El anexionismo norteamericano no tiene que ser necesariamente físico; Cuba no tiene que pasar necesariamente a ser una estrella más de la bandera norteamericana, pero pueden anexionarla ideológica y culturalmente.

La casa Chanel realizó un desfile de modas en La Habana con todo el “glamour” de las grandes paradas europeas. Llegaron sílfides importadas del otro lado del océano, y desfilaron por La Habana en carros descapotables que sobreviven en las calles como símbolo de una ciudad sitiada que no pudo reponer su parque automotor durante 50 años.

El Paseo del Prado se cerró durante el evento. Los invitados especiales, vestidos sofisticadamente según el último grito de la moda, se sentaron en los bancos que regularmente ocupa el pueblo llano para hacer sus transas cotidianas que les permiten la sobrevivencia, y que ahora fue desplazado a un lugar “privatizado” por algunas horas.

Está bien, puede ser una estrategia para posicionar al país como destino para el turismo sofisticado o algo por el estilo que escapa a la imaginación de este escribidor, pero el mensaje que envían este tipo de eventos es ambiguo.

¿Es el lujo y la frivolidad algo que la nueva sociedad cubana deberá ver con normalidad de ahora en adelante? ¿Es solamente una muestra de lo que pasa en el resto del mundo y que solo usa a La Habana como escenario?

En un país en el que el ascetismo es un valor que ha sido elevado a categoría de forma deseable de ser, parece una contradicción. Tal vez no lo sería tanto si se explicara a la población qué es lo que está pasando, por qué se hacen estas cosas, qué lugar ocupan en el período de reformas al socialismo que están viviendo.

La explicación abierta, larga y detallada fue una característica del socialismo cubano. Fidel ocupó estrados y escenarios abundando en información de todo tipo pero eso parece haber desaparecido en el momento en que más se le necesita: en Cuba se están construyendo nuevos consensos y debe haber claridad en un terreno en disputa.

En Cuba a eso se le llama la batalla de ideas. Es la dimensión ideológica de la cruenta guerra que llevan librando por más de medio siglo y que internamente la Revolución ha sabido ganar. En otras partes, quedarse atrás en esa guerra ha pasado la factura. Un ejemplo es Venezuela, en donde la sociedad de consumo y sus valores alcanzan niveles paroxísticos, como en pocos otros lugares de América Latina, y no hay una respuesta por parte de las fuerzas nacional-populares a la altura que requieren las circunstancias, sobre todo ahora que falta Hugo Chávez y no hay una voz que ayude a entender a los más amplios sectores populares.

Imágenes que cada vez se repiten más y dan la vuelta al mundo son las de las banderas norteamericanas portadas por cubanos; se envuelven en ella, la hacen ondear, se visten con ella, la ponen en los carros. Da qué pensar. El anexionismo norteamericano no tiene que ser necesariamente físico; Cuba no tiene que pasar necesariamente a ser una estrella más de la bandera norteamericana, pero pueden anexionarla ideológica y culturalmente.

Claro que en Cuba lo saben, no son tontos, nunca lo han sido, por eso llevan tantos años resistiendo unidos. En el Congreso del Partido Comunista hablaron de ello, hicieron referencia a la estrategia del soft power de Obama, lo que da a entender que están alertas y tomarán sus medidas, pero hechos como los que aquí comentamos desconciertan. Pareciera que no se ha aquilatado suficientemente el papel sutilmente inoculador de este tipo de eventos como el del desfile de moda de Chanel en Cuba.

Ojalá nos equivoquemos y no estemos siendo sino aves de mal agüero.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.