Tras cinco años de promesas, Colombia delimita 100 mil hectáreas de ocho páramos

El Gobierno anunció este martes una de las noticias más esperadas en términos ambientales: la delimitación de varios páramos, una promesa que desde hace varios años se había estado aplazando y que empezó a cumplirse a finales de 2014 con el de Santurbán, aunque hoy aún haya dudas sobre el proceso de consulta que adelantó el Minambiente.

En total, como lo anunció el jefe de esa cartera, Gabriel Vallejo, fueron delimitados ocho páramos: el de Miraflores, entre Huila y Caquetá, que quedó con una extensión de 19.751 hectáreas (ha); el de Sonsón, ubicado entre Antioquia y Caldas, con un área de 9.184 ha; el páramo Los Picachos, delimitado con 23.872 ha entre Huila, Caquetá y Meta; el páramo Belmira-Santa Inés, ubicado en Antioquia y con un área de 10.622 hectáreas; el páramo Frontino-Urrao y Páramos del Sol-Las Alegrías, con 15.396 ha, entre Antioquia y Chocó; el de Farallones de Cali, que quedó con 2.070 hectáreas; el páramo Paramillo, cuyas 1.550 ha están en Antioquia, y el páramo Tatamá, con casi 11.000 ha, entre Chocó, Risaralda y el Valle del Cauca.

Estos ecosistemas, que en conjunto suman casi 100.000 ha, abarcan 64 municipios, donde son claves para el suministro de agua de la población. Además, varios de ellos alimentan hidroeléctricas, como El Quimbo, Miel I y II, Urrá, Tasajera y Niquía.

Pero aunque la noticia es un anuncio que el país estaba esperando desde hace tiempo, más aún después de la sentencia de la Corte Constitucional que prohibió la minería en páramos, aún quedan deudas sin saldar. En el Plan de Desarrollo de su primer gobierno, Juan Manuel Santos prometió delimitar 21 de los 36 páramos colombianos, pues luego del fenómeno de La Niña entraron en una categoría de prioridad.

Sin embargo, a la fecha sólo se han delimitado los ocho que se conocieron este martes, más el de Santurbán, y quedan territorios claves que reclaman atención urgente. Por ejemplo, el páramo de Sumapaz, que abarca territorio de Cundinamarca, Meta y Huila, y donde miles de personas viven de la agricultura y la minería. O el páramo de Pisba, en Boyacá, que por décadas ha enfrentado serios conflictos mineros.

Esa es quizás la dificultad mayor: no se puede dejar de lado los factores sociales y económicos a la hora de definir dónde empiezan y terminan estos ecosistemas. De hecho, en doce de estos páramos hay presencia de grupos étnicos.

Hasta el momento, como hace un mes le dijo a este diario Carlos Sarmiento, investigador del Instituto Humboldt, ya hay estudios científicos de 28 páramos, incluyendo estos ocho, y es posible que a finales de mayo se tenga una cartografía clara.

El Espectador