Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Que sea reiterativo no le resta veracidad: Venezuela está viviendo el peor trance de su historia republicana. Cada día que pasa es un desafío a la resiliencia de su gente, que ha hecho de la adaptación a la adversidad un dogma de vida.

En lo económico, el ahogo que sufre por el muy estricto control de divisas hace que muchos bienes y materias primas necesarias no puedan ser importados ni producidos, lo cual redunda en un desabastecimiento que afecta gravemente la calidad de vida de sus habitantes.

A eso se le suma una muy deficitaria inversión en infraestructura energética que, con la aparición del fenómeno del Niño, desnudó graves falencias que tienen al país sometido a un esquema de racionamientos tras la disminución del volumen de agua del embalse El Guri, el más grande de Venezuela.

Las medidas tomadas por el Gobierno para contrarrestar esto parecerían un mal chiste para cualquier desprevenido. Sobre todo, las jornadas no laborables obligatorias para el sector público (por las cuales solo se trabaja prácticamente dos medios días en toda la semana). Estas, por cierto, solamente podrían hacer que el consumo de energía se desvíe hacia otros sectores, pero no que se ahorre.

Como se sabe, el petróleo, su principal producto de exportación, tiene que ver mucho en todo esto. Cuando a mediados de la década pasada el valor del barril sobrepasaba los cien dólares, el Gobierno emprendió proyectos de carácter regional, como Petrocaribe, que le permitió iniciar una especie de ‘diplomacia petrolera’ al dar, a precios muy ventajosos, crudo a países más necesitados.

Pero la bonanza llegó a su fin y el Gobierno, consumido también por una voraz corrupción, se quedó sin recursos, por lo que tuvo que comenzar a consumir sus propias reservas internacionales y a ser más receloso con las divisas.

El tinte ideológico que el oficialismo quiso darle al asunto se cayó de su peso cuando el todopoderoso oro negro se desplomó y los dólares abundantes que lograban la importación de casi todo en Venezuela comenzaron a escasear, afectando a la gente de a pie, esa misma a la que el chavismo dice representar.

El torpe manejo fiscal por parte del Gobierno, y el brutal impacto de ello en la calle, fue parte importante del desencanto de la población, que redundó en la derrota del oficialismo en las elecciones parlamentarias del 6 de diciembre pasado ante las fuerzas opositoras, representadas por la Mesa de Unidad Democrática (MUD). Ahí comenzó la guerra de poderes, la cual tiene hoy a la oposición recogiendo firmas para deponer al presidente Nicolás Maduro, y al oficialismo manipulando al resto de poderes para contraatacar.

Esta polarización no es, ni mucho menos, lo mejor para el hermano país. Lo cierto es que, por desgracia, por el momento parece no verse un punto de diálogo entre un gobierno que bucea hacia lo profundo del mar para encontrar la superficie y una oposición resuelta a llegar al poder. Ojalá Venezuela encuentre su punto de equilibrio en el que todos escuchen, porque de por medio están millones de personas que, sin importar su color político, sufren ya en demasía.

El Tiempo