Hace calor como nunca. Este año, el invierno en el hemisferio norte fue inusualmente caliente, y sobrepasó los dos grados que la Cumbre de París se puso como meta no sobrepasar para mantener el cambio climático a raya.

Las fotos de satélite muestran un decrecimiento importante de la masa de hielo en el Polo Norte, y circulan por las redes sociales fotografías de glaciares que se derriten dejando al descubierto la senda árida sobre la que han estado miles de años.

El destino nos ha alcanzado, pero parece que lo que hacemos -y provoca esta situación en la que se nos va la vida como especie- lo seguiremos haciendo en el futuro, como si tal cosa, hasta hundirnos en el barranco que nos está esperando a la vuelta de la esquina.

Pareciera que no hay forma de parar la espiral, que aunque los signos del apocalipsis se multipliquen no sabemos cómo detenernos. Cada día compramos más, desperdiciamos más, tenemos más carros, echamos abajo más bosques, envenenamos más el agua, el aire, la comida y el entorno.

Somos un virus terrible que está destruyendo su propio hábitat, que ya está pensando en cómo dar un salto de pulga hacia la piedra o el asteroide más cercano que pase por nuestra vecindad para ver cómo iniciamos también ahí el ciclo devorador.

Somos una especie estúpida, a pesar de las loas que nos hemos cantado a través de la historia llamándonos reyes de la creación, nivel más alto de la evolución de la materia, reflejo de la imagen de Dios o centro del universo.

Nuestra estupidez nos vuelve ciegos. Entre nosotros hay quienes, con afán de poder, de relumbrón, de dominio, dicen que todo lo que ya está sucediendo, y sucederá con más fiereza en el futuro, es natural, que forma parte de ciclos naturales que en algún momento se revertirán y que todo lo que nosotros hacemos, echar humos, gases y vapores de todo tipo a la atmósfera; saturar de plástico los mares; devastar nuestro entorno escarbando en las entrañas de la Tierra; arrasar sin contemplación florestas otrora infinitas, que todo eso, pues, no es causa de lo que ya está pasando, es decir, de que estemos cambiando para mal nuestro el ámbito en el que vivimos.

De nosotros quedarán huellas silenciosas pero poco más. De las ciudades arrogantes erigidas en los desiertos de Oriente Medio no quedara ni medio. Sus grandes edificios serán devorados por la arena como las pirámides de Egipto. No habrá, sin embargo, turistas para verlas. En ese espacio sin nuestras voces podrá, otra vez, regenerase el Planeta; y ojalá que no surjamos de nuevo de alguna posible evolución en alguna esquina de ese nuevo mundo.

Hacia allá nos lleva esta forma de vida que hemos construido y a la que parece que no le encontramos alternativa. Es una forma de vida en crisis, que se devora a sí misma y que, desorbitada, va dejando desde ya un reguero de desahuciados, tullidos y heridos que malviven en casas de materiales endebles, basurales descomunales, fetideces e insalubridades que hacen de la vida un martirio.

Buscamos, es cierto, alternativas; luchamos y nos rebelamos pero no logramos parar la maquinaria. No hemos tenido la suficiente fuerza, la suficiente astucia o sagacidad, o unidad entre todos nosotros como para detenerla.

Mientras tanto nos morimos de calor, de sed, de insolación. Es solo un anuncio.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.