Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Es un hecho que en el ambiente político del país se viven días tormentosos. Un fenómeno natural si se tiene en cuenta que estamos en el umbral de un suceso de la magnitud de la firma de un acuerdo de paz con las Farc.

Coyuntura a la que hay que sumarle una serie de inercias cuyo aporte a la crispación de los ánimos no puede menospreciarse. Desde la marcada y a veces rabiosa polarización entre quienes apoyan los diálogos y quienes no, hasta los turbios episodios en los que se ha visto envuelta la justicia y cuyo desarrollo ha tenido severas repercusiones en la política.

Todo lo anterior termina por darles vigor a unos vientos cruzados que se hicieron más palpables el lunes tras conocerse la noticia de la captura, en Medellín, de Santiago Uribe Vélez, hermano del expresidente Álvaro Uribe Vélez.

Hasta donde ha sido posible conocer, dicha determinación tuvo lugar desligada de nuevos elementos que permitan especular con una mayor probabilidad que el acusado modifique la actitud hasta ahora mostrada de disposición a responder a los requerimientos judiciales. Tampoco se han ventilado indicios que apunten a actuaciones suyas que puedan interferir en el avance de una causa que está cerca de cumplir dos décadas. Hechos a los que apelan las figuras más visibles del Centro Democrático cuando hablan de una persecución con tintes políticos inmersa, según han sostenido, en un ajedrez en el que se buscaría el jaque de su postura crítica frente al proceso de La Habana.

Voces desde esa orilla citan también otra serie de episodios ocurridos en el último tiempo que han dejado, evidentemente, mal parada a la Justicia. Estos van desde actuaciones sin lugar a dudas polémicas del ente acusador hasta expresiones –obtenidas ilegalmente, vale aclararlo– absolutamente inconvenientes y desobligantes de altos funcionarios de la Rama, que dejan en peligroso entredicho la ceguera de la Justicia. Dama de la balanza cuyo pedestal hoy en Colombia no cuenta con la altura necesaria para mantenerla a salvo del tejemaneje cotidiano de otras esferas, sobre todo la política.

Y ahí está el meollo del asunto: en la cercanía que hoy se observa entre la política y la manera como opera la Justicia. El margen de separación actual es mucho más reducido del que se requiere para que una decisión como la de marras no desencadene una avalancha de suposiciones, temores y maledicencias.

Ante tal estado de cosas hay que reiterar el clamor para que los responsables de decisiones cruciales, para devolverle a la justicia la majestad que ha perdido, reaccionen y sean conscientes de lo que está en juego. No más este martes reiteramos lo urgente que resulta sacarla de su limbo.

Y mientras tales hechos ocurren, hay que ser enfáticos en que aferrarse a posibles pasos en falsos para justificar posturas de desacato es un craso y costosísimo error. Dejar claro que no se puede siquiera concebir devolverle a esta Rama su lustre ubicándose en sus márgenes, desplegando estrategias que sugieren pisar los extramuros del código penal. Actuar así equivale a aplicarle la eutanasia a un paciente que está lejos de ser terminal y es, sobra recordarlo, insustituible en el incuestionable propósito de que este siga siendo un Estado de derecho.

El Tiempo