La necesidad de salir de la crisis de 2016, secuela de la crisis mundial de 2008, ha puesto en duda las soluciones de la economía convencional. Sencillamente porque esas soluciones no han funcionado y ocho años después rebotan los problemas. Hace cuatro años ya se predijo este rebote. El Premio Nobel de Economía, Paul Krugman, denunció en 2012 lo inútil que resulta la austeridad para superar una crisis. Su argumento es claro: si los ahorros no se invierten, en vez de usarlos solo para pagar deudas, se está golpeando a la economía de un país. Al bajar la recolección de impuestos y disminuir los ingresos a futuro, un gobierno austero está invitando a los prestamistas y terminará endeudándose más. ¿Cómo encender los motores de una economía endeudada? Cuando el Estado y los privados invierten en obras de infraestructura, aumentan los empleos y se mueve todo el aparato productivo. Una macroeconomía con bases ecológicas, en cambio, propone soluciones sustentables que en verdad se proyectan al futuro. Sus propuestas son bajas en carbono, es decir, amigables con el ambiente. Pero lo más importante es que buscan la felicidad del ser humano, al ofrecer empleos dignos y la liberación del consumismo acelerado. ¿Cómo se realiza esto en la práctica? Si el gobierno “P” invierte, por ejemplo en transporte público o en energía renovable, estará creando empleos de calidad, abriendo oportunidades en un territorio (siempre y cuando se respeten los límites ambientales) y, lo más interesante, permitirá el ahorro de recursos a mediano plazo. A largo plazo, por supuesto, estamos hablando de un punto a favor de la Tierra, de una contribución a la salud del hábitat de la humanidad. El gobierno “P” es positivo. El gobierno “N” dedicará todos sus recursos al pago de las deudas y de los “compromisos” internacionales. Suspenderá la inversión pública. Reducirá el tamaño del Estado y bajará los impuestos para estimular las inversiones privadas que nunca llegarán. ¿Y la ecología? Un lujo de los gobiernos ricos, dirá el gobierno “N” (negativo). Este tipo de gobierno es de corte neoliberal, propone austeridad que en la práctica se traduce en recortar toda inversión social, tildándola de improductiva. Sin embargo, no hay austeridad en el pago de la deuda financiera ni en el salvataje de la empresa privada. Para el gobierno “N”, si un ciudadano malgasta su patrimonio, es problema de ese ciudadano; si un empresario despilfarra su capital, es problema del Estado. La posición neoliberal en este campo es socializar las pérdidas, pero privatizar las ganancias. No se trata de satanizar los estímulos, pero hay que estimular al verdadero emprendedor, no al ineficiente. En Latinoamérica se siente la crisis económica mundial 2015-2016, aunque las derechas criollas se apresuren a decir que es consecuencia del mal manejo de los gobiernos regionales de izquierda. No obstante, la misma Naciones Unidas confirma que se trata de un fenómeno mundial, que afecta con fuerza a los latinoamericanos. Las causas son la baja en los precios de materias primas, una menor tasa de crecimiento de la economía china y la salida de capitales de la región. Las consecuencias para Latinoamérica son la contracción del PIB, mayor desempleo y deterioro en la calidad del empleo. La moraleja resultante es que la inversión debe ser prudente, no en el sentido de austeridad sino en cuanto al objeto de la inversión. Hay que invertir en lo que genere empleo de calidad y diversificación de la especialización productiva, en lo que nos permita adquirir más conocimiento y tecnología y, en especial, en lo ambientalmente correcto.

*Fander Falconí Benítez, es un economista, académico y político ecuatoriano.