El capital es cobarde: esa fue la frase con la que el general Juan Domingo Perón reapareció públicamente luego del “pinochetazo” chileno. Mauricio Macri debería escribirla 100 veces pensando en lo que le está pasando y teniendo presente que la llegada de capitales, su única carta para estos tiempos, puede ser medio flojita. Además debe hacerlo sabiendo que solo le queda el segundo semestre para arrancar.

Corría el año 1973 y en Argentina, Héctor Cámpora, después de 49 días de gobierno, había renunciado y gobernaba un tal Raúl Lastiri, yerno de López Rega, a la espera que Perón asumiera su tercer y último mandato presidencial. En ese momento, 11 de setiembre, se produjo el “pinochetazo” que ponía fin a un gobierno socialista en Chile. Moría (por suicidio o asesinato) el Presidente Salvador Allende y asumía el General Augusto Pinochet.

Perón, ya muy enfermo, se recluía en su residencia. Según sus médicos literalmente lloraba. Sabía que su proyecto de mayor independencia y justicia para nuestro pueblo, luego de largos años de resistencia, comenzaba a disolverse tan rápido como polvo en el agua. En esas circunstancias se asomó al jardín de su casa y por toda explicación le dijo a un periodista: “El capital es cobarde”

En esas cuatro palabras sintetizaba su desazón ante ese fracaso de una idea que sostuvo toda su vida: La conciliación entre los intereses del capital -con su búsqueda de ganancia- y el trabajo, con los derechos de los trabajadores a una vida mejor.

Perón había entendido cabalmente el significado de aquel golpe de estado. Allí confluyó la estrategia política de los Estados Unidos, para recuperar su control sobre el sur de nuestra América, con los intereses del capital que no estaban dispuestos a resignar parte de sus beneficios para la mejora del pueblo chileno.

La secuela de golpes de estado que se desataron en la región, en esos tiempos, responden a esa misma y perversa lógica donde confluyeron los intereses económicos con una determinada estrategia del centro o centros de poder.

Pero… ¿qué tiene que ver este relato con el actual gobierno de Mauricio Macri?. ¿Se está hablando del riesgo de un golpe de estado? No, nada de eso, ni mucho menos. Hasta podríamos decir que es casi al revés. Efectivamente el gobierno de Macri está, pública y fuertemente, emparentado con la política y estrategia de los Estados Unidos. La reciente presencia de Barack Obama lo prueba. Su posición en la región, el caso de Venezuela por ejemplo, es otra muestra de ello. Sin embargo, los capitales no aparecen. ¿Qué está pasando? Que no siempre son exactamente coincidentes, como lo fueron en aquellos momentos del 73, los intereses estratégicos –de tipo político- del poder mundial con los complejos poderes económicos que sostienen ese mismo poder.

El sistema político norteamericano se alegró con la llegada de Macri y lo hizo de un modo claro y evidente. También contribuyó a que la Argentina volviera al seno del sistema financiero mundial, el arreglo con los holdouts (fondos buitre) y la “buena voluntad” de la justicia norteamericana, para salvar escollos existentes, así lo demuestra.

Ahora bien, “el cobarde” capital demanda otras condiciones. Sabedor que son ellos la única carta que tiene el macrismo, para responder a la situación actual, está presionando para conseguir mayores beneficios.

Macri espera capitales pero los capitales huyen. Mientras Macri sueña con los dólares por llegar, lo concreto es que en el primer trimestre de este año la salida de dólares alcanzó la suma de 3.300 millones. Esta es la cifra más alta de fuga de capitales desde la crisis económica internacional del 2009. Ello se manifiesta en una creciente pérdida de reservas del Banco Central. Los mayores ingresos del campo, ahora debilitados con motivo de las inundaciones, no alcanzan para compensar los mayores endeudamientos que se producen por distintos motivos, entre ellos el déficit por turismo.

Dicho esto quedan dos interrogantes: ¿Dónde va ese dinero? y ¿porqué no llegan los dólares esperados? Ese dinero va a los paraísos fiscales, para eso están los “fabricantes de empresas” como los señalados en Panamá en las últimas semanas. Esa es la famosa “fuga de capitales”. Argentina figura como el octavo país del mundo del cual salen esos fondos. Los fondos argentinos en el exterior superan los 300 mil millones de dólares.

Es cierto que todas las semanas desfilan empresarios por la Quinta de Olivos pero –hasta ahora- las cosas no van mucho más allá de sacarse fotos y llevarse información. ¿Las causas? Ellas tienen que ver con lo dicho sobre la “cobardía” del capital. Quienes lo tienen toman sus precauciones. Entre ellas se pueden mencionar. Quieren saber de las perspectivas de gobernabilidad y continuidad de las actuales políticas, quieren saber si ellas son sustentables o, una vez más, se demostrará que sin el peronismo no se puede gobernar. Sus preocupaciones también tienen otras aristas ¿habrá garantías suficientes para retirar sus ganancias? Y hablando de ganancias, hay que tener presente que somos un país que está en el… fin del mundo. Eso cuesta. Además nuestro mercado no es tan grande, razón por la cual evalúan que las ganancias deberían ser mayores. El tema recurrente de los inversores, gira en torno al tema de las ganancias y su sustentabilidad.

Macri lo sabe, por eso dos de los ejes de su política son: lograr el acuerdo con una parte del peronismo, para darle gobernabilidad, y garantizar ganancias, para asegurar el interés externo. En el camino de asegurarles esas ganancias se encuentra con un problema. La Argentina, tiene una tradición de buenos salarios y muchas leyes protectoras del trabajador. Eso viene de lejos, es la esencia del peronismo y no es fácil desarmarlo.

La importante marcha por el Día del Trabajo, es una rotunda prueba que allí está el principal escollo que tiene Macri para atraer una masa importante de inversiones. Allí está su dilema. Necesita ajustar los salarios industriales, pero hacerlo significa chocar con el corazón del peronismo y correr el riesgo de perder la gobernabilidad que necesita. Al mismo tiempo, según el macrismo, si no produce ese “ajuste salarial” corre riesgo su programa de contener el déficit fiscal y la inflación. Por ahora, no se le pasa por la cabeza ponerse a mirar el rol que tienen, en la inflación, la creciente concentración económica en nuestro país. Allí, unas pocas empresas determinan los precios de la mayor parte de los productos de consumo masivo. Pero justamente son esos sectores los que hoy están con él, en la Casa Rosada.

Una evidencia de todo lo dicho lo tenemos en el debate sobre la “Ley antidespidos”. Desde el peronismo se proponen “parar los despidos” con una ley que los prohíba u obligue al pago de una doble indemnización, por 6 meses. El gobierno amenaza con vetarla.

Ahí está el debate. El senado ya la aprobó y ahora se está discutiendo en Diputados. Pero el debate, los acuerdos y desacuerdos van mucho más allá de esta Ley. En el peronismo se debate si colocar al gobierno de Macri contra las cuerdas, aprobando la ley tal como está y que Macri la vete “si se anima”, o buscar algunas variantes parlamentarias para “zafar” evitando un choque de planetas.

Este es el debate real, donde se mezclan cuestiones de política y economía. Esa mezcla de intereses hizo que, bajo otras condiciones políticas, tanto Cristina como el cristinista Héctor Recalde, Presidente del bloque de diputados del Frente para la Victoria (FpV), tiempo atrás habían manifestado su opinión adversa a esta norma que ahora promueven y sostienen como algo innegociable. Cristina en el 2010, sostuvo (en dos discursos) que una ley de ese tipo fortalecería la crisis laboral. Recalde se opuso en 2014 a un proyecto semejante al que ahora sostiene. Su explicación actual es que aquél proyecto era para “desestabilizar” al gobierno de Cristina. Evidentemente nadie puede escandalizarse cuando surge la pregunta por el porqué los políticos son tan poco creíbles.

*Periodista Question Digital