Que no lo manejen, controlen, administren o gasten ellos ya es un problema. Pero el más intenso es que ese dinero público no vaya a sus cuentas o, como parecería, no sea para favorecer ciertos negocios. Hay excepciones: gente honesta, con fortunas bien habidas y de larga data, heredadas con todas las de ley.

Pero a estas alturas ya son pocas. El asunto va por otro lado: estigmatizar el gasto y al servicio público es el propósito político del momento. Y ello implica borrar el uso dado a los dos elementos en los tiempos de la partidocracia en su mayor expresión. Cuando Osvaldo Hurtado decretó la sucretización de la deuda privada lo hizo con dinero público.

O sea: ese “derroche”, “despilfarro”, “desangre” o como quiera llamarse ocurrió a favor de los empresarios que se endeudaron en dólares y pagaron a precio de huevo en sucres. ¿Ese es el que reivindican los neoliberales de pura cepa con el acolite de los exsindicalistas y unos periodistas y medios ultraliberales? Cuando Jamil Mahuad (otro demócrata cristiano) salvó a los bancos y a sus dueños, dolarizó la economía y garantizó un modo de hacer dinero (a costa del erario público), todos sabemos quiénes fueron los directos beneficiarios y los millones de afectados. Ahí el gasto fiscal adquirió el estatus de boya salvavidas para que, supuestamente, Ecuador no quebrara.

El momento en que se habló de cambiar la matriz productiva hasta los “izquierdistas más puros” se sintonizaron con la pelucolandia nacional: no se puede tocar a las élites y a sus modos de hacer dinero (quizá porque esos izquierdistas añoran ser las nuevas élites). Para ellos no se deben generar procesos productivos e industriales para un desarrollo autógeno. Se activaron todas las reacciones, redes y circuitos “epistemológicos” para hacer del neoliberalismo no solo una herramienta sino un modo de vida.

De ahí se entiende que esos exsindicalistas, analistas, editorialistas, supuestos líderes de opinión y medios de prensa sientan rasquiña, picazón y hasta alergias en sus creencias más profundas. ¿De qué vivirían si no es de ese “impoluto”, “moral” y “ético” sentido de la vida que es el mercado, el consumo y la libre empresa? Quizá el gobierno actual confió mucho en sus propias capacidades y prestigio para desarrollar un proyecto de transformación histórica. Y por eso pensó que no habría mayor obstáculo que su propia inercia, ambición política y la necesidad de una trascendencia obvia y legítima. Desestimó a sus potenciales aliados (indígenas, obreros, estudiantes, capas medias, etc.) y a un determinado sector del empresariado más comprometido.

También ocurrió que todos los aliados y empresarios calcularon qué perdían con una transformación de esta magnitud, afincados a sus propias visiones privadas del desarrollo o el cambio. Lo cierto es que ahora la derecha neoliberal y su aparato mediático han entrado en la fase final de su campaña (quizá diseñada en esas reuniones de Miami) para aplicar la vara que quieren para el resto de América Latina: estigmatizar estos 10 años como el período de la mayor corrupción, el despilfarro criminal y el “aquí todo está peor que antes”.

Y para ello necesitan de un discurso, un relato, un libreto y una dramaturgia con parlantes de todo tipo: desde los exaliados del gobierno, desde los supuestos luchadores eternos, hasta los analistas que con calculadora en mano hacen cuentas de lo que se pudo hacer con la “bonanza petrolera”. ¿No fue así que se diseñó y aplicó el golpe contra Guillermo Rodríguez Lara? Esas élites o pelucones de entonces renegaron del nacionalismo militar y del uso dado al producto de la bonanza petrolera aquella.

Para la pelucolandia (en la que caben también los entrevistadores y los blogs de periodistas de “enorme talla moral”) todo funcionario público, por naturaleza, es corrupto; el gobierno no debe administrar plata (toda la debe pasar al sector privado que por antonomasia es más judeocristiano que todo el Vaticano); los contratos deben favorecer a sus empresas y corporaciones, no para los nuevos emprendedores y las capas medias o los pobres de la economía popular y solidaria.

No, deben seguir el ejemplo de los municipios de Quito y Guayaquil de ahora: todo para que las alcaldías sean unos servidores de los poderes fácticos y no al servicio de los vecinos. Ahí están felices y se callan de los contratos, del despilfarro publicitario y de la ineptitud para afrontar ciertos retos históricos de las urbes y comunidades. A pelucolandia no le molesta que gobierne un partido o un líder, lo que le fastidia es que ese partido o líder no estén a su servicio y además que no lo pueda botar cuando les dé la gana como hicieron en su momento con sus mejores prospectos que tuvieron la osadía de poner en marcha su propio programa de gobierno.

Por eso optaron por la presidencia con sus propios “cuadros” y han luchado por tener a un bananero y a un banquero en Carondelet, cueste lo que cueste. Si hay alguna duda de todo esto, bien vale la pena ver cómo quedan retratados en los cables de WikiLeaks no publicados por la prensa “libre e independiente” o en ese centenar de bufetes de abogados que han trabajado creando empresas de papel y otras en los paraísos fiscales desde donde saldría mucha plata para ciertos blogs, medios, periodistas, exsindicalistas, analistas, ONG, etc.