Cuando el doctor en bioquímica Patricio Kim cubrió el techo de su casa con plástico debido a una emergencia motivada por la lluvia, no imaginó que esta anécdota sin importancia derivaría en un proyecto científico que promete reducir el impacto de las bolsas plásticas en el medioambiente al degradarlas por medio de bacterias.

El investigador de la Universidad de Los Lagos descubrió una bacteria capaz de reducir exponencialmente el plástico, luego de que se percatara de que pasados unos meses dicho material había desaparecido de su vivienda.

“Al final del invierno me subo al techo para ver la reparación definitiva, pero no estaba el plástico, y además noto que en las canaletas había una especie de mugre como tierra que sí contenía plástico, pero en pequeños fragmentos, así que decidí llevar esta muestra al laboratorio”, recuerda. La sorpresa fue mayor cuando, tras los análisis, descubrió una bacteria capaz de alimentarse del plástico: “Ahí tuve una mayor dimensión de lo que tenía, ya que son muy pocas bacterias las que hacen esto”.

Todo indica que se trataría de una bacteria de la familia de las pseudomonas y que “en experiencias similares pasaron de la degradación natural de una bolsa -que es de 100 a 400 años- a 5 o 1 año, e incluso meses”, explica el doctor en biotecnología molecular Juan Carlos Ríos, quien también participa de un proyecto conjunto que llevan adelante seis doctores de la Universidad de Los Lagos y Arturo Prat de Iquique.

La iniciativa tiene dos años para su desarrollo y es parte de un Fondo de Innovación para la Competitividad. En primer lugar se buscará la presencia de este tipo de bacterias en Tarapacá, y si no es el caso, transferir la capacidad metabólica de la bacteria encontrada a una que se adapte al ecosistema local.

Los científicos explican que cuando se logran adaptar, las bacterias sufren una mutación que les da la capacidad de aprovechar otras fuentes de carbono, que generalmente son azúcares u organismos en descomposición, pero que en este caso es el polietileno, el cual, según Ríos, es “un hidrocarburo que tiene largas cadenas de carbono, altamente estables y derivado del petróleo. Estas bacterias, al secretar enzimas, pueden degradarlo y utilizarlo como fuente de carbono para alimentarse”.

La segunda etapa del proyecto incluye la creación de un modelo de biorreactor para instalar en centros comerciales o puntos de reciclaje y además ser un aporte a la ciudad a través de la propiedad intelectual de un producto que pueda ser vendido a empresas, indica la directora del proyecto, Rocío Tijaro.

La investigadora de la Unap asegura que estos biorreactores deberán tener una combinación entre lo mecánico y lo biológico, “ya que lo más probable es que las bolsas debieran pasar por un proceso de trituración para hacer más fácil su degradación”.

La idea es que todo el proceso se realice en forma natural. “No podemos generar condiciones específicas dentro del biorreactor a través de la tecnología; no sería económicamente viable. Todo está pensado para que sea económico, y ojalá pueda terminar con un compost”, añade.

El equipo reconoce que el tiempo es corto para investigaciones de esta naturaleza, pero señalan que existe una gran base previa. “Tenemos esta cepa de bacteria que ha logrado resultados en pocos meses, por lo que confiamos en que esto tendrá éxito, ya que sabemos cómo dirigir nuestros esfuerzos y tenemos una buena proyección”, argumenta la doctora Tijaro.

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