La metropolización con mayores ingresos como la nueva realidad boliviana, detallada en el ultimo Informe Nacional sobre Desarrollo Humano en Bolivia, del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD, 2016), son sólo una cara de la moneda, afirma Miguel Urioste, investigador de la Fundación TIERRA.

Según Urioste, la otra cara de esta moneda es “estancamiento y retroceso de las economías campesinas, es la sostenida des-ruralización del país como efecto de la expansión del modelo planetario del agronegocio que privilegia la exportación de materias primas agropecuarias”.

Los autores del informe del PNUD reconocen también que “muchas de las condiciones de la Bolivia urbana de hoy tienen sus orígenes en el desarrollo de las áreas rurales, marcada por la larga historia de migraciones entre regiones y particularmente por las migraciones campo-ciudad”.

De ahí se desprende “la importancia de atender políticas de desarrollo rural, intervenciones centradas en la desaceleración de la urbanización y consolidación del proceso de redistribución de tierra, entre otros, para el logro de un desarrollo equilibrado en todo el territorio nacional”.

La situación del campo en Bolivia

Existe hoy en día una nueva ruralidad, cuya población se caracteriza por estar envejecida y feminizada, indígena y mestiza, multiactiva y temporal, marginal y de baja productividad. Para entenderla, indica Urioste, es necesario rastrear las causas y los orígenes de la des-ruralización.

“La creciente expulsión del campo a las ciudades provocada por el estancamiento de la productividad y la producción agropecuaria de origen campesino, la fragmentación de la tierra y los consiguientes impactos irreversibles en el medio ambiente, la falta de incentivos pero sobre todo de condiciones macroeconómicas que hagan rentable y atractiva la producción de alimentos”, están entre las principales causas y orígenes, explica el investigador.

Estos factores obligan a los campesinos e indígenas a construir estrategias de sobrevivencia “basadas en el multi empleo agrícola y no agrícola, en la agricultura de medio tiempo, en la auto explotación de la fuerza de trabajo familiar especialmente de las mujeres, y en la multiresidencia temporal o permanente con la figura del ‘residente’ (como aquel que vive en la ciudad pero mantiene la propiedad de sus tierras) que induce a un aprovechamiento marginal de la tierra”.

Según Urioste, ha existido en Bolivia un histórico “Estado anticampesino” con el consecuente abandono del campo: “sin políticas públicas proactivas de desarrollo rural sostenible luego de la distribución-devolución de tierras con la radical reforma agraria de 1953; campesinos abandonados a su suerte desde la estabilización monetaria de 1985 (DS 21060) que –hasta la fecha– convierte a la economía boliviana en una de las más abiertas a las importaciones; campesinos abandonados a su suerte en medio de fuertes devaluaciones de las monedas en los países vecinos que hacen imposible competir con el contrabando y los precios mucho más bajos de los productos extranjeros”.

Sin embargo, en la última década ha habido importantes esfuerzos por mejorar las condiciones materiales en el campo: ampliar la cobertura de riego, caminos vecinales rurales, acceso casi generalizado a la luz eléctrica, gas por garrafa, precarios sistemas de agua para consumo humano, transporte por minibús y colectivo en lugar de los tradicionales camiones, etc.; aunque estos logros aún están muy por debajo de las necesidades de los productores.

Hay contradicciones retrocesos y desafíos

Si bien existe el reconocimiento constitucional y legal, la puesta en marcha de las Autonomías Indígenas Originarias y Campesinas (AIOC) está postergada, y “son muy pocas las experiencias que apenas están logrando superar la larga carrera de obstáculos de la ley Marco de Autonomías”, advierte el investigador de la Fundación TIERRA.

Mientras tanto, el cultivo excedentario de hoja de coca, la producción, el consumo y el tráfico de droga parecen estar íntimamente relacionados y “corroen nuestros valores humanos, envilecen nuestras conductas sociales y desestructuran nuestra economía, especialmente la de los productores familiares de alimentos”.

Asimismo, mientras el saneamiento de tierras ya está prácticamente concluido en las tierras de los grandes empresarios del oriente y Amazonía, no ocurre lo mismo con las tierras de los campesinos de los andes.

Metropolización con exclusiones

Mientras crecen rápida y desordenadamente las metrópolis, crece también la importación de alimentos; la dieta alimenticia urbana y rural está compuesta crecientemente de alimentos chatarra; en el oriente crece la concentración de la propiedad y la extranjerización de la tierra; el agronegocio es mostrado por los gremios y las autoridades como el modelo a seguir.

Urioste lamenta que “desde Cumbres oficiales se promueve el uso de transgénicos y agroquímicos, que desde el Estado se proclama que la reforma agraria ha terminado, que se ha dispuesto el despilfarro de ingentes cantidades de dinero en innecesarias plantas de energía atómica, que los liderazgos de las organizaciones de campesinos están cooptadas por el disfrute del poder, que a las legítimas organizaciones de base se las persigue y se las divide”.

El País Online