A partir del golpe de Estado contra el Presidente de Paraguay, Fernando Lugo, la estrategia de las derechas latinoamericanas ha dejado de lado el uso del poder militar para derrocar gobiernos progresistas. La Fuerzas Armadas en los distintos países de área están desprestigiadas después del derrumbe de las dictaduras de seguridad nacional, y hoy, sin necesidad de pagar los costos de cruentos golpes de fuerza, pueden mantenerse como casta privilegiada bajo gobiernos civiles de derecha – por ejemplo, en el ejército de Colombia se ufanan al decir que no ves necesario ser visible ante la ciudadanía, pues de todas maneras tiene el poder, especialmente, por medio del Plan Colombia y su lucha contra la guerrilla; por lo demás, los paramilitares, como brazo armado, realizan el trabajo sucio sin respetar las limitaciones de una democracia burguesa -.

La nueva estrategia de la derecha no sólo está diseñada para desestabilizar gobiernos progresistas, sino también para instalar gobiernos muy serviles a los verdaderos dueños de la democracia formal, los Bancos y el Capital Financiero. Con gobiernos, encabezados por Presidentes millonarios, muy superficiales e ignorantes culturalmente, que podíamos encarnar – para ser más explícito – en Piñera y sus “piñericosas”, y el actual Presidente argentino, Mauricio Macri y sus ridículos bailes que lo hacen ver más payaso que nunca, como rasgos de humor que esconden una notoria regresión hacia una democracia bancaria, que deja sin sustento a la que surge del poder popular.

En la estrategia jurídico-mediática de derrocamiento de gobiernos progresistas e instalación de empresarios payasos, los actores de la pseudo-democracia son los jueces, fiscales y los dueños de los medios de comunicación y sus periodistas lacayos y siempre lo que me atrevo a denominar “los fachos pobres” – clases medias emergentes y aspiracionales, que se han convertido en sostén del tipo de gobierno empresarial Piñera-Macri, y de otros que irán apareciendo con la implementación de este tipo de golpismo.

En Italia – es bueno recordar – la judicialización de la política y la elevación a la santidad de los fiscales, tuvo como efecto, en un comienzo, la balcanización de la Democracia Cristiana y la desaparición de los socialistas de Betino Craxi, y luego se entregó el poder al más corrupto de los mafiosos y ladrones, Silvio Berlusconi – buen amigo de Craxi y, además, propietario de varios medios de comunicación de masas – y su poder no hubiera terminado hasta ahora si no se le hubiera ocurrido hacer orgías con menores de edad. Bastaría recurrir a la historia para temer a la idolatría de fiscales y periodistas que, mucho temo, nos va a conducir a la elección del más pillo de todos los candidatos, el Berlusconi chileno, Sebastián Piñera.

En el caso brasilero, Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff, en cierto sentido están pagando el precio de haber promovido y construido esta clase media aspiracional que posee una enorme facilidad de convertirse en “fascistas pobres” – habría que sumar situaciones objetivas, como la corrupción del partido gobernante, el PT, y la recesión económica que golpea fuertemente el nivel de vida de una clase media emergente, acostumbrada a estándares desconocidos en ese país-continente -.

El juicio político contra la Presidenta Rousseff, a mi modo de ver, forma parte importante de esta estrategia jurídico-mediática encaminada a poner fin a un gobierno constitucional, de características bastante moderadas en lo político y que no tienen nada que ver con la calificación de “izquierda populista”, que la derecha y el imperio norteamericano colocan como remoquete a los gobiernos de Rafael Correa, Evo Morales y Nicolás Maduro, muy por el contrario, Lula y Bachelet, durante mucho tiempo fueron presentados como modelos de la izquierda sensata, de la socialdemocracia, de la tercera vía.

Hasta ahora, el juicio político contra la mandataria de Brasil ha pasado la barrera de la Comisión Especial de la Cámara de Diputados, y será votada en el Pleno, durante este fin de semana. Es un buen test para medir la capacidad de esta nueva estrategia.

En Argentina, con un poder judicial bastante corrupto, las ha emprendido contra la ex Presidenta, Cristina Kirchner, pero por circunstancias de la historia de ese país, el peronismo tiene enorme poder de convocatoria de masas, lo cual hace muy difícil que la estrategia que hemos descrito logre imponerse sin que medie una respuesta popular que ponga en mal pie al gobierno al gobierno empresarial de Macri – dicho sea de paso, también está acusado por su participación en empresas, ubicadas en paraísos fiscales -. No hay que olvidar que, hasta ahora, ninguno de los últimos Presidentes argentinos pudo gobernar en contra del partido peronista – los casos de los radicales Alfonsín y de La Rúa -.

Al tomar una de las ideas de Ernst Boch, “la oscuridad del momento presente”, creo que estamos pasando por un período de amenaza a la democracia y a la soberanía popular, ya raptada por el poder económico. En este sentido, la corrupción no sólo es estructural, sino que lo que es más grave, forma parte de la esencia de las democracias formales y electorales.

*Historiador y cronista chileno.