Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En el 2011 Juan Manuel Santos se convirtió en el político en ejercicio de mayor investidura en la historia en pedir un debate amplio para revisar la efectividad del régimen internacional de drogas. Esta semana culmina ese proceso de debate, que comenzó hace cinco años impulsado por Colombia, en la cumbre de líderes mundiales en la Asamblea General de la ONU para examinar el problema de las drogas (Ungass 2016).

Al lanzar el tema en la agenda internacional, el presidente Santos tomó la vocería del debate con la autoridad moral de ser el líder del país que ha pagado la cuota más alta, en “sangre y tesoro” de la guerra contra las drogas. El presidente pidió entonces examinar alternativas a la prohibición total, incluyendo la apertura de mercados regulados de marihuana y cocaína. Sin embargo, advirtió que a riesgo de ser “crucificado” por emprender un cambio de manera unilateral, este era un tema sobre el cual debía haber consenso internacional.

A partir de este momento, en distintos foros internacionales, el debate y la búsqueda de nuevos consensos sobre la política de drogas se convirtieron en un eje clave de la política internacional colombiana. Como anfitrión de la Cumbre de las Américas, en el 2012, Colombia logró que el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, aceptara que es “legítimo” abrir un debate. Por mandato de esa cumbre, la OEA emprendió un proceso de discusión que culminó con la redacción de un informe sobre el problema de las drogas en las Américas. Luego, junto con México y Guatemala, Colombia pidió a la ONU adelantar la revisión del problema de las drogas en la Asamblea General del 2019, cuando estaba prevista, a 2016, considerando la urgencia en el tema. En la declaración conjunta, los tres países plantearon la necesidad de que Ungass fuera el escenario de un “cambio de paradigma”, en donde la comunidad internacional estuviera dispuesta a analizar “todas las opciones disponibles, incluyendo medidas regulatorias o de mercado”.

Sin embargo, a juzgar por el documento acordado de antemano para la reunión de Nueva York, el alcance del debate propuesto por Colombia fue limitado. De nuevo, y de forma terca, se mantiene como un objetivo poco realista de la política internacional acordada en la ONU “una sociedad libre del uso indebido de drogas”. A pesar de la abundante evidencia que muestra que el número de consumidores a nivel global sigue incrementándose, —son alrededor de 246 millones de usuarios según la ONU— y del llamado de organizaciones sociales y líderes globales pidiendo cambios, el consenso del régimen internacional insiste en la prohibición de las drogas como herramienta principal, incluyendo la criminalización del consumo y, en algunos países, la pena de muerte por delitos relacionados con drogas.

En ese sentido, hay que decir que la búsqueda de consensos para lograr un cambio ha fracasado. La oposición de países como Rusia, China e Irán, a utilizar siquiera un lenguaje que incluya explícitamente enfoques alternativos que han dado resultados positivos, como la reducción de daños, muestra que a nivel internacional no hay aún un acuerdo ni siquiera sobre el fracaso de la estrategia actual, a pesar de la abundante evidencia al respecto.

Por otro lado, hay aspectos importantes para rescatar del proceso de debate previo a Ungass que se ven reflejados en el documento final. Especialmente, la inclusión de una mirada flexible a la implementación de las convenciones de drogas. Este cambio, introducido por Estados Unidos, un país que luego de los procesos de legalización del cannabis en varios de sus estados está en clara violación de las convenciones, busca permitir matices para ajustar las leyes internacionales a necesidades nacionales y regionales, incluyendo las suyas donde cada vez más jurisdicciones experimentan con la legalización. En otras palabras, esta nueva mirada abre las puertas para que cada país experimente con alternativas a la prohibición, sin sufrir consecuencias negativas ante la comunidad internacional.

Esto hace que Ungass, la reunión de esta semana, sea más un punto de partida que de llegada. En adelante no puede ser una excusa para evitar aventurarse a implementar alternativas la falta de consenso. Ya no serán crucificados, para usar las palabras del presidente Santos, los líderes que innoven en política de drogas. Llegó la hora, entonces, de pasar del debate a las acciones concretas. Por eso mismo sorprende que, justo cuando el presidente que lideró este proceso de cambio viaja a la ONU, su gobierno plantee revivir en Colombia las fumigaciones con glifosato de cultivos de coca. Este tipo de estrategias, cuestionadas por su falta de eficiencia y riesgos para la salud, contradicen con hechos las palabras valientes del primer presidente en ejercicio que se atrevió a romper el tabú de la prohibición de las drogas.

El Espectador