El presidente argentino Mauricio Macri realizó una visita protocolar al Papa. Lo de protocolar fue la definición de la ministra de Relaciones Exteriores Susana Malcorra, para alejar malos o buenos entendidos. Fue tan protocolar como breve y fría.

Bergoglio, ciudadano argentino, lo recibió en su oficina y no en su casa de Santa Marta como sí lo hizo las numerosas veces que lo visitó Cristina Fernández de Kirchner. Si hay algo de lo bien sabe el Papa, es dar mensajes, y sus gestos, de acuerdo tanto a la interpretación del Vaticano como de la cancillería argentina, es que Francisco sigue enojado con el presidente argentino.

Después del breve (22 minutos) y serio encuentro en el Vaticano, el jefe de Gabinete, Marcos Peña, y la canciller Malcorra salieron a aclarar que la relación ahora es “más institucional” y que no es relevante la duración de una reunión. Y la diputada oficialista Elisa Carrió, quien se negó a integrar la delegación, cargó nuevamente contra Francisco y lo acusó de “no ayudar” y de “empoderar a los violentos”.

Malcorra remarcó que el encuentro fue “muy bueno y muy rico” y que dialogaron sobre “todas las cuestiones” que tenían previstas. “Hablaron del terrorismo, el narcotráfico, la pobreza y también hablaron mucho de la unión de los argentinos”. Todo en 22 minutos, lo que demuestra la eficiencia y eficacia de Macri y su séquito.

Pocos días antes Francisco se había reunido con una delegación de una de las fábricas recuperadas argentinas, IMPA, en una conversación poco protocolar y sí amistosa. A los trabajadores les comentó que “ustedes no vivieron el año 1955 pero esto se está pareciendo mucho”. El Papa se refería a la llamada Revolución Libertadora –conocida por los trabajadores como la Revolución Fusiladora-, cuando el ejército argentino bombardeó al pueblo para derrocar al presidente Juan Domingo Perón, comenzando décadas de persecución al peronismo, sus conquistas sociales y sus símbolos. Así lo recordó el periodista Raúl Kollman.

Washington Uranga, comunicador argentino experto en temas de religión y política, señala que el enojo de Bergoglio con el macrismo se debe a la implementación de políticas, contrarias a sus propuestas sociales de techo, tierra y trabajo.

Pero también a los desplantes hechos durante el último año por voceros y funcionarios de la derecha –entre ellos el “asesor” ecuatoriano del macrismo, Durán Barba-, que incluyeron desplantes y menosprecio a las opiniones papales (“el Papa se fue de mambo”, dijo un alto funcionario de la cancillería”), que en lugar de tender puentes, los bombardean.

Pero el Papa no solo está enojado con Macri, sino que su bronca se extiende a los sectores del peronismo que no jugaron como tenían que hacerlo y prefirieron aliarse a la derecha y al retorno conservador.

Como antecedentes, el Papa no llamó cuando Macri ganó las elecciones y para la asunción del nuevo mandatario mandó una carta y envió al arzobispo paraguayo Eliseo Ariotti. Luego, el 17 de diciembre Macri, cuando llamó a Roma por el cumpleaños de Bergoglio. Si bien hubo rumores de que ambos se verían en Davos, a donde Macri viajó en busca de recursos y volvió trasquilado, el encuentro no se concretó.

Y finalmente, el rosario que el papa Francisco envió a Milagro Sala, luchadora social presa en la norteña provincia de Jujuy por orden del gobernador macrista, cuando ya se había puesto la fecha del encuentro del último sábado, volvió a mostrar la distancia entre ambos.

Desde su elección y luego desde su asunción, Macri hizo gestos de acercamiento y esfuerzos para obtener la foto que finalmente logró recién el sábado. En definitiva, lo que quería Macri era demostrar que el Papa lo recibía.

Y sacarse una foto con él. A su esposa y a él les faltaba ese selfie.

*Magister en Integración, periodista y docente uruguayo, fundador de Telesur, director del Observatorio en Comunicación y Democracia, presidente de la Fundación para la Integración Latinoamericana.