Berta Cáceres no descansará en paz. Es lo que menos hubiera deseado. Agítese entre el pobrerío, eríjase en estandarte del pueblo. La efervescencia es su lugar.

Dirigente indígena ambientalista y feminista ha sido asesinada en Honduras. Ella misma denunció pública y repetidamente, antes de ser asesinada, las amenazas de muerte de la que era objeto junto a dirigentes de su entorno inmediato, y señaló a quienes consideraba que eran los culpables: el Ejército, la policía y el presidente de Honduras, al que llamó vendepatria, el mismo que el jueves 3 de marzo salió a rasgarse las vestiduras por el asesinato en conferencia de prensa.

El asesinato de Berta Cáceres se perpetra en el marco de un continuado ambiente de represión e inseguridad que prevalece en Honduras desde el golpe de Estado llevado a cabo por la oligarquía hondureña, con la aquiescencia del gobierno de los Estados Unidos, en el año 2009. Desde entonces, el movimiento popular no ha conocido sino la represión continua como castigo por la osadía de haber apoyado al gobierno de Manuel Zelaya.

El terror es la principal estrategia de dominación social utilizada en el Triángulo Norte centroamericano durante la segunda mitad del siglo XX hasta nuestros días. Su máxima expresión fue la guerra represiva contraisurgente pero, una vez cerrada esa etapa a finales del siglo XX, se ha pasado a un nuevo nivel que implica alianzas entre grupos de la clase dominante, específicamente nuevos ricos nacidos de los negocios asociados con la guerra de décadas pasadas, bandas de paramilitares vinculadas a los ejércitos, nuevas expresiones de crimen organizado asociados al tráfico de drogas, el contrabando y otros negocios, y las bandas juveniles conocidas como maras, que usualmente juegan el papel de ejecutores de actos como el que hoy lamentamos.

Este enorme aparato tiene poder omnímodo y goza de impunidad. Paraliza a la población a través del miedo, la obliga a renunciar a su vida pública, inhibe su organización y mantiene en vilo su vida. Los efectos de su actividad cubren toda actividad social, la marca y la orienta. Conspicuos representantes suyos llegan al poder del aparato de Estado, como en Guatemala con el caso del presidente Otto Pérez Molina y su vicepresidenta Roxana Baldetti, presos en la actualidad sindicados de organizar una banda de defraudadores al fisco en las aduanas.

Los cabecillas y organizadores de estas redes del terror mafiosas depredan el erario público, pero también participan de grandes negocios en los que, sin embargo, como siempre ha sucedido con nuestras clases dominantes, participan como socios menores con grandes capitales internacionales y transnacionales.

Berta Cáceres, con su actividad de denuncia y oposición a estos grandes intereses económicos, puso la pica en Flandes y se ganó su odio eterno. El resultado es este, la muerte emboscada en una vivienda sola, sin protección, en donde Berta pasaba la noche. Hay que llamarles cobardes, pero no por ello dejar de entender que los asesinos materiales no son más que instrumento de una enorme maquinaria puesta en marcha para amasar grandes capitales.

En estos países centroamericanos, el neoliberalismo depredador se instaura de esta manera, despojándose de todo artificio y dejando a la luz del día la maquinaria que, en otras partes, se cubre de oropeles para despistar. No hay nada que se le oponga que no sea atropellado. No hay nada que le sea respetable, atendible o sagrado. En el último tiempo, Berta Cáceres defendía un río que es central en la cosmovisión de los Lencas hondureños, pero eso no hace sino causar risa en quienes solo atienden a los llamados de la codicia.

Berta Cáceres no descansará en paz. Es lo que menos hubiera deseado. Agítese entre el pobrerío, eríjase en estandarte del pueblo. La efervescencia es su lugar.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.