El futuro que proponen los líderes republicanos y demócratas que se perfilan como candidatos presidenciales es un retorno al pasado: la negación de toda posibilidad de relación de nuestra América con los Estados Unidos que no esté sometida al principio de sumisión y dominio del más fuerte.

El presidente Barack Obama se encamina hacia el final de su mandato sin que las relaciones entre Estados Unidos y América Latina hayan dado un salto cualitativo respecto de sus predecesores; antes bien, el pretendido nuevo amanecer de una sociedad de las Américas de la que habló el mandatario hace casi ocho años, cuando era un recién llegado a la Casa Blanca, dio paso a la sofisticación del intervencionismo imperialista, que por un lado articuló la retórica y las sanciones diplomática; y por el otro, intensificó las acciones de desestabilización explícitas en unos casos (especialmente en Honduras y Venezuela, pero también en Ecuador, Bolivia y Argentina) o encubiertas en otros (por medio del financiamiento de fundaciones y organizaciones de la sociedad civil, asociadas a la derecha latinoamericana, que disfrazan sus intenciones reales bajo el eslogan de la “promoción de la democracia”), en un doble movimiento que, tomando prestada una aguda metáfora de José Martí en sus Escenas norteamericanas, ofrece amistad en una mano y una culebra en la otra.

En ese marco, incluso el proceso de restablecimiento de relaciones con Cuba, que no incluye en su agenda el levantamiento del bloqueo criminal ni la devolución del territorio ocupado de la base militar de Guantánamo, aparece como un acontecimiento al que se llegó más por la fuerza de las nuevas realidades en el escenario geopolítico regional y global de lo que va de este siglo, que por el elemental reconocimiento de parte de Washington y las élites políticas norteamericanas del derecho a la autodeterminación, la soberanía y las conquistas históricas de la revolución cubana.

La persistencia de la razón imperial, que opera como un condicionante ideológico y cultural en la política estadounidense, sigue siendo un factor clave en las relaciones interamericanas, que explica la continuidad de los empeños de dominación, la reiteración de lugares comunes y las dificultades que experimentan incluso los sectores más progresistas para impulsar rupturas en los patrones históricos impuestos en las relaciones con las naciones y gobiernos al sur de su frontera.

Así lo demuestran los discursos y declaraciones de los aspirantes en la actual campaña electoral en los Estados Unidos, que definirá a los contendientes para la elección presidencial del mes de noviembre: América Latina ha sido un tema marginal en los debates, y cuando ha logrado colarse en las preguntas del algún periodista o analista, las respuestas de unos y otros arrastran en sus argumentaciones el lastre de los prejuicios y las pretensiones hegemónicas ancladas en la doctrina del destino manifiesto.

Del lado de los republicanos, en sus expresiones más radicales, el discurso xenofóbico de Donald Trump –quien encabeza la carrera por los delegados en las elecciones primarias- ya está creando conflictos con México y los países centroamericanos, y amenaza con llevar a niveles aún más extremos la política de deportaciones del presidente Obama, quien desde el año 2009 ha deportado a más de 2 millones de indocumentados. Una cifra sin parangón en la historia de las presidencias de los Estados Unidos.

Con éxito perverso, a juzgar por sus resultados electorales, Trump identifica alotro latinoamericano, al otro migrante, como responsable de la crisis económica y una amenaza a la seguridad nacional de la sociedad estadounidenses, e instala tempranamente un factor incendiario de su posible política exterior hacia América Latina. Y del lado de los demócratas, el continuismo intervencionista de la candidata de Wall Street, Hillary Clinton, augura una escalada en las agresiones contra los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Ecuador, y un apoyo tácito a las maniobras que la derecha –en el gobierno y en la oposición- impulsa en Argentina y Brasil para acabar con las conquistas sociales, políticas y económicas de los últimos quince años de gobiernos nacional-populares y antineoliberales.

El futuro que proponen los líderes republicanos y demócratas que se perfilan como candidatos presidenciales es un retorno al pasado: la negación de toda posibilidad de relación de nuestra América con los Estados Unidos que no esté sometida al principio de sumisión y dominio del más fuerte.

Así soplan los vientos en este tiempo oscuro de restauración conservadora.

*Académico e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos y del Centro de Investigación y Docencia en Educación, de la Universidad Nacional de Costa Rica.