Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Según los antropólogos, la especie humana habita el planeta desde hace al menos 100.000 años. Sólo a partir del Renacimiento, de manera gradual y esporádica, y sobre todo después de la Revolución Industrial, rápida y sostenidamente, el mundo experimentó un notable crecimiento económico. Es decir que durante algo así como 99.500 años el mundo permaneció bastante estancado, sin mejoras sustanciales en el nivel de vida.

Los economistas han desplegado muchas teorías para explicar las causas fundamentales del enorme progreso material de nuestra especie en estos últimos 500 años. La innovación tecnológica ha sido señalada como una de las causas fundamentales de ese progreso. Pero para que haya innovación se necesitan dos contribuciones básicas: una es el respeto por la propiedad privada; la otra, el desenvolvimiento de mercados con un apreciable margen de libertad.

La receta es más simple de lo que admiten los macaneadores de turno. Lo que es difícil de explicar es por qué ciertos países la adoptan y otros se pierden en la telaraña de las burocracias estatales excesivas, según ha ocurrido en nuestra contemporaneidad. Más difícil aún de explicar es por qué ciertos países que marchaban por la senda del progreso decidieron abandonarlo para hundirse, con constancia endémica, en asombrosa decadencia material y espiritual. Tal ha sido el caso de la Argentina.

Parte de la explicación tiene que ver con los valores. Hay valores que sustentan las instituciones que favorecen el desarrollo y otros que, en lugar de nutrirse en la experiencia, apelan a mitologías de todo orden. Los valores que promueve el populismo en la Argentina pertenecen a una rara conjunción de supersticiones relacionada con la mal llamada viveza criolla.

La tan mentada grieta es una parte fundamental, y quizá la más gravosa, del programa populista. Esa grieta surge de una concepción particular del mundo que los líderes populistas fomentan a través de una propaganda descarada, alimentada por recursos fiscales; esto es, por exacciones a los contribuyentes. Responde a una concepción maniquea y paranoica. Maniquea porque divide al mundo en buenos y malos; paranoica porque los malos siempre buscan aprovecharse de los supuestamente buenos. ¿A título de qué, por ejemplo, los argentinos se manifiestan en todas las encuestas como una de las sociedades más antinorteamericanas del planeta? ¿Acaso prefieren el modelo norcoreano o el que dejó Hugo Chávez para desgracia de Venezuela?

Los mercados no pueden funcionar bien cuando no existe una confianza virtuosa entre los integrantes de la sociedad. Si hay suficiente confianza, no hay grieta. Ya en el siglo XIX, Alexis de Tocqueville decía que un firme grado de “asociatividad” movilizaba a una sociedad hacia el progreso. Para que los hombres permanezcan civilizados o lleguen a serlo, es necesario que el arte de asociarse se desarrolle entre ellos, perfeccionándose en la misma proporción en que la igualdad de condiciones aumenta. Lo saben bien los italianos: las diferencias sustanciales de desarrollo entre el norte y el sur de Italia se hallan en relación directa con la magnitud del capital social acumulado; es decir, con la voluntad de asociarse los unos con los otros, que es por lo que se destaca en Europa la parte septentrional de la península.

En el relato que propuso el kirchnerismo sólo hay argentinos buenos y argentinos malos. Los malos son los traidores, cipayos y vendepatrias que buscan, aliados a siniestros poderes extranjeros, oprimir al pueblo. Dentro de ese grupo no sólo incluyen a los sectores más productivos y eficientes de la economía nacional, como el campo, sino también a quienes tienen el poder de decisión sobre el mayor volumen de inversión privada, que es esencial para el desarrollo.

Para retomar la senda hacia el progreso debemos cerrar la grieta, usar más la razón y la experiencia y apelar menos a infantilismos prejuiciosos. Se trata de dejar atrás resabios de una cultura populista, que lamentablemente ha prendido en buena parte de la sociedad, y que pretende enseñarnos que tener un poco de inflación es bueno, que emitir moneda no es causal de inflación, que los aumentos de precios residen exclusivamente en la existencia de empresarios angurrientos que buscan maximizar sus ganancias y que la disciplina fiscal es una mera receta recesiva.

Los pasos que ha dado hasta ahora el nuevo gobierno nacional han sido alentadores en ese sentido, aun cuando podrían ser algo más audaces en materia de reducción del gasto público. Tanto la determinación de reducir la pobreza como la búsqueda del diálogo y el consenso ayudarán a neutralizar el abismo que el kirchnerismo se empeñó en ahondar entre los argentinos.

Confiamos en que aquello no sea más que un venturoso principio. La Argentina necesita, además, recuperar en plenitud la cultura del trabajo, el estudio y el esfuerzo. Sin esos valores será imposible restañar la antigua prestancia nacional ante el mundo y el país seguirá perdiendo posiciones en la consideración internacional.

La Nación