De un tiempo a esta parte las gentes de una orilla de Ecuador destilan odio y lo arrojan en abundancia al río agitado de la política. En la otra orilla se destila todavía esperanza, ilusión de días mejores, ansia de que continúe en ascenso el gran esfuerzo de desarrollo emprendido por la Revolución Ciudadana, una vez que se superen las duras afectaciones causadas por la crisis económica internacional.

Estamos, pues, divididos por el torrente de la historia. Es como si las viejas divisiones internas del país, las viejas rupturas sociales, las antiguas fallas de nuestra geografía cultural se hubiesen reunido finalmente en una sola, terrible fractura, que amenaza con dividirnos para siempre.

En otros tiempos, esto habría sido el presagio de una guerra civil, pues nuestros antepasados solían lavar con sangre todos los odios y fermentos acumulados. Pero ahora, civilizados como nos hemos vuelto, la guerra civil abierta y franca de otros tiempos ha sido sustituida por una guerra de palabras, solapada y sucia, alimentada desde los más oscuros requiebros anímicos y mentales de la oposición.

Y hablo en genérico de la oposición porque la único que une a todos esos talibanes de la política ecuatoriana, a todos esos señores de la guerra sucia, es su odio, mayor o menor, a Rafael Correa y a la Revolución Ciudadana. Y como aquel ya no será candidato para la Presidencia, lo que queda en la oposición es una mezcla de odio y miedo: odio a todo lo que esta revolución política ha sembrado en el país y especialmente en la mente de sus ciudadanos, y miedo a que esa siembra fructifique en nuevos triunfos de Alianza PAIS.

Muy mala es la mezcla de odio y miedo que alimenta la actual guerra sucia opositora. Está hecha de palabras crueles, de ideas ruines, de mensajes calumniosos. Es mala por el abismo de rencor e ira que ha ido construyendo bajo nuestras plantas. Y mala por ese clima de suspicacia que busca levantar entre todos y frente a todo, como si cada obra pública fuera un atraco, cada acción oficial una ruindad, cada iniciativa por el país una carga de malas intenciones.

Me pregunto a dónde va a conducirnos esta explosión incontenible de odio político, que viene acompañada de un desate de las más bajas pasiones humanas: envidias personales, celos ideológicos, rencor por los cargos perdidos, ambiciones de riqueza fácil y otras similares.

Una primera y obvia respuesta es que ello ha provocado una creciente respuesta del bando agredido, que ha aceitado sus armas para la guerra a la que ha sido convocado. Las acciones que este bando emprenda corresponderán a la más legítima e indispensable defensa, con lo cual se volverá todavía más caldeado el ambiente político nacional.

Las otras respuestas las guarda el futuro. Lo seguro es que de aquí al fin del mandato de Correa tendremos guerra abierta y sin cuartel. Y la guerra seguirá luego, acrecentada quizá, pues si gana Alianza PAIS, que parece lo más seguro, la oposición tendrá sangre en los dos ojos y quizá buscará salidas antidemocráticas, de esas que algunos andan buscando desde ahora mismo. Y en el supuesto no consentido de que ganara la oposición, las masas populares no van a resignar los triunfos ya alcanzados ni a permitir un retroceso a los viejos tiempos, y darán dura pelea por sus intereses.

En esas estamos. La guerra civil sin armas de fuego acaba de empezar. Ojalá no sea sustituida por la otra, la de la sangre.

* Escritor y docente, autor de 56 libros. Miembro de la Academia Nacional de la Historia del Ecuador y premio nacional Eugenio Espejo