Ahora que Dilma Rousseff está camino de ser defenestrada en Brasil surgen por todos lados las preguntas, la rabia y el desconcierto, pero también los análisis que identifican las causas, los yerros cometidos y las limitaciones que llevaron hasta esta situación.

Prevalece, sin embargo, el enojo ante tanta desfachatez de tanto mediocre corrupto que se erige en juez de una mujer que es modelo de entrega y honradez, y que es lapidada en aras de los intereses de la minoría voraz que no ha permitido nunca ni la más mínima hendija en la estructura que sustenta su poder. Esa ha sido siempre la historia de América Latina y, a la larga, con su sempiterno aliado norteño, siempre se han salido con la suya.

A la izquierda, con todas sus buenas intenciones, aun llevando adelante políticas sin parangón en nuestra historia, que muestran a las claras que es posible construir sociedades distintas a las que siempre han prevalecido, resulta que a la larga terminan echándola a patadas del gobierno. Es eso lo que están haciendo con Dilma, lo que quieren hacer con Maduro y lo que han intentado hacer con Cristina.

Pero, solo con mencionar a quienes han sido protagonistas de los cambios que ha sufrido América Latina en los últimos años, estamos certificando unas de las limitaciones principales de estos procesos que hoy se encuentran en la picota: la dependencia de líderes carismáticos, de personalidades sobresalientes, de guías “eternos” que iluminan el camino de los cambios.

En eso estamos mal, no porque estos líderes no tengan características relevantes que los hacen únicos y, si se quiere, irremplazables. Estamos mal porque a lo que deberíamos aspirar es a que fuéramos nosotros, el pueblo llano, los que no hemos sido tocados con el don del carisma, los que no aspiramos a conducir a nadie, los que realmente impulsáramos los cambios con nuestra organización y nuestras decisiones.

A eso se refiere el concepto de democracia participativa que tanto se ha llevado y traído en estos años.

La democracia participativa no se establece por decreto sino que es un proceso largo, de muchos años, en los que intervienen muchos factores, y contra el que conspira sobre todo la derecha pero no solo ella, muchas veces también la izquierda.

La base de esa conspiración es el temor. Se teme al pueblo empoderado. La derecha, naturalmente, le teme a quienes tienen nada o poco que perder. Para evitar su empoderamiento lo alienan, lo manipulan, lo compran y lo engañan. Y cuando nada de estos resulta, lo garrotean o lo matan.

Muchas izquierdas, a pesar del discurso, lo menosprecian. Pareciera que solo ciertos iluminados pueden conducir por el camino correcto hacia los cambios. Otras ignoran cómo darle mayor protagonismo, porque una cosa es decir que debe tenerlo y otra saber cómo hacer para que lo tenga.

Eso nos ha faltado en América Latina. No nos ha faltado totalmente, pero ha sido insuficiente lo que hemos podido hacer. Ha habido, es cierto, una sensación de empoderamiento que ha despertado entusiasmo, alegría, empuje y cimentado convicciones. Pero los “nadies” hemos sido siempre masa fervorosa, arengadora, arriesgada y combativa pero poco deliberativa, tomadora de decisiones, iniciadora de propuestas de cambio.

Eso nos ha faltado y sobre eso debemos trabajar en el futuro y, sin lugar a dudas, si logramos avanzar en la dirección de ser más colectivamente partícipes y propositivos, seguramente tendremos mejores perspectivas.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.