La breve visita de apenas algunas horas en Uruguay del Presidente francés François Hollande, sirvió para generar nuevas expectativas en torno a los tratados de libre comercio con la Unión Europea. El presidente uruguayo fue claro y contundente yo conduciré las negociaciones personalmente.

Tal vez sea que hemos adquirido la costumbre – y la filosofía misma, en la medida en que acepta una cierta manera de plantear los problemas, ha adquirido la costumbre – de examinar un problema como el del deseo bajo el ángulo del sujeto y del objeto, de la dualidad entre quien desea y lo deseado; hasta el punto de que la cuestión del deseo se convierte fácilmente en la de saber si es lo deseable lo que suscita el deseo o, por el contrario, el deseo el que crea lo deseable, si uno se enamora de una mujer porque es amable, o si es amable porque uno se ha enamorado de ella. Esta manera de plantear la cuestión pertenece a la categoría de la causalidad (lo deseable sería causa del deseo o viceversa), que pertenece a una visión dualista de las cosas (por una parte está el sujeto y por otra el objeto, cada uno de ellos dotado de sus propiedades respectivas) y por lo tanto, no permite afrontar seriamente el problema. Por un conjunto de razones obvias, las tradiciones filosóficas tienen un carácter mucho menos definitoriamente “nacional” que las literarias.

Sea como fuere, cualquier posible empeño de calibrar a esta luz la versatilidad, el sentido de la novedad constante y la capacidad de sugestión a la cual nos va acostumbrando el gobierno progresista sobre las grandes cuestiones del presente o más enfáticamente a los fines esenciales de la interpretación del programa elaborado en los diferentes congresos del partido de gobierno( Frente Amplio), fines, a lo que parece harto huidizos y aún más cambiantes las posiciones del actual ejecutivo, es una tarea que nos obliga de cierta forma a filosofar.

Una mirada atenta sobre el acontecer nacional y las derivas retóricas del gobierno progresista trasladadas en los diferentes discursos, nos llevan a reflexionar en estos términos. Al hablar actuamos siempre en dos registros a la vez, el registro del significante (las palabras) y del significado (el sentido), nos encontramos entre signos, que nos rodean, nos paran o nos arrastran, hablar es ese vaivén. Por eso en el actual marco el doble discurso es un componente sustantivo y ya difícilmente ocultable de la prédica progresista.

Tratado de Libre Comercio, (TLC) si,… pero no… No obstante la formulación ideologizada de la propuesta es simple y conocida para nuestros tecnócratas los cuales nos advierten que: “en un mundo inevitablemente globalizado gracias a la tecnología, la respuesta que asegura el desarrollo es la apertura de los mercados y la desregulación de las economías nacionales; de ese modo es posible entrar en contacto pleno con el resto de la economía mundial, obtener acceso a los mercados más ricos y poderosos, participar activa y beneficiosamente del libre comercio internacional, captar las inversiones directas, lograr transferencia de nuevas tecnologías”, y una larga lista de estímulos.

Creemos que para argumentar desde el pensamiento crítico, es necesario comprender y hacer reflexionar que en el mundo existe una comunidad de intereses básicos de países centrales, y que disponen de una serie de instrumentos.

El G7, el Fórum Económico de Davos, el manejo de la Organización Mundial del Comercio (OMC) el control que se ejerce sobre los organismos multilaterales como el FMI, el Banco Mundial constituyen pruebas más que suficientes que nos eximen de otra demostración.

Pero a la vez estos países ricos de un mundo empobrecido, tienen intereses opuestos en cuanto dirimen en estos ámbitos la hegemonía mundial, en particular en el terreno económico: la producción y comercialización de bienes y servicios, su distribución, el control de la explotación de los recursos básicos del planeta – la tierra, los bosques, el agua, el petróleo, los alimentos y las materias primas y hasta la información genética atesorada en la biodiversidad – así como el manejo y utilización del capital financiero a escala mundial.

Examinar en profundidad la realidad de esta jungla es un desafío que muchas veces excede nuestros conocimientos, pero hay algunos elementos que nos resultan altamente significativos e ilustran con una luz diferente nuestra mirada sobre el proceso de globalización y la propuesta de los Tratados de Libre Comercio.

El proyecto global ha venido sufriendo una serie de crisis sucesivas que demuestran claramente que el sistema no funciona. Las crisis condicionan y restringen, obligan a los actores a reposicionarse y procurar nuevas formas de cumplir sus objetivos. Las crisis son una parte constitutiva del capitalismo, como enseña la economía política y prueba la historia.

El proyecto globalizador basado en la teoría del neoliberalismo económico tiene como objetivos la conservación y el desarrollo del sistema económico mundial, incluyendo la necesidad de financiar el déficit norteamericano y, complementariamente atender el interés común de las elites capitalistas a nivel mundial, compuestas esencialmente por las grandes corporaciones y el capital financiero internacional.

Pero las crisis señaladas y sus consecuencias ponen en cuestión el proyecto y debilitan sus agentes, entre la concentración de la riqueza y la expansión de la miseria.

El capitalismo globalizado esta en apuros, y lo que no consigue en la OMC, o en la promoción del ALCA, procura obtenerlo en diversos acuerdos más pequeños – regionales, bilaterales – como son los TLC. Acuerdos que conforman una complejísima red de tratados, negociaciones y alternativas que, en muchos casos, simplemente desbordan la capacidad de resistencia y aún de análisis de nuestros países, que por lo general no se cuenta con el ejército de expertos y negociadores que se requeriría para manejar un conjunto tan diversificado y poderoso de instancias de discusión y elaboración.

Las actuales negociaciones del TLC, aceptada por los gobiernos progresistas, resulta en realidad un objetivo ilusorio y contraproducente, un sencillo razonamiento lo pondrá en evidencia.

Las negociaciones – lo que se ofrece y lo que se pide a cambio – están diseñadas para beneficiar a los países poderosos, sus corporaciones y el capital transnacional, pretender lo contrario es intelectualmente inmoral y no es viable un poder democrático afincado en los principios de un pensamiento único.

TLC no… pero si, y en estas derivas perdemos el latín, la credibilidad, la seriedad, ausente, la mediocridad nos invadió y la academia se encierra en sus aulas, a la espera de otros tiempos. En realidad las crisis que nos gobiernan es una vaga excusa para justificar la entrega de nuestro patrimonio…”al bajo precio de la necesidad”.

*Periodista uruguayo, fue director del semanario Siete sobre Siete y colaboró en otras publicaciones uruguayas y de America Latina. Corresponsal en Naciones Unidas y miembro de la Asociacion de Coresponsales de prensa de la ONU. Redactor Jefe Internacional del Hebdolatino en Ginebra. Miembro de la Plataforma Descam de Uruguay para los Derechos Economicos sociales y medio ambientales. Docente en periodismo especializado sobre Organismos Internacionales.