Hace una semana las cosas se veían negras: la firma del 23 de marzo entre el Gobierno y las Farc se aplazaba; el Eln tenía secuestrado a un personaje de la Administración de Norte de Santander, los paramilitares amenazaban con un paro armado y el uribismo preparaba una movilización contra el Gobierno.

Pero, porque somos como somos, el río cambió de curso y en el llanito nos encontramos. Así, de golpe en golpe, las cosas van saliendo al otro lado.

En La Habana los negociadores –todos– se han transformado en profesionales del muñequeo y han dejado atrás los gestos apocalípticos. La mesa está en las dificultades del fin del conflicto armado, pero las delegaciones están seguras de que con carpintería fina se llegará al acuerdo final antes de que Obama sea expresidente. La razón es simple: el paramilitarismo de motosierra fue arma de la guerra fría que terminó el pasado 22 de marzo con el partido de béisbol entre Cuba y Estados Unidos.

Los rumores que corrían sobre el misterio de la negociación con el Eln quedaron hechos humo en Caracas con el inicio de conversaciones públicas, aunque, como se sabe, donde hubo candela, queda humo. El Eln modificó, pero no cambió, su propuesta hecha en 1998 en Maguncia de democratizar para la paz. Habrá problemas por las líneas rojas que el Gobierno ha subrayado de no negociar el modelo económico. El peligro será, de todas maneras, que las negociaciones se enrumben por la vertiente de los pliegos –¿pliegues?– de peticiones. El Eln tiene raíces profundas en el sindicalismo, en sectores de la Iglesia de los pobres y en comunidades campesinas. Ha tenido peligrosos enfrentamientos con las Farc, pero hoy es claro que lo acordado entre los comandantes de ambas fuerzas –mesas separadas, proceso conjunto– se ha cumplido a cabalidad.

La semana pasada se temió que la posición del Eln afectara un acuerdo sobre el cese bilateral de fuego entre las Farc y el Gobierno. Despejado el interrogante, sigue vigente la función que cumple el paramilitarismo en el último punto del acuerdo de La Habana: con paras, ni pío. La clave del destrabe quedó, como se entrevió en la reunión de Kerry con los negociadores de las Farc, en manos de los gringos, que, según parece, no tolerarán más el vínculo de miembros de la Fuerza Pública y empresarios con el paramilitarismo.

Hay que recordar el papel que cumplió la Enmienda Leahy en el control de la llave manzanas podridas-castaños oscuros. Las unidades de las Fuerzas Militares de Colombia no podían recibir apoyo del gobierno de EE. UU. donde hubiera evidencia creíble de que “alguno de sus miembros había violado los derechos humanos”. Bush desconoció la enmienda. Pero ella es una muestra de la “evidencia creíble” de que hubo tolerancia del gobierno de EE. UU. al papel cumplido por la fuerza pública con los paramilitares en la década sangrienta de 1998-2008.

La amenaza de paro armado del paramilitarismo se llevó a cabo sin control por parte de las fuerzas del orden en Urabá, bajo Cauca, Sucre, Córdoba, sur de Magdalena. Parte de normalidad declaró un coronel de la Policía el viernes. No sé, por supuesto, qué habrá pasado cuando esta columna se publique. Con la muerte de un capitán del Ejército y dos policías, los paramilitares –que una vez se llaman gaitanistas, otras urabeños y que el Gobierno insiste en llamar clan Úsuga, como si la cosa fuera un movimiento familiar– amenazan con el terror al declararle la guerra al Estado para ganar derecho a una “negociación digna”, tal como sugiere el “gerente designado de paz” de la Gobernación de Antioquia, Luis Guillermo Pardo. O mejor, para acabar de negociar lo que dejó a medio cocinar Uribe. De ahí que no pareciera una mera coincidencia que mientras unos declaraban un paro armado, los otros –los uribistas– organizaban una movilización política el 2 de abril.

Punto Aparte: Un señor Botero escribió un largo artículo sobre mi crónica del robo a la laguna de Sonso y a los humedales y madreviejas por parte de los cañeros en el valle medio del Cauca. Dice que soy un mentiroso porque Lauchlin Currie no es gringo sino canadiense y que no fue el padre de la CVC. Cierto. Concedido. Pero eso no quita que el embalse de Salvajina haya sido construido en beneficio de los ingenios azucareros.

Por lo demás, yo le sugiero al señor Botero que en lugar de asistir a tanto coctel con cañeros, dedique ese tiempo a leerse obras como Esclavitud y libertad en el Valle del Cauca, de Michael Taussig, profesor de antropología ‎de Columbia University de Nueva York; el estudio de Hernando Uribe Castro Sugarcane geographic expansion in river Valley of Cauca and community in resistance (Colombia); el texto de Carlos Eduardo Madriñán Palomino Compilación y análisis sobre contaminación del aire producida por la quema y la requema de la caña de azúcar en el valle geográfico del río Cauca. O simplemente, los informes de Asocaña.

*Sociólogo, periodista y escritor colombiano.