Al cumplir sus 25 años, el bloque regional vuelve a acercarse a las lógicas librecambistas con las cuales nació, luego de una década que no logró dejar su marca indeleble.

Esta semana arrancará en Bruselas el intercambio formal de ofertas entre la Unión Europea y el Mercosur en vista de un posible tratado de Libre Comercio (TLC) entre los dos bloques regionales. Se trata del primer acto formal que reanuda las negociaciones truncadas desde 2012, tras el hundimiento de la novena ronda del Comité Birregional de Negociaciones MERCOSUR – Unión Europea en Brasilia. Desde ese entonces, los representantes de los dos bloques solo se volvieron a ver en dos reuniones ministeriales sin éxito, en 2013 y 2015.

Las últimas ofertas formales presentadas entre los dos bloques habían sido en septiembre de 2004, cuando los países sudamericanos ofrecieron abrir en un 87% su mercado, incluyendo algunas condiciones en productos del agro especialmente sensibles para las economías de la región. Es a partir de allí que comenzaron las rondas de negociaciones con la Unión Europea, que propuso liberalizar el 91,5% de su mercado, y pretendía una ampliación de la oferta suramericana. Pero, una vez más quedó demostrado que la economía, lejos de la idea liberal de una entidad irregulable y con vida propia, es subyugue de los avatares de la política y sus decisiones. El periodo en el cual se dieron estas negociaciones coincidió con el repudio generalizado a las recetas que el neoliberalismo proponía para América Latina, representadas por el acuerdo del Área de Libre Comercio de las Américas (ALCA), naufragado en Mar del Plata en noviembre de 2005.

Las posibilidades perdidas

Se abrió en ese momento uno de los periodos de mayor producción de propuestas alternativas al desarrollo neoliberal que se hayan visto por estas latitudes. No sólo movimientos sociales y partidos políticos, sino que gobiernos enteros y parlamentos trabajaron en pos de proponer soluciones y vías hacia el bienestar de los pueblos sin recaer necesariamente en los vericuetos diplomáticos que se basan en la pura relación de fuerza con los gigantes del norte. Una institucionalidad y un sistema financiero alternativo eran indispensables para avanzar en este impulso, y es así como surgieron proyectos extraordinarios en América Latina como el ALBA, Petrocaribe, Unasur o Celac. Pero otra lección que nos ha dejado el proceso de integración comenzado en esos años es que sin una profunda y real convicción política, los mejores proyectos quedan en pura retórica. Como al parecer sucedió, y el rol de los países del Mercosur en aquél fracaso fue determinante.

Las grandes propuestas de la primera década del 2000 se pueden resumir en la búsqueda de cierta integración política -de allí la importancia del Parlatino, Parlasur, asamblea de Celac y Unasur con sus reuniones ministeriales etc…-, e integración económica. En el primer caso, se ha actuado en situaciones emblemáticas, como los intentos de golpe en Ecuador y Bolivia, el golpe en Paraguay, la mediación entre Colombia y Venezuela o entre las FARC y el gobierno de Uribe y Santos. Pero es el segundo factor de integración el que ha quedado en el debe por falta de voluntad política. En varias ocasiones hemos visto sendas reuniones de lanzamiento del Banco del Sur, algunas inclusive mediatizadas hasta el hartazgo, empañadas luego por la inoperancia de equipos de discusión “técnica”. El mismo Pedro Paes Perez, economista ecuatoriano y principal pensador de la Nueva Arquitectura Financiera latinoamericana, de visita en los últimos días en Argentina aclaró que ese proyecto naufragó por oposición de los emisarios de los gobiernos progresistas a emitir más moneda para financiarlo. La misma filosofía monetarista con la cual hoy los gobiernos de derecha recortan el presupuesto estatal y ajustan queriendo bajar la inflación. El naufragio del Banco del Sur, cuyas características son exactamente iguales al declive del Banco de los BRICS, también dejó caer la idea de un Fondo del Sur, pensado para dar estabilidad a nuestros países sin tener que recurrir a organismos sobre los cuales no tenemos ningún tipo de control como el FMI. De haberse impulsado seriamente, quizás otra sería la batalla contra los fondos buitre por ejemplo, con herramientas concretas más allá de las campañas.

Las falencias concretas tapadas por la retórica de algunos de los gobiernos latinoamericanos en el ámbito económico fueron evidentes. Como el anuncio del abandono del dólar en el comercio entre Brasil y Argentina, que en la práctica representó menos del 1% del intercambio comercial. Esos mismos países rechazaron de llano incorporarse al Sistema Único de Compensación Reciproca (Sucre), ambicioso proyecto con el mismo objetivo, construir una alternativa comercial solidaria al monopolio del dólar.

En el ámbito diplomático también el proyecto integracionista dejó mucho que desear. China aún está esperando, hace dos años, las propuestas de cooperación que debía presentar la Celac en su conjunto, y para las cuales nunca hubo acuerdo dentro del bloque latinoamericano, a pesar de que el país asiático no impusiera ningún tipo de condición a la entrega de fondos de desarrollo alternativos a los europeos y norteamericanos. Mientras tanto se alababa de manera declarativa la multipolaridad de un mundo que estaba cambiando rápidamente hacia condiciones cada vez más adversas para América Latina. Y el rumbo político latinoamericano también debió conciliarse con ese cambio.

La vuelta a las raíces no la trae sólo la derecha

Rodolfo Nin Novoa, canciller uruguayo y actual presidente pro témpore del Mercosur, afirmó la semana pasada que es tiempo de “flexibilizar” el bloque, en alusión a la posibilidad de que se levante la prohibición a los estados miembros de negociar acuerdos comerciales con terceros fuera del Mercosur. No es la primera vez que Uruguay desliza esa posibilidad. Inclusive algunos funcionarios de Brasil lo habían planteado ante el estancamiento de las negociaciones del TLC con la Unión Europea provocado por el gobierno argentino. Hoy todo ha cambiado. Ni el progresismo uruguayo-brasilero es tan enemigo de las aperturas económicas y los proyectos conservadores, ni el gobierno argentino pone trabas a las negociaciones.

A tal punto que, en el caso del TLC con la UE, la única esperanza para volver a frenar el acuerdo parece venir de Europa, y no de Nuestramérica. En las últimas semanas el gobierno francés consiguió el apoyo de Polonia, Austria, Grecia, Irlanda, Hungría, Rumanía, Lituania, Estonia, Letonia, Chipre, Eslovenia y Luxemburgo para retrasar la discusión sobre las ofertas y supeditarlas a una auditoría sobre el impacto que la apertura comercial tendría sobre la agricultura europea. Hollande, que en marzo en Montevideo y Buenos Aires pareció entusiasta con la posibilidad del TLC, está en realidad preocupado por la incapacidad de competir de su industria avícola frente a los precios de los productos latinoamericanos. La misma preocupación expresó París la semana pasada con respecto al Tratado de Libre Comercio Transatlántico entre la UE y EEUU, del cual el del Mercosur es sólo un pálido antipasto. Las críticas de Fancia y sus aliados se han expresado ya oficialmente con una carta a la Comisión Europea, y que hizo enojar a los negociadores de España, Alemania, Italia, Portugal, Reino Unido y Suecia. Éstos, quieren sellar el acuerdo cuanto antes. La fecha prevista para el cierre sería la segunda mitad de julio, antes de que la presidencia del Mercosur caiga en manos de Venezuela. Si bien Caracas no participaría del TLC, por haberse negociado antes de su ingreso al bloque, pondría seguramente paño frío en un asunto que retomó impulso luego de la reunión Celac-UE de fines del año pasado, y eso justifica hoy la prisa de los europeos.

A esto se le suma el exhorto que varios funcionarios latinoamericanos, con la canciller argentina Susana Malcorra a la cabeza, han hecho en las últimas semanas para que el Mercosur se acerque a la Alianza del Pacífico, bloque netamente neoliberal y alineado con Washington del que Uruguay y Paraguay son miembros observadores. Para el próximo 20 de mayo está prevista una reunión entre los países del Mercosur para preparar “propuestas de convergencia” con la Alianza del Pacífico, que serán luego discutidas en una reunión oficial entre los dos bloques en Lima entre junio y julio de este año. Este acercamiento no es nuevo. Desde hace dos años se discute la creación de un corredor bioceánico impulsado por Chile, Argentina, Paraguay y Brasil, que acercó posiciones entre los dos bloques. La semana pasada en Antofagasta se presentó el proyecto oficial, elaborado entre otros por el gobierno de Cristina Kirchner y Dilma Rousseff, para unir el Mato Groso con los puertos del norte chileno, pasando por el Chaco paraguayo y las provincias argentinas de Salta y Jujuy. En la práctica un proyecto a medida para la exportación de materia prima hacia el Pacífico, donde EEUU acaba de firmar uno de los TLC más importantes de la historia, el TPP, al que Chile pertenece y al que se quieren sumar los países de la Alianza. En carpeta de la cancillería argentina también está el acercamiento a ese acuerdo comercial para el cual la Alianza del Pacífico parecería la llave de entrada.

El panorama de la integración ha cambiado por completo desde la primera década de los 2000 hasta hoy, y achacarle la culpa exclusivamente a las intromisiones extranjeras y el crecimiento de las derechas locales sería obtusamente ciego y hasta cínico. La transformación de América Latina, como en la mayoría de los procesos en el continente, topó con las ineficiencias y falta de voluntad interna, más que con palos en la rueda puestos desde afuera. Es lógico que la crisis del precio del petroleo y del precio de los alimentos no favorecieron en absoluto el consolidarse de un proyecto alternativo desde 2010 en adelante. Pero aquellas posibilidades efectivas que nuestros gobiernos tenían para avanzar se perdieron, y cada vez son más pequeñas de cara al futuro.

En este contexto el Mercosur avanza hacia una integración marcada por las tradicionales pautas del desarrollo económico liberal, con una oposición interna hoy débil y una inserción en el mercado global netamente sometida frente a los poderes económicos globales.

*Periodista y docente, conductor de L’Ombelico del Mondo, en Radionauta FM de La Plata y periodista internacional de Miradas al Sur y Notas, y medios internacionales.