El 24 de marzo se conmemora en la Argentina el 40° aniversario del golpe militar de 1976. El programa económico de la dictadura militar constituyó una restauración neoliberal luego de décadas de una estrategia económica de desarrollo industrial con fuerte orientación del Estado, programa que aseguró un fuerte crecimiento del país con inclusión y equidad social en las cuatro décadas previas.

La Argentina se unía así a otros países de la región que con dictaduras militares intentaban extraer de raíz las experiencias de desarrollo autónomo de carácter popular.

Sin dudas que el modelo sustitutivo de importaciones requería modificaciones para evitar los cuellos de botella del sector externo, que periódicamente afectaban al país cuando caía el precio y la demanda de nuestros productos exportables. Era necesario profundizar el desarrollo, no reinstaurar a sangre y fuego una economía de base agraria y de carácter excluyente.

El diagnóstico era que había que impulsar a las fuerzas del mercado, achicar el Estado, liberalizar los precios y reducir el intervencionismo y el estatismo, abriendo la economía a la competencia internacional.

Dicho programa empezó con una fuerte devaluación, una liberalización financiera y comercial, un ajuste fiscal con despidos y precarización laboral, con pérdidas de salario real, fuerte incentivos a la inversión extranjera directa y luego la plena inserción del país con los organismos financieros internacionales lo que abrió la puerta al endeudamiento público y privado.

Comenzó así un proceso de fuerte especulación financiera mediante la nueva Ley de Entidades Financieras de 1977 que desreguló la actividad, liberalizó las tasas de interés lo que provocó una fuerte suba de las mismas, alentando el endeudamiento externo y un retraso cambiario que unido a la apertura comercial generó una fuerte desindustrialización, desempleo y un fuerte aumento de la desigualdad como no se veía en décadas.

Los grandes ganadores eran los sectores más concentrados de la actividad primaria y el sector financiero con fuertes perdedores: los sectores industriales vinculados al mercado interno, las pymes y los trabajadores.

Hasta que se produjo una fuerte suba de interés en los países desarrollados y la propia dinámica de la destrucción del aparato productivo agravó el déficit fiscal y externo. Eso nos llevó al default, a una crisis financiera y a sucesivas maxidevaluaciones.

Posteriormente un Estado endeudado y quebrado se hizo cargo de la deuda externa privada con el argumento de que las empresas serían inviables y habría un fuerte desempleo.

El neoliberalismo pasó de la tragedia a la farsa en los años 90. Luego vino la crisis de 2001 y la recuperación de la mano de un modelo distinto. Luego la restricción externa volvió a golpear a la puerta por las insuficiencias en el desmantelamiento de la concentración y extranjerización de la economía heredadas en 2002.

En 2016 y en democracia, qué notable paralelismo histórico y cómo resuenan dolorosamente las lecciones de la devastación que produjo el neoliberalismo desde 1976. Si los sectores populares y progresistas no se unen y frenan este neoliberalismo 3.0 las únicas incógnitas serán la magnitud del retroceso económico y social y el momento de una crisis tan cantada como inevitable.

*Economista, ex presidente del Banco Central de la Argentina