La noticia de la semana en América Latina ha sido el periplo de Barak Obama por Cuba y Argentina. Encantador el muchacho con su paso de gacela, su sonrisa seductora, sus dotes de bailarín de tango y consumada contraparte del cómico Pánfilo en Cuba. No hay quien quede a salvo de su seducción; es exactamente lo que necesitaban los Estados Unidos de América en esta coyuntura precisa, cuando las opciones nacional-progresistas de América Latina no atraviesan su mejor momento.

Después de varios años de lamentos de la derecha latinoamericana por fin tenemos la atención que tanto pedían, y ahí está Obama encabezando la ofensiva soft en la que se ha revelado todo un experto. Viéndolo, uno se pregunta cómo tiene tiempo el presidente de la principal potencia del mundo contemporáneo, mientras Bashar al Ásad está a punto de reconquistar Palmira y hay atentados en Bélgica, para aprender a decir “¡qué bomba!”, y hacer como que aprende a jugar dominó en un plató de televisión mientras comenta lo que le gustaron los patacones del paladar que visitó en La Habana.

Todo un dechado de diplomacia del siglo XXI, en la que nos dan una lección del uso de la imagen para conseguir los fines que se persiguen. En esto, Obama y su equipo son expertos. La campaña que lo llevó a la presidencia de su país se estudia hoy en toda escuela de comunicación y periodismo de cualquier universidad que se respete; el uso que en su marco se hizo de las redes sociales marcaron un antes y un después de la estrategia mediática en la política.

La estrategia de encantador de serpientes no había sido utilizada nunca con tanta habilidad por los Estados Unidos en América Latina. Muy seductor pudo haber sido para los Estados Unidos Ronald Reagan, por ejemplo, pero a nosotros nunca nos movió un pelo; muy amable pudo haber sido Clinton, pero su clásica pinta de gringo lo alejaba de nosotros, y de Bush es mejor ni hablar. Pero Obama es otra cosa, sale de gira hasta con la suegra, le traduce del español su hija y es negro, que no es decir poca cosa en estos lares. Casi que hasta quisiéramos un presidente así en estos paisitos llenos de mediocres ridículos y mafiosos.

Obama es, sin embargo, la cara benevolente de un aparato descarnado y hambriento al que viene abriéndole camino y del que es embajador de lujo. Independientemente que en sus discursos hable sobre democracia, convivencia entre sistemas de distinta naturaleza y de ver hacia el futuro haciendo, incluso, mea culpa de lo que su país nos ha hecho en el pasado, lo que verdaderamente le interesa al aparato del que forma parte, y del que él es pieza central, es encontrar la forma de abrirle vía a los capitales transnacionales de su país. Y esos capitales no han cambiado un ápice su naturaleza depredadora a pesar que Obama sea simpático y sus hijas encantadoras. Ya lo hemos vivido en el pasado, ya lo vivimos hoy y así será en el futuro.

A Cuba quieren meterla en ese tinglado; no hay otra razón de tanta dulzura, tanta sonrisa, tantos parabienes. El discurso de la democracia, del reconocimiento de los logros de la Revolución, del elogio de su férrea dignidad es canto de sirenas. Si para apoderarse de ella pudieran hacerlo de otra forma, con otros métodos, sin tanta sonrisa, ya lo habría hecho. Es más, ya lo intentaron pero no pudieron. Ahora le toca a Obama, su mujer, sus hijas y su suegra, a ver si los cubanos se tragan el anzuelo. Si no resulta, como dice la misma Doctrina Obama, siempre hay tiempo para dar marcha atrás e intentar por otro lado.

En esas están, probando por aquí y por allá; ahora con Obama y su sonrisa de anuncio de dentífrico, mañana declarando a algún país amenaza para su seguridad nacional. De nosotros depende dejarnos engatusar.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.