En su residencia de la calle Arcos, en el barrio porteño de Belgrano, el embajador comentó: híjole… ¿sabes cuántos jóvenes de este país quieren pegar junto con nosotros el grito de ¡Viva México!, el 15 de septiembre? ¿Cómo ves, mano?”.

Al diplomático no le faltaba razón. Corría el decenio de 1990, y conforme se acercaba el día patrio de los mexicanos, la embajada debía resolver un serio problema de logística: encontrar un local apropiado para recibir a cientos de chicos nacidos “argenmex”, o cursado la primaria y secundaria en un país que también sentían de ellos.

Argentina vivía ya en democracia, y el nefasto 24 de marzo de 1976 iba quedando atrás. Pero infancia es destino. Y aquellos niños que habían crecido oyendo a sus padres decir “¡metete en la cabeza que sos argentino!”, se dirigían ahora a sus propios hijos, con más ternura: “¿sabés que soy mexicano?”.

Letanías de una época que se evoca con gratitud a México y…cautela. Porque entre los primeros exiliados (septiembre de 1974), llegaron Raúl Laguzzi (joven rector normalizador de la Universidad de Buenos Aires), y su esposa Elsa Repetto. A quienes prodigábamos abrazos más sostenidos pues apenas en julio, en su casa de Caballito, la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) había asesinado con una bomba a Pablito, el bebé de ambos.

El primer contingente de exiliados (no más de 30) eran personalidades conocidas, o aliados del efímero gobierno presidido por Héctor Cámpora (entre mayo y julio de 1973). Pero luego, cuando el terror empezó a barrer parejo, la curva trepó exponencialmente: 400 en 1975, 800 en 1976, más de 4 mil 600 entre 1974 y 1983 (Yankelevich, Pablo. Ráfagas de un exilio, FCE, Buenos Aires, 2010, pág.30 y ss).

Perón nombró a Cámpora embajador en México, cargo del que también sería despojado tras la muerte del líder, con el visto bueno del Partido Justicialista y su viuda, la patética María Estela Martínez conocida como Isabelita. Por consiguiente, resultaba difícil explicar en México los inescrutables deltas de la política argentina. Lo que ya es decir. Y para remate, a diferencia de los exiliados de Brasil, Haití, Bolivia, Uruguay, Chile, Guatemala, Nicaragua, los de Argentina huían de un gobierno peronista en descomposición, aunque formalmente constitucional.

Con democracia y con dictadura, el exilio argentino fue el único que tuvo dos “casas”: la del Comité de Solidaridad con el Pueblo Argentino (Cospa), y la del Comité Argentino de Solidaridad (Cas). El inolvidable Rodolfo Puiggrós y el ex gobernador de Córdoba Ricardo Obregón Cano presidieron el Cospa. Y el escritor Noé Jitrik y el ex ministro del Interior de Cámpora, Esteban Righi, impulsaron el Cas.

Puiggrós, Carlos O. Suárez y Analía Payró (sobrina del insigne Julio E. Payró), me invitaron a colaborar con el Cospa, en calidad de secretario de prensa, y luego de relaciones internacionales.

Entre septiembre de 1976 y enero de 1977, el Cospa me envió a Washington DC, con motivo del primer “hearing” (audiencia) del Congreso de Estados Unidos sobre derechos humanos en Argentina. Y de 1978 a 1982, junto con el médico riojano Carlos Coloma, el pintor Osvaldo Guayasamín y el respaldo de los ex presidentes Rodrigo Borja y Jaime Roldós, organizamos en Quito el Comité Ecuatoriano de Solidaridad con el Pueblo Argentino (Cespa).

¿Algo más? En política argentina, siempre hay algo más. Todos los exiliados en México (críticos o no de la resistencia armada), levantaban a Cámpora como referente democrático de unidad. Cosa que, desafortunadamente, nunca se dio.

(*) Escritor y periodista argentino/mexicano (Rosario, 1947). Fue editor/asesor del Centro Internacional de Estudios Superiores de la Comunicación (CIESPAL, Quito), y de UNICEF en Ecuador y México. Desde 1996, mantiene una columna semanal en el periódico mexicano La Jornada.


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