Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Dentro de las múltiples acepciones que ofrece la Real Academia Española para definir la palabra “golpe”, una de ella sostiene: “movimiento rápido y brusco”, ej. “golpe de volante”. En el marco del acalorado debate que se desarrolla en Brasil, en la comunidad internacional y el en mundo académico en particular sobre la naturaleza del proceso político que culminó con la salida anticipada de Dilma Rousseff, resulta conveniente analizar lo acaecido desde aquel sentido de la palabra.

Si analizamos el desplazamiento de la mandataria brasileña desde un prisma histórico y formal, queda claro, tal como lo sostiene el nuevo gobierno y los defensores del juicio político, que la categoría “golpe de estado” parece no encajar con los hechos. No hubo actores externos al sistema político (partido militar) tal como experimentó la región en las dictaduras del siglo XX ni tampoco la supresión del estado de derecho ni de sus instituciones. Asimismo, en términos formales, se cumplieron todos los pasos constitucionales previstos para suspender el mandato de un presidente. La famosa debilidad del crimen de responsabilidad que da inicio al proceso parece ser el talón de Aquiles del impeachment, sin embargo, hasta que no transcurran los 180 días que el Senado tiene para expedirse sobre el delito nada es concluyente para alegar la presunción antidemocrática.

Ahora bien, si se comprende el fenómeno desde el fondo y no desde las formas, la categoría “golpe de estado” comienza a tener capacidad explicativa. A pocos días de consumarse el hecho, Brasil ha cambiado de un plumazo un proyecto de país sin que la ciudadanía lo haya expresado en las urnas. Las expresiones callejeras, mediáticas y sectarias no son suficientes en los regímenes democráticos para deponer un jefe de estado. En otras palabras, el espíritu de todo juicio político es eyectar un presidente por un mal desempeño en sus funciones pero no cambiar el rumbo político, económico y social del país. En desplazamiento en 1992 de Fernando Collor de Melo no implicó un cambio de las políticas de gobierno emanadas de la voluntad popular. El breve interregno de Itamar Franco continuó, con matices, la demanda de la mayoría de los brasileños de dejar atrás el modelo nacional-desarrollista. En aquellos años el problema era el presidente y no su proyecto.

De manera contraria, la presidencia de Michel Temer marca el mayor giro ideológico de Brasil desde que el Mariscal Castello Branco tomó el poder en abril de 1964 a través de un clásico golpe de estado. Justamente, la naturaleza de los golpes en América Latina era lograr por parte de las elites políticas un “movimiento rápido y brusco” del destino económico y social que los ciudadanos elegían por la vía democrática. Cabe señalar que en cualquier democracia seria y consolidada del mundo independientemente de la ferocidad de la disputa política los proyectos de país siempre se discute en elecciones libres y transparentes. En ese sentido, a pesar de la famosa “grieta”, el triunfo de Macri en la Argentina ha sido un ejemplo de madurez democrática.

En definitiva, la decisión del gobierno de Temer de suprimir ministerios y fusionar otros, de formar un nuevo gabinete sin respetar cuestiones de género y raza, de avanzar en política de privatizaciones o de alterar el enfoque vigente de la problemática social o de la inserción internacional, entre otras tantas medidas, son parte de un brusco “golpe de volante” en la vida política brasileña. Siguiendo la metáfora automovilística, el gran problema es que los brasileños no han elegido el conductor del vehículo, tampoco la nueva ruta emprendida de “golpe”.

*Doctor en Relaciones Internacionales
(UNR/CONICET)