El exvicepresidente Ejecutivo de la República y extitular de varias carteras ministeriales afirma que “el Poder Popular es una gran fuerza moral en el cuadro político actual”

Elías Jaua Milano (Caucagua, estado Miranda, 1969) despacha desde las alturas de la rehabilitada torre Este de Parque Central —la que se quemó—, en una oficina que, tal como él mismo dice y subraya, es prestada. A través de los ventanales puede observarse una amplia panorámica de la ciudad agobiada por la calima. Hasta el Jardín Botánico muestra los estragos de la sequía. Más allá está el campus de la Universidad Central de Venezuela, de cuya Escuela de Sociología egresó el entrevistado, luego de una experiencia no solo académica, sino también de luchas políticas callejeras, las mismas que a los adversarios actuales les encanta usar como argumento para esgrimir dedos acusadores.

Han pasado unos cuantos años de aquellos tiempos de militancia en la temible Bandera Roja (ahora convertida en parte de la coalición opositora Mesa de la Unidad Democrática), y Jaua ostenta un largo currículum en la Administración Pública, que incluye la Vicepresidencia de la República y la titularidad de diversos ministerios: Relaciones Exteriores, Comunas y Movimientos Sociales, Agricultura y Tierras, Economía y Despacho de la Presidencia. También ha sido candidato a la gobernación de Miranda y Protector de esa entidad federal. Desde enero ha retornado a la actividad parlamentaria, luego de haber sido Constituyente y miembro de la Comisión Legislativa (el llamado Congresillo), al principio de la etapa revolucionaria.

—Han pasado cuatro meses de la derrota electoral del 6D y tres de la instalación de la nueva Asamblea Nacional. ¿Qué ha cambiado en la escena política nacional? ¿Cuál es su balance de este cambio político?

—Creo que lo que se observa es un creciente desinterés de la gran mayoría de los ciudadanos por la política, y eso es preocupante porque si algo tiene de positivo la Revolución Bolivariana es haber repolitizado, positivamente hablando, a la sociedad. Eso tiene que ver con que la mayoría de los ciudadanos están sumergidos en la sobrevivencia, en hacer la cola, conseguir productos, y siente que la dirigencia política no está respondiendo a esa necesidad inmediata. Eso se aprecia, pero también creo que en el lado revolucionario hay un fortalecimiento de las amplias vanguardias populares que conforman el chavismo, incluyendo sindicatos, comunas, consejos comunales, movimientos sociales y el propio Partido Socialista Unido de Venezuela. Ha habido un salto en la conciencia acerca de la complejidad de la situación política que vivimos y en la disposición a defender el mandato del presidente Maduro. En tercer lugar diría que, desde el punto de vista institucional veo, por una parte, al Gobierno con una agenda de trabajo permanente, un gobierno que ahora tiene mayor claridad sobre cómo avanzar en el despeje de la compleja situación económica; y por el otro lado, veo a un Parlamento absolutamente ensimismado y embriagado de una victoria electoral muy sobreestimada. Las fuerzas contrarrevolucionarias esperaban que el 5 de enero el Gobierno iría a llevarles el acta de entrega y, tres meses después tenemos a un gobierno actuando, haciendo, enfrentando las fuertes dificultades, y un chavismo activado, movilizado.

—En la calle predomina una percepción de agravamiento en la situación económica o, en el mejor de los casos, de que todavía las medidas tomadas o anunciadas no han surtido el efecto deseado. La gente sigue viendo cómo se deteriora su poder adquisitivo, sufriendo el desabastecimiento, en especial el de las medicinas. ¿Cuál es su mensaje para quienes viven esas circunstancias tan desesperantes?

—Ese es un tema siempre complejo… ¿qué decirle a una población sometida a situaciones extremas? Cualquier cosa que diga un dirigente político va a tener la respuesta de “claro, tú no lo vives, no lo sufres… qué me puedes decir”… Pero sí me atrevería a afirmar que la población tiene que valorar lo que ha logrado en los 17 años de Revolución Bolivariana. El malestar por la coyuntura actual no debe llevar al pueblo a desestimar esos avances estructurales de la sociedad en términos de igualdad, de reconocimiento de derechos políticos y sociales. Lo que ese pueblo crea que tiene que hacer, que no lo haga a costa de eso que se ha logrado, sino para avanzar hacia una mayor expansión y profundización de los derechos. Sabemos que la situación es compleja, pero los pueblos no pueden suicidarse. Y perder lo que se ha logrado en una etapa histórica, debido a una coyuntura superable, sería como suicidarse.

—Por lo que se escucha en la calle e, incluso, en círculos del chavismo, pareciera que el Poder Popular también se ha corrompido y que tiene su cuota de responsabilidad en que hayan florecido algunos de los aspectos más perversos de la situación económica. ¿Qué opina de eso, como sociólogo y como exministro de Comunas?

—Es exagerado decir que el Poder Popular se ha corrompido. Hay que poner esto en su justa dimensión. Es claro que importantes sectores de la población están participando en el bachaquerismo, pero lo hacen como individuos. Eso no tiene que ver con el Poder Popular, que es una fuerza organizada y consciente, con tareas y responsabilidades. Lo digo sin dejar de reconocer que algunas instancias del Poder Popular han sido permeadas por la corrupción. Sin embargo, creo que en esencia, el Poder Popular es una gran fuerza moral en el cuadro político actual. Y la mejor demostración de esa fuerza es que su liderazgo ha sido capaz de contener lo que ha sido promovido insistentemente por la derecha, que es el estallido social. Uno de los indicadores de cuán profunda es la fuerza de ese poder en el país es que el pueblo ha podido llevar esta situación con mucha paciencia y consciencia, sin desbordarse. Ahora bien, por supuesto que es necesario hacer una reflexión acerca de los elementos de corrupción que han tocado a mucha gente, que se ha incorporado hasta por oportunismo. Es un tema para reflexionarlo como sociedad y también para hacer un balance: ¿por qué después de 17 años de Revolución, de una prédica y una práctica de ética por parte del presidente Chávez y de los principales dirigentes del país, llegamos a una situación tan generalizada de corrupción en la que muchas personas solo buscan la manera de ponerse en una situación que les produzca un dinero fácil e ilegal? Es un problema general de la sociedad, no podemos atribuírselo al Poder Popular.

—Hay un proceso de restauración neoliberal en América Latina, expresado en el cambio político en Argentina, el 6D en Venezuela, el fracaso de Evo Morales en el referendo y en la situación planteada en Brasil. ¿Será que la izquierda latinoamericana sin Chávez no es la misma? ¿Será que Chávez era el verdadero movilizador de todo en este continente, la gran fuerza cohesionadora y que, sin él, el movimiento se está desarticulando?

—Yo no hablaría de una restauración neoliberal, sino de derrotas electorales, no ideológicas ni políticas. Lo que la gente en toda América Latina quiere no es un retorno al neoliberalismo que tantos sufrimientos le causó, sino más logros dentro del modelo de igualdad social. No hay duda que un tema importante es el reclamo ético que se está formulando a los gobiernos progresistas, pero eso no tiene por qué significar que los pueblos aspiren a volver a las viejas estructuras. Por otro lado, la ausencia del comandante Chávez sí ha brindado al imperialismo un espacio para desarrollar su estrategia de reversión de los avances democráticos que Latinoamérica tuvo en la última década. Y eso tiene que ver con el hecho de que el comandante era un gran animador, un líder capaz de entusiasmar al resto de la dirigencia regional, una bujía para reunirnos, establecer agendas, tomar iniciativas no sólo políticas, sino también en lo económico, social, cultural, comunicacional… Hemos visto como, tras la muerte del comandante Chávez, se fueron disipando las reuniones trimestrales de los presidentes, se fue perdiendo la iniciativa, cada quien se fue concentrando en sus propios problemas internos. Claro, hay que acotar que estos años sin Chávez han coincidido con un decaimiento de nuestras economías y eso ha obligado a los presidentes a dedicar más tiempo a los asuntos internos. Por otro lado, la ofensiva política contrarrevolucionaria ha arreciado en todos los países y eso también condiciona la actividad internacional de cada mandatario. A pesar de todos esos atenuantes, me atrevería a decir que fue un error pensar que los gobiernos de avanzada podían resolver sus asuntos por su cuenta, mientras la derecha sí estaba articulando todos sus esfuerzos. Basta revisar el discurso de Mauricio Macri, en Argentina, el de Aécio Neves, en Brasil o el de cualquiera de los múltiples precandidatos de la derecha en Venezuela para comprobar que son básicamente la misma cosa, la misma utilización de las redes sociales, y los mismos factores económicos asociados.

El debate con los reformistas

—Usted ha venido planteando, en artículos de prensa, un debate interno que hasta ahora ha estado soterrado en el chavismo: la confrontación entre el Plan de la Patria y versiones más light del socialismo o, como usted mismo lo ha llamado, visiones ya marcadamente socialdemócratas. ¿En qué aspectos se aprecia la emergencia de factores reformistas dentro del chavismo?

—Hay que precisar que en el chavismo esa tensión siempre ha estado presente, no es algo nuevo en realidad. Estuvo durante los años del comandante Chávez. La primera ruptura se dio con el grupo de (Luis) Miquilena y su entorno. Luego vino otra, con Podemos y los sectores más reformistas de Patria Para Todos. También lo hubo en el seno de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana, con liderazgos como el del general (Raúl) Baduel, aparte de todo el problema de corrupción que giró en torno a él. Ese debate ha surgido con los factores que piensan que la Revolución debe limitarse a lograr una redistribución menos injusta de la renta petrolera. El comandante Chávez siempre reaccionó ante esa postura y sostuvo que la Revolución Bolivariana no debía conformarse con esa distribución de la renta, sino que tenía que lograr transformaciones en el dominio de lo productivo y eso pasaba obligatoriamente por una modificación del régimen de propiedad, una ampliación en realidad, porque él nunca se propuso la eliminación de la propiedad privada, sino reconocerla en tanto que fuera legal, es decir, que tuviera un origen transparente; y legítima, en el sentido de que estuviera siempre subordinada a los intereses colectivos de la sociedad, como la producción de bienes y la satisfacción de los derechos fundamentales de la población. Chávez devolvió la propiedad a sectores que habían sido víctimas de la expropiación por la burguesía, como los indígenas, los campesinos y los obreros de fábricas que habían sido abandonadas por los capitalistas. También nacionalizó importantes empresas que habían sido del Estado y que luego fueron privatizadas a precios de gallina flaca. Todas esas acciones generaron la incomodidad de sectores que lo que pretendían era que la dirigencia revolucionaria se consolidara como una clase política, sin conflictos con el capital. Eso significaba sacrificar el valor fundamental de la justicia, y nosotros no vinimos a acomodarnos como clase política, sino a hacer justicia social.

—¿Y en la actualidad qué ocurre?

—El presidente Maduro ha hecho un esfuerzo realmente honesto por preservar esa orientación política, en medio de las grandes dificultades que implica tener que hacerlo sin la presencia del comandante Chávez y con unos ingresos petroleros muy mermados, un escenario donde las tensiones se agudizan. Siempre para el reformista, la salida más fácil es negociar, conciliar, entregarse. Así surgen los llamados a la “unidad nacional”… Es esa tesis de que Venezuela era un país unido hasta que llegó Chávez y lo desunió. No recuerdo quién dijo esta frase, pero eso equivale a decir que el 27 de febrero fue una piñata, una fiesta de niños. No, esa fue la mejor demostración de que Venezuela no era, en absoluto, un país unido, sino que sufría una profunda fractura social, cultural que estalló en ese momento. Entonces, la solución a las dificultades que atravesábamos no es volver al país “unido” que supuestamente éramos, sino construir una sociedad donde pueda haber una unidad en la diversidad y con justicia e igualdad. No puede haber unidad nacional si no hay igualdad.

—Pero, específicamente, ¿a quiénes van dirigidas sus reflexiones sobre el peligro de adequizarse?

—Bueno, el artículo que publiqué recientemente (El desafío socialdemócrata, disponible enhttp://www.aporrea.org/actualidad/a225606.html) se originó luego de unas declaraciones del compatriota general (Miguel) Rodríguez Torres, pues creo que expresan con mucha claridad esta tendencia, que podríamos considerar hasta ingenua, a considerar que con un llamado genérico a la unidad pueden resolverse los conflictos estructurales de la sociedad venezolana. Yo creo que esos conflictos sólo pueden ser realmente superados si se garantiza la igualdad ante la Ley, y si el derecho de propiedad es válido para todos los sectores sociales, no solamente para una élite. Para lograrlo es necesario asegurar que siga en manos del Estado el ingreso petrolero nacional y las empresas estratégicas… Pienso que es muy pertinente este debate porque permite clarificar las visiones que se puedan tener dentro del chavismo para superar esta compleja situación.

—Pero, al margen de las opiniones de Rodríguez Torres, ¿la nueva política económica apunta a la visión del comandante Chávez o al enfoque socialdemócrata, tomando en cuenta que vemos muchos esfuerzos por conciliar con el sector privado, revisión del sistema cambiario y medidas por el estilo?

—Yo creo que la Agenda Económica Bolivariana del presidente Nicolás Maduro es perfectamente compatible con los parámetros del modelo económico y social que el presidente Chávez construyó. Reunirse con los empresarios no es contradictorio con la era de Chávez. Él lo hizo muchas veces. Yo como ministro de Agricultura trabajé con los grandes productores de este país. Lo que pasa es que no lo hicimos exclusivamente con ellos, sino que se amplió a los medianos y pequeños productores. El comandante siempre tuvo una relación orgánica con los grandes productores. En este caso, hacerlo es perfectamente lógico y no significa una claudicación porque la Agenda Económica Bolivariana ha preservado elementos centrales de los años anteriores, como el manejo de las divisas por parte del Estado, la regulación de los precios de los bienes básicos, la preservación de la propiedad estatal y social sobre los bienes que se recuperaron en los años anteriores. El presidente Maduro no está planteado privatizar ni vender los activos del Estado. El gobierno también ha seguido defendiendo los derechos fundamentales de los trabajadores, enfrentando las pretensiones de las élites que quieren acabar con la Ley del Trabajo, las Trabajadoras y los Trabajadores. El reconocimiento al Poder Popular como una fuerza clave en la economía es otro elemento de coherencia con la visión chavista originaria. En fin, el presidente Maduro ha sido realmente consecuente, a pesar de que tal vez lo más cómodo para él hubiese sido pactar y entregarse a la burguesía. Él ha sido fiel al modelo justo que el comandante Chávez comenzó a construir.

—¿Hay un empresariado nacionalista?

—Pienso que hay que confiar en el sector empresarial que ha demostrado que quiere quedarse y seguir produciendo. Es mucho más fácil convertirse en importador que estar al frente de una pequeña o mediana industria, sorteando todo tipo de dificultades. Eso, de por sí, tiene un valor, esa gente merece confianza. Pero también hay que confiar en los nuevos factores que surgieron en la economía durante la Revolución Bolivariana, como las comunas y los sectores campesinos que han recibido tierras. Hay comunas que son portadoras del modelo de la sociedad futura. Hay grupos de campesinos que han puesto a producir tierras que estaban ociosas. Aquí suele mentirse y manipularse diciendo que todas las tierras que Chávez expropió antes producían y ahora no producen. Eso es mentira, hay miles de campesinos produciendo. Hay trabajadores que están al frente de las empresas recuperadas, haciendo un gran esfuerzo. Se dice que todas esas empresas están quebradas y tampoco es verdad. Yo creo que todos en el gobierno, incluyendo algunos compañeros ministros, deben atreverse a confiar en el pueblo, en lo que Chávez construyó, y dejar de ser un freno para el avance de nuevos sectores económicos que perfectamente pueden convivir con el sector privado. En cambio, deben alejarse cada día más de los empresarios de maletín y de los importadores.

Arco Minero y rentismo

—En este ámbito de las medidas recientes y sus efectos dentro del chavismo, hay sectores radicales internos que rechazan en particular una parte de la política económica, que es el Arco Minero. Aparte de que alguna gente lo utilice como pretexto para dejar las filas del gobierno, hay en eso una discusión de fondo, tanto en lo que respecta a la preservación de las zonas ecológicamente frágiles como en lo que se refiere a la verdadera disposición superar la cultura rentista. ¿Cómo lo ve usted?

—Ese ha sido otro debate largo en el seno de la Revolución, desde los más alto niveles, hace más de una década. Recuerdo un ministro que dijo “si tienes una riqueza y no la explotas racionalmente a favor del país, vendrá otro y la explotará irracionalmente a favor de sí mismo o de un pequeño grupo”. Eso es lo que ha venido pasando, pues nuestra soberanía sobre esos recursos está totalmente vulnerada. Lo justo es que el Estado asuma una explotación racional de ese recurso. Sólo el Estado puede lograr una explotación debidamente controlada. Hay que entender que si se sigue afectando la cuenca del Caroní, nos vamos a quedar sin energía hidroeléctrica, aparte de todos los demás daños irreversibles al ambiente. Esta nueva política puede darle al Estados la posibilidad de un control, de una explotación racional del oro y otros minerales estratégicos. Es lo que puedo decir al respecto, sin dejar de compartir los temores que muchos compañeros tienen.

—Ese debate tiene otro aspecto: ¿sustituir los ingresos petroleros por los ingresos derivados de la explotación de otros minerales no es seguir en el rentismo?

—No, porque el Arco Minero es únicamente una de las líneas de trabajo que se han puesto en marcha. Los catorce motores apuntan hacia una economía realmente productiva. Por ejemplo, cuando hablamos del motor industrial hay que tener en cuenta que el país cuenta con una plataforma capaz de asumir ese reto. Hace catorce años, decir que íbamos a desarrollarnos industrialmente era hablar sobre la base de la nada. Hoy en día tenemos una capacidad instalada que se pierde de vista en sectores como petroquímica y agroindustria. El presidente Chávez dejó construidos cuatro grandes sistemas de riego, sólo falta poner en marcha las medidas apropiadas para que comiencen a cumplir la utilidad para la que fueron creados. En dos años, Venezuela puede superar su déficit en materia de maíz blanco, arroz, café, leche y carne. La Revolución creó una estructura de procesamiento para esos rubros que permitiría despegar en poco tiempo. También pasa así con el sector forestal y con la pesca, donde además de infraestructura hay equipos técnicos, embarcaciones y, sobre todo, personal calificado, formado en China y en muchos otros lugares.

—En ese campo de la infraestructura industrial, los voceros opositores siempre dicen lo contrario, que se ha paralizado o desaparecido todo lo que una vez hubo…

—Eso no es cierto. El presidente Chávez asume el poder luego de una década de neoliberalismo, una época en la que hubo un proceso brutal de desindustrialización. La Revolución Bolivariana es la que reactiva lo poco que había quedado del aparato industrial y empieza a expandirlo. Es cierto que ese aparato no está todavía trabajando a su máxima capacidad, pero existe y tiene la más alta tecnología incorporada. Por eso es que ahora sí puede decirse, más allá de lo discursivo, que la caída de los precios del petróleo representa una gran oportunidad para desarrollar la economía. Ahora sí hay recursos para lograrlo.

Resumen Latinoamericano