En el año 2009 publicamos un artículo sobre las transformaciones impulsadas por una corriente progresista -en el más amplio sentido de la palabra- que se producían en América Latina. Allí decíamos que había un conjunto de países conducidos por líderes populares que se habían propuesto modificar profundamente las relaciones sociales, económicas y políticas basados en la movilización popular. Decíamos también que dichas movilizaciones acompañaban procesos de refundación y que Hugo Chávez, Evo Morales y Rafael Correa eran los que habían optado por este camino a través de procesos constituyentes con la real participación ciudadana.

En ese momento, señalábamos que Lula da Silva en el Brasil había optado por negociar y pactar con los sectores opositores inmediatamente después de su primer triunfo en el año 2002 y que esta decisión lo había alejado de aquellos que cifraban esperanzas en que liderara un proceso de transformaciones profundas. Amén de que Lula ya no era el dirigente sindical radical que había surgido a fines de los `70, también hay que señalar que -a pesar de ganar la presidencia en 2002- el Partido de los Trabajadores (PT) no tenía mayoría en el Congreso, gobernaba en muy pocos Estados y había perdido la emblemática alcaldía de Porto Alegre donde apenas un año antes se había realizado el primer Foro Social Mundial y se había hecho muy conocido su modelo de “presupuesto participativo”.

La decisión de pactar con el PMDB (Partido del Movimiento Democrático Brasileño) también provocó una profunda crisis en el PT: rupturas, desencantos, pérdida de importantes referentes en numerosas regiones y su atomización. El PT, que se había construido como un partido de masas en la oposición, desde el año 2002 se fue debilitando y pasó a ser percibido como otro partido más de la larga lista de partidos identificado con el “establishment”.

La presidencia de Dilma Rousseff no sólo no logró revertir este proceso sino que profundizó la apatía y el rechazo hacia el PT al aplicar la recetas neoliberales que -en el discurso- decía combatir. Para colmo de males, el PT -que había levantado las banderas de la honestidad y la lucha contra la corrupción- fue devorado rápidamente por un complejo entramado de favores, negociados y corrupción que sólo incentivó el descrédito y el rechazo de la “clase política” en su conjunto.

A pesar de todo esto, en octubre de 2014 Dilma Rousseff derrotó en segunda vuelta a Aécio Neves. La oposición en su conjunto consideró que al haber ganado ella por una mínima diferencia y debido al desprestigio acumulado podrían desalojarla rápidamente del poder en una combinación de movilizaciones callejeras, presión institucional y la enorme influencia de los grandes medios de comunicación, en especial la poderosa red O Globo. Pero Dilma no cayó. Y Lula reapareció.

Si bien es cierto que el PT pactó con lo peor de la política tradicional y está inmerso en numerosos escándalos de corrupción, Lula sigue siendo la persona más popular del Brasil y en especial del Brasil profundo, ese que no aparece en los grandes medios de comunicación más que estigmatizado o como un dato “estadístico” cuando se habla de manera abstracta de los millones que salieron de la pobreza. Hoy son ellos en Brasil los mismos que Evita (Eva Perón) abrazaba en la Argentina hace 70 años o Hugo Chávez hasta poco tiempo atrás en Venezuela, y que no suelen tener espacio en casi ningún programa de televisión del “prime time”, ni aparecen en las publicidades que venden la juventud eterna y la felicidad a través del consumo. Muchos de ellos apenas están acostumbrándose a comer seguido, ir al médico o enviar sus hijos a la escuela.

Aquellos que construyeron la República Federativa del Brasil hace 200 años y continúan en el poder saben que Lula -aún este Lula- todavía es una amenaza al poder real. Y por eso buscan destruirlo.

Tal vez la mejor síntesis de la actualidad haya sido planteada por Charliton Machado, presidente estatal del PT de Paraiba en su cuenta de Twitter:”Lula preso se convierte en un héroe, muerto se convierte en un mito, vivo es presidente”. Y lo último, para los sectores que gobernaron el Brasil por décadas, resulta intolerable.