El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 en la Argentina no fue una sorpresa, ni para propios ni para ajenos. La región estaba acostumbrada a las rupturas institucionales donde los militares intervenían el Poder Ejecutivo, cerraban el Congreso, disolvían partidos políticos y sindicatos, y guardaban las urnas por largos períodos.

A comienzos de 1976 la Argentina todavía era una excepción en el Cono Sur pues Chile, Uruguay y Paraguay ya estaban gobernados por dictaduras tanto como Bolivia y Brasil, los otros países fronterizos. En las retinas estaban frescas las imágenes de Pinochet y los campos de concentración en Chile y el golpe en la Argentina parecía uno más de la larga cadena de levantamientos militares que habían azotado América Latina durante décadas.

Para esa época Europa concentraba gran parte de la atención mundial porque habían ocurrido cambios importantes: Portugal, España y Grecia se liberaban de sus regímenes dictatoriales. Y estaban frescas las noticias del sudeste asiático donde se había producido la reunificación de Vietnam y el retiro de las tropas norteamericanas también de Laos y Camboya. Pero Vietnam, que tanto había inspirado a los movimientos revolucionarios en los años sesenta, parecía mucho más lejana en una región donde se consolidaban los regímenes militares y eran aplastados la mayoría de los movimientos guerrilleros inspirados en Ho Chi Minh y Vo Ngyuen Giap.

El sociólogo ecuatoriano Agustín Cueva en un artículo publicado en 1980 recordaba el “panorama deprimente que caracterizaba a la región en ese entonces”, y en particular al año 1976. Allí mencionaba la “tiranía de Stroessner desde 1954”, la dictadura consolidada del Brasil desde 1964, a Hugo Banzer gobernando de facto Bolivia desde 1971, a Uruguay que había tenido su golpe de Estado en junio de 1973 y al régimen fascista chileno. Ni siquiera Perú se salvaba, decía Cueva, ya que “el proceso nacionalista y reformista del Perú cerraba su fase progresista en 1975, con la sustitución de Velasco Alvarado por el general Morales Bermúdez” y Alfredo Poveda era parte de un triunvirato militar en Ecuador.

La excepción en América del Sur era Venezuela gobernada por Carlos Andrés Pérez que en su primer mandato, en 1975, crea Petróleos de Venezuela (PDVSA). A comienzos de 1976 Pérez nacionaliza el petróleo diciendo en su recordado discurso del 1 de enero que “no defraudaremos ni a los latinoamericanos ni a venezolanos”. A comienzos del año en América Central todas las miradas estaban puestas en Guatemala porque el terremoto del 4 de febrero había dejado más de veinte mil muertos. A menos de 800 kilómetros de allí, cruzando El Salvador y Honduras, gobernaba en Nicaragua el dictador Anastasio Somoza Debayle. En sus montañas y en las ciudades, a contramano del resto del continente, se consolidaba el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), liderado por su fundador Carlos Fonseca, que moriría en combate contra las tropas somocistas el 8 de noviembre del mismo año. Poco menos de tres años después, el 19 de julio de 1979, caería Somoza y comenzaría la revolución sandinista. Pero eso es otra historia…

El 24 de marzo de 1976, la Argentina se sumó al círculo de represión y muerte que ya reinaba en el Cono Sur. Poco tiempo después surgirían las Madres de Plaza de Mayo y la palabra “desaparecido” formaría parte del vocabulario de la política internacional. Han pasado cuarenta años y el mundo ha cambiado. La Unión Soviética no existe más, el presidente de los Estados Unidos visita Cuba y en América Latina existe una corriente progresista –en el más amplio sentido de la palabra- que nadie hubiera podido imaginar el 24 de marzo de 1976.

(*) Director de NODAL