Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Hasta la mañana de ayer, cuando el Gobierno y el Eln anunciaron el acuerdo para iniciar un diálogo de paz, existía un cierto consenso respecto a lo importante que resultaba para la implementación de lo pactado con las Farc el que la organización comandada por Nicolás Rodríguez, ‘Gabino’, tomara el mismo camino. Muchos observadores, con bastante razón, señalaban que este podía ser el palo con mayor potencial para incluso detener la rueda de la paz con los hombres y mujeres de ‘Timochenko’.

Y es que no son fundados los temores de que la presencia de organizaciones armadas en zonas en las que se van a implementar los acuerdos sean fuente constante de incidentes que entorpezcan el buen desarrollo de la construcción de la paz.

Tampoco carecen de sustento las advertencias expresadas respecto a la tentación de grupos alzados en armas de sacar provecho de la dejación de estas por las Farc para entrar pisando fuerte a los territorios en los que estas ejercían mayor presencia.

Por ello, porque el anhelo de millones de colombianos es que la paz no solo sea estable y duradera, sino que le sobren aliados y le falten enemigos, es muy positiva y esperanzadora la noticia de que el Eln, dicho coloquialmente, ha decidido subirse al bus de la paz luego de tantos intentos fallidos.

Optimismo que requiere, por supuesto, polo a tierra. En este caso, el “principio de realidad” pasa por recordar las dudas planteadas –mucho más sólidas que en el caso de las Farc– sobre la unidad de mando en esta agrupación.

También hay que tener presente que varios frentes de esta guerrilla siguen recurriendo a estrategias como la extorsión y el secuestro, actitud soberbia y equivocada que, además, se ha traducido en un fuerte rechazo de la población civil de los lugares en los que concentran su accionar. El abandono sin matices de esta conducta delictiva y el dar claridad sobre la situación de todos los que, según han dicho familias y ONG, están en su poder es el siguiente paso que los colombianos esperan, como lo planteó ayer el presidente Juan Manuel Santos. Urge un verdadero gesto de paz en este sentido.

De cara ya a la negociación, el primer reto que enfrentará la mesa es el de convertir en una hoja de ruta que reporte avances concretos los puntos ayer presentados, de gran riqueza conceptual pero con serias falencias a la hora de traducirlos a los hechos que exige una negociación para que adquiera tracción pronto. Que genere confianza en la opinión pública y entre quienes por cuenta del otro lado de la mesa están pendientes.

Otro desafío pasa por saber conjugar este esfuerzo con el de La Habana, atendiendo, claro, las particularidades y las reivindicaciones propias de esta organización, pero en el entendido de que ahí ya se pavimentó un camino y que sería necio trazar uno paralelo en la misma dirección. Esto incluye temas operativos, pero sobre todo los principios rectores de las negociaciones, con el de darles prelación a las víctimas a la cabeza de la lista. Y tan importante como el anterior es el que puede catalogarse como el gran marco de ambos procesos: lograr que, por fin, en Colombia se resuelvan conflictos sociales sin recurrir a las armas.

El Tiempo