Recuerdo el día 23 de marzo de 1976 como hoy, sentado en la cama de mi celda de la cárcel de Devoto, en plena ciudad de Buenos Aires, leyendo el diario. Creo que era La Nación, uno de los pocos diarios a los que teníamos acceso. La mayoría de los artículos reflejaban la inminencia de un golpe. Sin embargo, fiel a la orientación de mi organización política (hoy el Partido Obrero) sostenía con mis compañeros que un golpe era imposible dado que el país vivía una situación claramente “pre-revolucionaria”… De haber un golpe sería “blando” y “efímero”. Tenía 26 años y hacía sólo cinco meses que estaba preso.

Al día siguiente, al despertar y antes que nos repartan el desayuno sentí un silencio extraño en la calle que rodeaba los muros de la cárcel. Silencio preocupante que dejó paso al ruido de motores que pertenecían a unos jeeps del ejército marcados por una especie de triángulo o letra delta que aparentemente identificaban a los golpistas. Ese día no hubo recreo. Quedamos encerrados en la celda y la única vía de comunicación fue a través del inodoro, que al ser vaciado permitía conectarnos con las celdas de los otros pisos: el tema central fue la confirmación del golpe a través de ciertos comentarios de algunos guardias diciendo “están hasta las bolas”, o “ahora sí que están jodidos”…

Yo y otros tres compañeros estábamos procesados y a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) debido al estado de sitio impuesto por la presidenta María Estela Martínez de Perón desde noviembre de 1974.

Sentimos inmediatamente que la noticia del golpe afectaría nuestras posibilidades de salir en libertad. Muchos compañeros que estaban esperando salir en opción fuera del país vieron sus esperanzas sesgadas puesto que la junta militar derogó ese derecho constitucional.

Gracias a la excelente defensa de nuestro abogado, el gordo Shargorodsky, un hombre valiente y astuto como pocos, fuimos sobreseídos por el juez Rafael Sarmiento en plena dictadura (abril de 1977) Hecho insólito: el propio fiscal pidió nuestro sobreseimiento. A pesar de este fallo quedamos presos tres años más a disposición del PEN. Años duros, de supervivencia ante la impunidad y el ensañamiento de los carceleros, pero también de reflexión y combate por nuestras ideas que fueron evolucionando en todo ese período.

Exiliado en Francia desde hace 36 años, mi actividad como diseñador gráfico y luego como editor me permitió reconstruirme sin perder los lazos con mi país, fundando o participando en diferentes asociaciones ligadas a la Argentina. Mis dos hijos, el menor nacido en Francia, tienen ambos una relación fuerte con el país que vio nacer a su padre.

En estos días de preparación de los actos y debates para conmemorar el 40° aniversario del golpe en Francia no puedo dejar de pensar en los momentos vividos en la cárcel y en los miles de compañeros desaparecidos. No puedo aceptar que algunos retrógrados -que hoy están en el gobierno- digan que cuarenta años es demasiado, que hay que dar vuelta la página. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es enterrar el pasado. Por eso debemos seguir recordando, con creatividad y sin melancolía, transmitiendo a las nuevas generaciones que sin memoria ni justicia no se puede construir un mundo mejor.

*Ex preso político y co-autor de “La paloma engomada, relatos de prisión, Argentina 1975-1979”