Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Se ha cumplido el séptimo aniversario del fatídico Golpe de Estado Militar en Honduras aquel 28 de junio de 2009, que marcó el inicio de una nueva etapa de agresión imperial a gran escala, que tenía, y sigue teniendo como fin terminar con los significativos avances de los pueblos latinoamericanos alcanzados en los albores de este siglo. A partir de aquel momento, el ataque contra los pueblos de nuestro continente no ha cesado ni un minuto, y su envergadura no deja de sorprender, pues se desarrolla en muchos frentes y ámbitos diversos.

Tratar de mimetizar los procesos revolucionarios, o volverlos lo más “lite” posible para que sean digeribles para la voraz derecha regional, se ha convertido en un intento vano por sortear obstáculos que se yerguen colosales en nuestras tareas pendientes. La visión anti capitalista sigue siendo un tema exclusivo de algunas élites pensantes, además de estar cuasi proscrita por una inquisición feroz que nos hace tambalear a la hora de argumentar, y reducir nuestra envergadura como enemigos de este sistema que está terminando con el mundo.

El mayor éxito del Golpe de Estado en Honduras es haber abierto las puertas a un expediente viejo, al que se le ha dado cara de legitimidad, y se ha perfeccionado en sus relaciones públicas. Nos acorralaron en un mar de asuntos conceptuales y terminamos hablando de “Golpes Blandos” o “Golpes de Segunda Generación”, aunque las consecuencias fueron invariablemente las mismas: profundización del modelo neoliberal, violación sistemática de los derechos humanos, asesinatos impunes, aumento de la acción paramilitar y el uso de la violencia contra quienes se oponen a la terminación de los proyectos nacionalistas en nuestra región.

Aquel 28 de junio de 2009 nos confundió tanto, y a tantos, que quedamos buscándole “apellidos” a los Golpes de Estado, y en lo que teorizábamos sobre lo que nos parecía nuevo, la derecha desató una furia anti democrática sin precedentes en la historia. Terminamos confundiendo nuestra posición frente al sistema, y luchamos por parecer “digeribles” a un enemigo cuyo único propósito es terminar con este proceso liberador de nuestra América Latina, que asombró al mundo, y nos ubicó a la vanguardia hace apenas quince años.

Sufrimos un revés estratégico significativo en un punto central: hegemónicamente somos muchos “pedacitos” luchando contra oligarquías perfectamente articuladas y dirigidas con pensamiento permanente y coherencia de clase. Cuando nos dimos cuenta, ya habían dado un golpe de estado en Brasil, y obligaban a la bolivariana Venezuela a una guerra asimétrica y cruel contra el pueblo venezolano. Aun en ese punto, no pudimos encontrar el camino de la coherencia colectiva y nuestros procesos fueron sufriendo reveses que tienen su origen justamente en la mente de nuestras sociedades que hoy funcionan bajo el terrible influjo de las ideas impuestas desde los medios de comunicación.

Fallamos en entender la historicidad que el enemigo si asume, y nos enredamos en lo que nosotros asumimos como nuestras “particularidades”, en lugar de crear nuestras “tareas comunes”. Los ámbitos de lucha se han atomizado al mismo ritmo que nos hemos ido quedando rezagados en el planteamiento ideológico en el que presentamos nuestra mayor debilidad, y en donde más éxito ha tenido el sistema “individualizando” el pensamiento haciendo creer que somos mejores si cada quien se desenvuelve” en su propio “sistema de ideas”. Lo que creemos libertad, nos domina y nos condena a luchar en desventaja en la batalla de las ideas.

Por esa razón la posición defensiva en la que nos encontramos es más complicada. Gente que recibió beneficios ingentes por medio de los procesos transformadores, se vuelven contra sus propias conquistas, simplemente abrumados por el bombardeo propagandístico de un enemigo tenaz que nos involucra en agendas inverosímiles que invariablemente terminan en contra de nuestras luchas. Un caso impresionante es la anti corrupción, en la que hoy vemos una nueva modalidad de “contrainsurgencia”, que solo sirve para que el sistema haga sus ajustes y, sobre todo, emprenda la agresión descarada a los procesos revolucionarios que aún se sostienen.

Una vez que aceptamos los estándares del enemigo para medir nuestras acciones, seremos nosotros los que acabaremos estigmatizados, asilados, y, en última instancia, liquidados. “Detrás de cada fortuna de los capitalistas, hay sangre y muchos crímenes”, pero como son ellos los que ponen la agenda, sus monstruosidades son legitimadas al tiempo que se les da un toque de razón a la desposesión constante que sufren nuestros pueblos. Cuando son ellos los que definen el bien y el mal, no cabe duda que serán los pueblos las víctimas mayores.

Entender lo sucedido en Honduras es muy importante, y lo es porque las fuerzas que se desataron en aquel momento contra los procesos de cambio en la región, invadieron rápidamente áreas que habían sido tradicionalmente genuinas reivindicaciones de la izquierda. Es impresionante como pasamos a la necesidad de actuar a la defensiva y con un pragmatismo muy mal entendido. Cuando el enemigo pasa a una ofensiva general, es sumamente peligroso hacer concesiones tempranas, y en nuestro continente hemos fallado en la construcción hegemónica, sin olvidar que vemos el mundo sin un plan contra hegemónico nuestro.

Nos ha ido quedando claro, con el pasar de los años post golpe, que resolver problemas materiales es un estímulo circunstancial que no es suficiente para defender nuestros procesos. Además, resulta de gran relevancia que una gran debilidad nuestra radica en nuestra desarticulación, en la falta de un plan común de acción política que se plantee como horizonte definitivo la destrucción de aquel sistema que ha despojado de todo a las grandes mayorías en este continente.

Es imperativo repensar todo, incluso el trabajo de los movimientos sociales, que a todas luces cargan en sus espaldas la dura tarea de preparar la lucha contra hegemónica en el seno mismo del neoliberalismo. Sin dejar de reconocer la importancia que tiene la lucha cualitativamente, no es aceptable conformarnos con el enanismo que finalmente nos termina haciendo cómplices viles de la explotación de nuestros pueblos.

A siete años de aquel fatídico 28 de junio de 2009, nos encontramos en una posición defensiva con muchos flancos por resolver. Sin embargo, los procesos que se mantienen lucen sólidos y es nuestro deber apoyar esa solidez. El foco central del ataque enemigo sigue estando en Venezuela, donde, sin embargo, el tiempo juega en contra de una derecha que no puede mantener por mucho tiempo la careta de “caperucita roja”.

Centroamérica luce sin duda como una región de potencial volatilidad, en la que el imperio juega sin problemas, abanderando una lucha contra un flagelo que ellos mismo han plantado y cultivado en la región por más de un siglo: la corrupción. No deberíamos tener ninguna duda sobre el hecho de que la “lucha anti corrupción” actual forma parte de una agenda estratégica destinada a hacer tambalear, y destruir los procesos en El Salvador y, sobre todo, Nicaragua.

Y ello acompañado con la famosa iniciativa para La prosperidad del Triángulo Norte, que es la “zanahoria” que nos entretiene mientras nos dan de garrotazos. Desde la distancia se nota ya una intención de aislar a Nicaragua, que es el único país de la región que ha mantenido un significativo ambiente de tranquilidad en la región durante los últimos diez años. Está claro que esa paz va en contra de los intereses del imperio, y buscaran cambiar el panorama a como dé lugar.

Finalmente, es importante resaltar el carácter fundamental de la lucha del pueblo hondureño que, aun contra las enormes dificultades en un país de pocos argumentos, mantiene aún abierto un frente de batalla al control hegemónico de la derecha (posiblemente sin siquiera tener consciencia de ello), que sigue intentando por todos los medios tomar control e inyectar literalmente fuertes dosis de “olvido” en una sociedad manipulada pero que intuye que existe algo pendiente.

Aquel cuartelazo de 2009, no solo marco el punto de partida para una contraofensiva de las desprestigiadas y cavernarias derechas continentales, bajo el mando de los halcones de Washington, sino también plantea el inicio de un reto histórico para concluir la tarea iniciada de hacer la revolución; esa revolución que debe ser un proceso continental, coherente, con visión, con una perspectiva militante de un fin mayor: la liberación de todos nuestros pueblos.

Ricardo Salgado Bonilla. Licenciado en Matemática e Investigador Social. Escritor y Analista autodidacta. Colaborador de teleSUR y otros medios digitales. Censurado en su país, Honduras (por medios y por lectores). Actual Secretario de Relaciones Internacionales del Partido Libertad y Refundación, LIBRE.

TeleSur