Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Nuestro país y sus habitantes saben de personajes que han contribuido, en momentos cruciales de la historia, al fortalecimiento de la democracia y las instituciones republicanas. Figuras que, sin renunciar jamás a sus convicciones más genuinas, se entregaron al servicio público e hicieron de sus acciones un ejemplo de prudencia y coherencia, a costa incluso de los reproches cortoplacistas de sus propios camaradas.

Para ellos está reservado un reconocimiento muy especial, porque de la misma forma en que levantaron la voz para defender los derechos humanos, lo habían hecho también para advertir el quebrantamiento constitucional por parte de un gobierno que antepuso su ideología al interés ciudadano. Porque lucharon por el retorno de la democracia, pero nunca consideraron el triunfo electoral como una licencia para pasar a llevar las opiniones e iniciativas de sus adversarios.

Bajo estos parámetros, construyeron una obra que se llamó transición y que posibilitó a Chile no sólo recuperar una democracia plena, sino también integrarse al mundo y avanzar hacia un desarrollo que, en lo fundamental, permitió a millones de chilenos abandonar la condición de pobreza que había consumido a tantas generaciones anteriores.

Al frente de este selecto conjunto de personajes públicos, de la más diversa orientación política, estuvo Patricio Aylwin Azócar, tanto en su rol de primer Presidente de la República tras el regreso de la democracia, como de ciudadano chileno preocupado por sus compatriotas e inspirado por los mismos valores éticos que hoy la sociedad extraña en parte importante de sus representantes.

La vida y obra del fallecido Presidente constituyen un valioso ejemplo para el Chile actual, donde no son pocos los que anteponen sus intereses particulares a los del país, haciendo valer posiciones de poder o mayorías electorales transitorias, sin jamás reconocer mérito en los planteamientos de su contraparte o imponiendo retroexcavadoras por sobre el diálogo y la generación de consensos.

Probablemente, son los mismos que usufructúan de libertades y derechos, que tanto costó afianzar, para criticar esta política sustentada en los grandes acuerdos que pavimentó nuestra recuperación democrática.

Precisamente, frente a la tentación del predominio político, es que resuenan hoy con más fuerza las palabras del Presidente Aylwin en su histórico discurso del Estadio Nacional en 1990: “Debemos evitar la tentación de querer rehacerlo todo, de empezar todo de nuevo, como si nada de lo existente mereciera ser conservado. Lo que Chile nos pide es conservar lo bueno, corregir lo malo y mejorar lo regular. Este es el único método eficaz de avanzar en el noble y justo afán de acercar la realidad al ideal”.

El Mandatario sabía que, en los momentos más cruciales, lo que la sociedad necesitaba era “restablecer un clima de respeto y de confianza en la convivencia entre los chilenos, cualesquiera que sean sus creencias, ideas, actividades o condición social, sean civiles o militares”.

En otras palabras, la primacía del diálogo por sobre la confrontación. El reconocimiento del otro no como un enemigo, sino como un ciudadano que, aunque pensando distinto, forma parte del mismo país y, finalmente, persigue también el beneficio de la sociedad. A ese objetivo, el Presidente lo denominó como la “reconstrucción de la unidad de la familia chilena, sean trabajadores o empresarios, obreros o intelectuales”.

En el contexto actual, caracterizado por un clima de desconfianza y descrédito hacia las instituciones más fundamentales, las palabras del fallecido Presidente serían, probablemente, objeto del descrédito y la crítica de quienes han convertido la política en un ejercicio casi permanente de denuncias y afanes populistas.

No obstante, se trata de un llamado más vigente que nunca. Precisamente, el país requiere con urgencia al menos una cuota de la prudencia que demostró la administración Aylwin. El reconocimiento de que los cambios no se efectúan de la noche a la mañana y que todo nuevo proyecto tendrá la solidez suficiente sólo si se sustenta en los avances de los gobiernos anteriores.

El Presidente Aylwin no sólo encabezó los cruciales primeros años de este proceso de recuperación democrática, al frente de un gobierno electo por amplia mayoría, sino que generó las bases de un clima de entendimiento que se prolongó por varias administraciones y que incluyó a todos los actores de la sociedad: políticos, empresarios, trabajadores y estudiantes.

Es de esperar que su partida sirva como instancia de reflexión para quienes hoy detentan la representación en estos distintos niveles, recordando los principios que -según el Mandatario- guían y reflejan “el alma de Chile”: “el amor a la libertad y el rechazo a toda forma de opresión, la primacía del derecho sobre la arbitrariedad, la primacía de la fe sobre cualquier forma de idolatría, la tolerancia a las opiniones divergentes y la tendencia a no extremar los conflictos, sino procurar resolverlos mediante soluciones consensuales”.

La Tercera