Si solo fuese por plata han ganado algunos medios y periodistas que ahora reciben, por ejemplo, del Municipio de Quito, todos los contratos en exclusividad. O algunos contratistas privilegiados para obras de relumbrón que en nada resuelven los problemas de fondo de la ciudad. Un 14 de mayo del año 2014 se instalaron en sus cargos. Pero el asunto no pasa por plata (y en estos tiempos que se reclama austeridad ya es bastante).

Hay otros elementos. El principal, el político: la derecha que llegó a los gobiernos locales, denostando de la izquierda, se ha revelado incapaz, ineficiente y sin una visión de largo plazo. Si no fuese por el aparato mediático conservador que le acolita en todo tendríamos una fuerte campaña para la revocatoria del mandato o un freno a ciertos abusos.

En la práctica son los representantes de una visión social, económica y política del neoliberalismo en su acepción más radical: no creen en el Estado, mucho menos en la regulación y en el ordenamiento territorial, comercial e inmobiliario; promulgan la doctrina “cero impuestos”, pero entregan los contratos a la empresa privada de las tareas estrictamente municipales con recursos estatales, que se financian con lo proveniente del petróleo y los impuestos generales.

Esa derecha multicolor (aunque todo lo pinta de azul cardenillo) ni siquiera piensa en una doctrina propia para su ciudad, no está en condiciones de imaginar o renovar para una aplicación local. Al contrario, copia el modelo neoliberal y lo aplica a rajatabla, incluso a costa de que algunos de sus colaboradores se resientan porque no cabe en el enfoque de sus proyectos y recursos concretos.

Es la misma que devuelve a la sociedad “instituciones” conservadoras y machistas como el de la de una “primera dama” y desde ahí construye unas supuestas políticas asistenciales, de beneficencia y caridad para los pobres. El rostro bello de una dama debe ser el portaestandarte de la supuesta política social. Para eso, por supuesto, mueve recursos financieros a una institución que ya debió desaparecer según nuestras leyes.

¿Los patronatos son la entidad para lavar la imagen de un municipio o son el pretexto para que se luzcan las mujeres de los alcaldes? ¿Qué hacen los esposos de las alcaldesas en los muncipios donde ganaron mujeres? Y ese retorno a instituciones conservadoras no ha sido ni siquiera criticado por el movimiento de mujeres, de las feministas que se encandilaron y mostraron todas sus fortalezas intelectuales cuando cuestionaron a las asambleístas por un hecho puntual hace tiempo atrás.

En general, la crítica a la acción conservadora y machista de los muncipios donde se instaló la derecha no es el objetivo de los críticos de la izquierda pura, de la academia, de los medios y sus articulistas. No, porque el neoliberalismo que llevan dentro les impide fijarse en esos pequeños grandes detalles de la política pública de alcaldes convencidos de esa doctrina para que prime el mercado por sobre todas las cosas y el consumo sea el factor del consenso social y político.

Durante dos años, esa derecha tuvo a su favor una tregua política forjada por el silenciamiento mediático (nada gratuito) y por una sensata espera para saber hasta dónde era posible hacer realidad esos grandilocuentes postulados de “armonía”, “unidad multicolor”, “tolerancia” y una supuesta apertura. Y tuvo a una izquierda purista, esencialista, fundamentalista, de cómplice. No ha dicho ni pío y ha dejado pasar una serie de barbaridades políticas por el solo afán de creer que el enemigo está en otra parte.

Pero no sorprende porque el mismo candidato de esa izquierda a la alcaldía de Quito, por ejemplo, apoyó al actual alcalde y ahora trabaja con el frente que organiza la campaña presidencial de Guillermo Lasso. Esa izquierda es tan responsable, por ejemplo, de las agresiones a los vendedores y trabajadores informales que por vender jugo de naranja son agredidos por la guardia municipal de uniforme azul cardenillo.

Y a dos años de esto el balance es absolutamente negativo porque se ha perdido la orientación estratégica para ciudades y comunidades que se pensaban y miraban en el 2020 como una estructura social y no solo como parte de un proyecto económico mercantil y consumista. Aquí se ha revelado que la democracia representativa y participativa de la que tanto se habló y luchó queda a un lado para dar paso al ejercicio del poder real, el de los poderes fácticos, de las empresas y corporaciones mercantiles que actúan en cada campo de la vida social para que sea el neoliberalismo más agresivo el himno de cada uno de los ciudadanos, casi casi como un asunto de conciencia religiosa.

Y esos gobiernos locales de derecha, empezando por el de Quito, ya viven cierta resistencia de, incluso, esas capas sociales ricas que ven afectada su comodidad por la incapacidad de los alcaldes por hacer obras para favorecer a sus empresas, como ya lo revelaron los vecinos de El Condado y los de los alrededores de la Plaza Argentina.

Además surge cierta crítica de los blogueros y uno que otro articulista, al comprobar (¡por fin!) que apoyaron por puro odio a quien no tenía ni una pizca de conocimiento de la administración pública, un sentido de orientación cultural en una ciudad con una honda tradición histórica y, al mismo tiempo, sin una onza de liderazgo auténtico para afrontar temas políticos nacionales.

Por eso quizá sus mentores, turores y apapachadores se han alejado y ya no vemos las “cumbres” de Guaranda y Cuenca como un referente de la restauración conservadora. Los dos años que quedan ojalá sean para retomar la tarea de revolucionar las ciudades.

*Director del diario El Telégrafo, Ecuador.