Hay varias lecciones de las recientes elecciones. Una primera, probablemente la más relevante, aunque por la euforia de los resultados actualmente venida a menos, es la de la justicia electoral. Un elemento fundamental en el proceso ha sido el de la administración de justicia de los órganos electorales.

Se han permitido excluir candidatos en pleno proceso y, hasta días antes del acto electoral, resolver acerca de si un determinado postulante seguía o no participando.

Ni qué decir sobre la decisión, adoptada el día anterior al 10 de abril, en la que Jurado Nacional de Elecciones interpretó que la nueva valla electoral no se aplicaba a las alianzas políticas formadas para estas elecciones, pues la ley no tiene carácter  retroactivo por mandato constitucional. Es decir, fijó un criterio para las alianzas electorales diametralmente opuesto a aquel que aplicó para la exclusión de dos candidatos presidenciales, para los cuales la nueva ley sí estaba en vigor y, por tanto, en tales casos, no resultaba retroactiva.

Lo que debe destacarse de este insólito comportamiento no es otra cosa que la tradición judicial peruana. Así como ha resuelto la justicia electoral, con raciocinios contradictorios, apegándose a la letra estricta de la ley, sin ponderar factores adicionales tan o más relevantes que el propio texto legal, discriminando injustificadamente, omitiendo principios superiores, es que se administra justicia en el país.

Esa –no otra – es la gran lección de estas elecciones en materia de justicia: cómo las decisiones de los órganos electorales han demostrado ante la ciudadanía la manera en que se resuelven las controversias de los peruanos de a pie en el denominado ámbito jurisdiccional: con tardanza, contradictoriamente, privilegiando la letra menuda, atendiendo lo no necesariamente relevante, omitiendo las consideraciones del contexto, desoyendo la necesidad de una justicia bien entendida.

Una segunda lección: la abrumadora votación del fujimorismo, principalmente en las clases populares, no ha considerado para nada lo que significa dicha opción en términos internacionales. Hoy en  día la noticia en el mundo es que la hija del dictador Alberto Fujimori, condenado a la cárcel por delitos de lesa humanidad y corrupción, ha vencido en la primera vuelta de las elecciones en el Perú.

Será difícil que el mundo entienda este contrasentido: ¿cómo es que quien violó derechos fundamentales que tienen que ver con la vida de sus conciudadanos, que afectó garantías elementales de convivencia, que administró el gobierno más corrupto de la historia, que renunció por fax a la presidencia de la república, que invocó su nacionalidad japonesa para huir de la justicia y que intentó ser senador en el Japón; cómo –se repreguntará el mundo  anonadado – esa corriente política – ahora encarnada en la hija, quien fue Primera Dama durante dicho régimen–obtiene el apoyo mayoritario del pueblo que fue objeto de tales vejámenes?

No tengo respuesta, la verdad, solo sé que se trata de una lección de la realidad.

Una tercera lección: el surgimiento de una alternativa de izquierda claramente dibujada que ha obtenido, también, un significativo apoyo popular.

Desde hace varias décadas, la izquierda dejó de tener presencia relevante en la escena política del país. Ahora la tiene y la ha logrado sin esconderse, exponiéndose sin tapujos.

En la noche del 10 de abril, cuando escuchaba a la favorecida candidata de la izquierda y otros líderes de la misma agrupación, hice memoria de que estaban repitiendo el mismo discurso de la izquierda de fines de los años ochenta, aquella que logró constituirse en importante fuerza política en el país: creían en su pura y simple voluntad. Dicha la palabra, hecha la cosa, podría ser una buena síntesis de este fenómeno.

Así como esa izquierda del siglo pasado, por su voluntarismo y por esa suerte de superioridad moral que creían tener, fue diluyéndose y dejó de ser alternativa atractiva, es fundamental que la nueva izquierda, apoyada ahora por casi un cuarto del país, sustituya su voluntarismo, abandone la creencia esa que sostiene que las cosas se hacen porque uno las dice, las cosas suceden porque uno las desea. Y construya una alternativa viable. Esa es la lección de  estas elecciones para la izquierda y su gran desafío futuro.

otramirada


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