El próximo año comprobaremos hasta dónde las tácticas, estrategias y modos de ganar elecciones, al estilo de Jaime Durán Barba (tal como ha confesado sobre lo ocurrido en Quito en febrero de 2014 y en Argentina en diciembre del 2015), configuran otro sentido de la política electoral.

Claro, basta con un chocolate para que un debate se venga abajo o no contar con aliados para que los electores crean que se es más puro y menos politizado. Incluso no hace falta saber de administración municipal y menos conocer la ciudad que se pretende administrar. Tampoco (y esto sí se está probando en Buenos Aires) hay que contar todo lo que se va a hacer en el gobierno porque se pierde. No se debe (bajo la lógica ‘duraniana’) decir la verdad, solo mostrar el lado bueno, carnavalesco, porque ya en el poder se hará todo lo contrario y también no se tendrá que explicar lo que se hace (no harán falta sabatinas ni cadenas).

Siendo así, tendremos el próximo año candidatos de esa naturaleza y podremos mirar hasta dónde es cierto que Ecuador maduró políticamente o, al contrario, si hemos caminado poco en la empinada cuesta de la maduración ciudadana, en la búsqueda de mejores horizontes a partir de decisiones reflexivas, pensadas y/o inteligentes.

Y, al parecer, hay candidatos y prospectos de candidatos que caminan en esa línea. Por supuesto que para eso hay programas de televisión, otros de supuesta estructura periodística, hechos por falsos periodistas (porque en realidad se travisten de payasos); a donde llegan los ‘cultos’ candidatos, críticos y opositores para ver si por ahí capturan votos, adherentes y simpatía. Sí, simpatía, pues según Durán Barba ya no hay política ni ideología, mucho menos doctrina o pensamiento a la hora de hablar con las masas, escoger a los candidatos y mucho menos construir una propuesta programática.

El mismo Durán Barba fue a un programa ‘humorístico’, con un supuesto periodista, para facilitar la ‘conversación’ política en Quito. El resultado: una suma de muecas, una que otra picante definición o afirmación, pero al final muy poca reflexión madura para una ciudad que se precia de pensar y filosofar sobre la política y la vida en general.

Por eso también habría que pensar si efectivamente lo que pasa ahora es el resultado de esa banalización de la política gracias al ‘ejercicio crítico’ de los medios y de los supuestos periodistas que se ponen muy serios para protestar, pero en realidad banalizan su propia función y rol a favor de candidatos que luego (sin conocer la ciudad) asumen alcaldías o presidencias. Si el objetivo de un estratega político es ganar elecciones, sin importar quién asuma los cargos, hemos entrado en el paraíso de la banalidad más perversa.

Nuestras sociedades no se merecen un espectáculo para ver quién gana y con qué estrategias. Hay demasiados problemas como para que la conquista del poder se convierta en un espectáculo casi deportivo. Si es con un chocolate -parecería- es más sabroso el triunfo. Se le ha ganado, sería la lógica ‘duraniana’, a un inteligente y buen alcalde, con un chocolate.

Y por eso, esperemos que desde ya tengamos algunas pistas para identificar quiénes son esos candidatos, con buenos asesores, que nos revelan también una estrategia mediática bien articulada con propósitos perfectamente identificados, todavía en medio de necesidades trascendentales insatisfechas.

*Director del diario El Telégrafo, Ecuador.