar esta pesadilla?

En realidad los ciudadanos pensantes no deberíamos conformarnos con hacer la crítica marginal de la economía… o con la denuncia moral de la irracionalidad del sistema, siempre necesaria. En las condiciones actuales, es crucial, además, ofrecer opciones, una perspectiva concreta de desarrollo social eficaz que tire por la borda las recetas inútiles acuñadas por una pequeña pero poderosa minoría de grandes intereses globales, aferrados al dogma de la economía de mercado único, y aplicadas con resignación fatalista por las elites gobernantes “nacionales”.

Ese es el gran desafío: …ofrecer un cambio de rumbo que despierte la conciencia ciudadana y ponga en marcha las potencialidades desaprovechadas de la sociedad civil para edificar países menos injustos, más democráticos y soberanos, capaz de decidir por sí mismo sus (propios) intereses, sin miedo ni ambigüedades.

*Periodista uruguayo, fue director del semanario Siete sobre Siete y colaboró en otras publicaciones uruguayas y de America Latina. Corresponsal en Naciones Unidas y miembro de la Asociacion de Coresponsales de prensa de la ONU. Redactor Jefe Internacional del Hebdolatino en Ginebra. Miembro de la Plataforma Descam de Uruguay para los Derechos Economicos sociales y medio ambientales. Docente en periodismo especializado sobre Organismos Internacionales.