Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Un sismo con características inéditas en Ecuador retrata una dura realidad: los miedos individuales de quienes más sufrieron la noche del sábado y la evidente fragilidad de nuestras infraestructuras privadas y públicas.

Mi ciudad, Portoviejo, donde ya no resido, ha colapsado. Escribo estas líneas viendo fotografías desoladoras del centro de la ciudad y no puedo menos que llorar. Manta, otra ciudad dizque moderna, también recoge horribles testimonios humanos y gráficos del desastre. En esas dos ciudades viven mis padres y mi hermana. Afortunadamente, están bien y apenas si salen del terror de la tierra temblando.

Al ver la televisión y las versiones virtuales de los diarios ecuatorianos –este domingo 17 de abril- una primera pregunta es: ¿Por qué edificios aparentemente nuevos, que se supone han observado las normas técnicas y profesionales de sus construcciones, se han caído como castillos de naipes en Portoviejo y Manta?; y una segunda pregunta aún más sensible: ¿por qué la ignorancia y la infamia se instalan en el sentido común de quienes en las redes sociales adelantan criterios sobre la cobertura humanitaria que demanda este desastre nacional?

Solo dos palabras caben en semejante situación: prudencia y solidaridad. Todos sabemos que nuestro país –el Ecuador entero- es una zona vulnerable a desastres naturales de distinto calado. Tenemos mar, volcanes activos y una defectuosa preparación colectiva para enfrentar eventuales catástrofes. Y no es acusando, a quienes se crucen, el modo cómo se van a asumir las faenas de rescate, ayuda y transmisión de serenidad que requiere este momento.

La primera pregunta, sobre la solidez y las técnicas antisísmicas que los ingenieros y constructores deben observar en el trazado de proyectos inmobiliarios, es sustancial. Hace pocos años, en Quito, a propósito de las alertas por posibles erupciones de los volcanes cercanos, se hizo una breve revisión de los estándares de construcción de los edificios –construidos siquiera hace una década-, y una gran mayoría no cumplía todas las normas. El escándalo de semejante información fue fugaz. Nadie escudriñó más sobre el tema.

Hoy, viendo los desplomes y ruinas en Portoviejo, Manta, Pedernales, Guayaquil y Esmeraldas, es ineludible preguntar: ¿En todas partes se construye a la buena de Dios?, ¿dónde está el control municipal?, ¿por qué en un país de alto riesgo sísmico las construcciones no respetan las mínimas normas técnicas?

Es posible que un sismo, con la intensidad del ocurrido el sábado, sea lo suficientemente fuerte como para pensar que cumpliendo las reglas se hubiera salvado algo. Pero lo cierto es que respetando las especificaciones actuales, los daños pudieron ser menores y las personas tener mayores niveles de protección en residencias y espacios laborales. Hago esta reflexión por dos motivos: a) el caos y la empírica no pueden “normar” la construcción de edificios y casas; y, b) la seguridad humana debe estar por encima de “ahorros” en materiales y contratación de profesionales para el cálculo estructural de cualquier edificación.

Lo repito, la prudencia y la solidaridad son esenciales para humanizar la desgracia.