En Venezuela los Estados Unidos han llevado a cabo una guerra económica que ha puesto al país al borde del colapso, y no han cejado ni un momento en la ofensiva mediática que, por más que se denuncie cómo propalan descaradamente mentiras y se transforman en verdaderos partidos políticos de la derecha, siguen haciendo mella en la mente y los corazones de la gente.

Ahora que en Brasil lograron desplazar, aunque sea solo temporalmente, a Dilma, todas las baterías de la derecha internacional se han enfilado hacia Venezuela, y no van a descansar hasta obtener un resultado que satisfaga su necesidad de revancha. Han tenido la paciencia y el apoyo necesario para construir las condiciones que les permitan pensar en ir al asalto del poder político.

En esta ofensiva están echando la casa por la ventana y tratan de no dejar ninguna punta de la madeja descuidada; aún así, la Revolución Bolivariana se mantiene en medio del griterío histérico.

Si por las vísperas se saca el día, por lo visto en Argentina y Brasil ya se sabe qué les esperaría a los venezolanos: una venganza en toda regla para tratar de dejar bien claro que quien se atreve a desafiar al los poderes del estatus quo lo paga caro.

Pero, aunque las medidas que toman estos nuevos gobiernos revanchistas de derecha son claramente perjudiciales para las grandes mayorías, son alabadas en las noticias que difunden los medios monopolizados por la derecha internacional, que entusiasmados dan cuenta de la tranquilidad y alegría… de los mercados.

Pocas veces se ha visto tal aparato puesto al servicio del objetivo de derrocar a un gobierno, lo que da cuenta de la importancia que tiene Venezuela para los intereses geoestratégicos de los Estados Unidos de América. Aunque ya hay muestras claras de su agotamiento, la civilización que se ha erigido sobre la base de la explotación petrolera no permitirá que justo la más grande reserva de hidrocarburos conocida quede en manos de nacionalistas que pretenden reivindicar el derecho de tomar sus propias decisiones, y de aliarse para su propio beneficio con pares de otras partes del mundo.

Para los Estados Unidos, ese ha sido siempre un pecado mortal, pero lo es más aún en nuestros días, cuando su poderío ha perdido la fortaleza que exhibió en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, cuando estuvo en la capacidad de modelar y ordenar el mundo según sus necesidades e intereses.

Por primera vez desde el derrumbe de la Unión Soviética y del campo socialista de Europa del Este a finales de los años ochenta, un grupo de países se atrevió a proponer no solo modelos de desarrollo que pensaban más en sí mismos que en los intereses de las transnacionales y del imperio, sino que conjugaron iniciativas para cooperar entre ellos sin la tutela norteamericana.

La nueva situación creada en América Latina llegó precisamente cuando, pensando que se había llegado al fin de la historia, el gran hegemón occidental no esperaba que nadie saliera a retarle.

De ahí el desconcierto de George Bush cuando, en Mar del Plata en 2005, se encontró con un muro que le dijo no al ALCA. Y de ahí en adelante no hubo cónclave americano en el que los Estados Unidos no saliera reprochado y regañado.

De todo eso sacaron sus propias lecciones y prepararon la contraofensiva. Fueron poco a poco, tanteando el terreno y perfeccionando la estrategia. Desde Honduras hasta la actual ofensiva han pasado más de siete años y en el transcurso han elaborado manuales, establecido políticas, identificado aliados y trabajado a la opinión pública.

En Venezuela han llevado a cabo una guerra económica que ha puesto al país al borde del colapso, y no han cejado ni un momento en la ofensiva mediática que, por más que se denuncie cómo propalan descaradamente mentiras y se transforman en verdaderos partidos políticos de la derecha, siguen haciendo mella en la mente y los corazones de la gente.

De las muchas lecciones que le queda de todos estos años a la izquierda latinoamericana, una de las más importantes tienen que ver con ellos, con los medios de comunicación. No solo el de su propiedad, que es central e impostergable, sino otros como el de cómo utilizarlos eficientemente. Y, mientras estén en manos de la derecha, saber cómo exponernos en ellos, no vaya a ser que terminemos como José Mujica, cuyas tal vez bien intencionadas pero torpes declaraciones en las que llama “loco como una cabra” a Maduro, terminan siendo caballito de batalla de los más recalcitrantes diarios reaccionarios del mundo.

*Rafael Cuevas Molina. Escritor, filósofo, pintor, investigador y profesor universitario nacido en Guatemala. Ha publicado tres novelas y cuentos y poemas en revistas.
Es catedrático e investigador del Instituto de Estudios Latinoamericanos (Idela) de la Universidad de Costa Rica y presidente AUNA-Costa Rica.