Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En El Caballero de la Noche asciende, la tercera parte del Batman de Chris Nolan, hay una escena que sirve como metáfora de la realidad que enfrentan muchos países cuando chocan de frente con poderes aparentemente superiores y eventualmente pocos escrupulosos en determinadas instancias internacionales.

La escena es una donde el doctor Jonathan Crane, oscuro psiquiatra con un otro yo terrorista conocido como El Espantapájaros, asume la conducción del “tribunal popular” instaurado en Ciudad Gótica tras la toma que hacen de la misma los mercenarios de Bane y Talia al Ghul (la hija de Ra’s al Ghul, fundador de la Liga de las Sombras) con el propósito de destruirla.

Y es que el juzgado de Crane en realidad es un dispositivo fascista que, en nombre de la democracia y la redención social, somete a todas sus víctimas –es decir, cualquiera que oponiéndose a los planes de Talía y Bane sea capturado– a una muerte segura. Solo que a primera vista o en apariencia esto no parece necesariamente así, pues aunque inevitablemente los acusados siempre son hallados culpables, pueden “escoger” su pena entre dos opciones: el destierro o la muerte. El asunto es que el destierro significa caminar sobre una delgada capa congelada que en invierno se forma en el río que rodea a Gótica, caminata muy corta ya que tras unos pocos pasos, el hielo se rompe y todos los que escogen esa vía para salvarse mueren congelados.

En un momento determinado unos policías recién juzgados escogen de manera digna la muerte directa a la vergüenza de la muerte por destierro. A lo que el juez Crane responde alterando las “alternativas” y los condena a “muerte por destierro”.

Y es un cambio emblemático, puesto que revela la medida del sometimiento de los habitantes de la ciudad dejando en claro el mensaje que quieren mandar sus nuevos dueños: no hay alternativa a lo que decidimos nosotros, así tengamos que montar por necesidad, pero puede también que también por simple perversidad, cierta apariencia de justicia democrática y libertad de elección.

Un ejemplo geopolítico de este tipo de justicia y práctica democrática lo vimos en Grecia a propósito del referéndum convocado por Tpsipras a efectos que la población griega –y no los alemanes– eligieran qué hacer con las medidas de austeridad exigidas por la troika europea. Sin embargo, todo fue una farsa, pues en realidad los griegos no tenían opciones. La única “opción” posible que tenían para “elegir” era “aceptar” las medidas. Ya conocemos ampliamente la desagradable historia. Les pasó como a los policías de Ciudad Gótica: escogieron la dignidad bajo cualquier precio en vez de la humillación de la austeridad. Pero los poderes fácticos se encargaron de demostrarles que no solo podían humillarlos pasándole por encima a su decisión, sino que también pueden –y en eso están ahora– hacerlos morir quitándoles todo.

Lo mismo les paso a los escoceses con su más reciente referéndum sobre la independencia del Reino Unido. Pocos días antes de las elecciones, las encuestas daban como ganadora a la opción del SÍ por la Independencia. Sin embargo, frente a esa eventualidad, los poderes fácticos de la Vieja Europa reaccionaron y amenazaron a los escoceses: “Ok, perfecto, ustedes pueden elegir ser libres, pero si eligen esa opción sepan que se quedaran sin trabajos porque sacaremos todas las empresas, se quedaran sin pensiones pues se irán los fondos privados que las administran, bloquearemos sus cuentas, nadie les prestará ni un Euro ni una libra, y así sucesivamente”. El Primer Ministro británico se los explicó de manera muy sobria, al mejor estilo inglés: “no podemos decirles qué opción votar pues ustedes son ciudadanos libres de elegir, pero lo que sí podemos decirles es qué les pasará si escogen la libertad”. El día de las elecciones el NO a la independencia se impuso.

Así las cosas, el “juicio” montado en la OEA por un Almagro al servicio de poderes para los cuales funge de simple títere (no es un rehén del derecho, como lo excusó Mujica, sino de una muy poderosa y siniestra Liga de las Sombras regional y global) es la réplica exacta de los realizados en la corte del doctor Crane en el sentido que está montado para que el procesado no pueda salir ileso de ella. Por un lado, se han dado a la tarea previa de asegurar el voto contra Venezuela de dos importantes miembros del jurado: Argentina y Brasil. El primero sin mucho esfuerzo, pues el gobierno de Macri hará el trabajo sucio con gusto. Y el segundo mediante un increíble golpe de Estado que no ha merecido, no obstante, la preocupación del Secretario General. A su vez, se han encargado de sobornar y amenazar al resto sin mucho disimulo, dando por descontado que países tan increíblemente garantes de la libertades civiles como Chile o preocupados por la miseria de sus habitantes como Colombia, votarán contra Venezuela en nombre de los derechos humanos.

Diera risa si no fuera trágico lo que se está tramando, contra Venezuela en primer lugar pero también contra toda la región. Y es que al igual que se hizo en Brasil, donde un grupo de diputados y senadores en nombre de la lucha contra la corrupción cambiaron la decisión democrática de 54 millones de personas para poner un gobierno cuyos miembros están todos involucrados en casos a cada cual más turbios, la OEA, por intermedio de su Secretario General, pretende saltarse el Estado de Derecho para sancionar a Venezuela porque supuestamente en ésta no se respeta el Estado de Derecho.

Pudiéramos decir pues que estamos entrando en una era donde ya no importa la democracia, en el sentido que las decisiones de las mayorías ya no son lo determinante ni los procedimientos establecidos en cada país para garantizarlas. Y esto lo decimos pues resulta claro que el gobierno del presidente Nicolás Maduro es legítimo desde todo punto de vista y hasta la fecha nadie ha demostrado lo contrario. Y resulta igualmente claro que solo el pueblo venezolano puede decidir su no continuidad, para lo cual cuenta con un mecanismo inédito en el mundo que es el referéndum revocatorio, que para activarse lo único que se necesita es que sus promotores lo hagan siguiendo la normativa desde hace años establecida para tal fin. Sin embargo, tomando en cuenta la experiencia griega, la de los escoceses y la que enfrentan también los sirios a quienes se les quiere imponer a sangre y fuego una dictadura de mercenarios, sádicos y fanáticos en nombre de la libertad, puede que sea más sensato decir que estamos entrando en una peligrosa era donde el régimen político imperante ya no será la democracia, sino la democrazy. Un régimen de política bizarra donde deciden unos cuantos psicópatas el destino de todos y todas guardando una apariencia cada vez más cínica de democracia, un régimen donde el caos en lo cotidiano y la vida en general –porque es eso lo que han hecho con Venezuela, como con Siria y Grecia– se convierte en el caldo de cultivo de pasividad y resignación ciudadana ante imposiciones que en condiciones de normalidad sería más difícil hacerles aceptar.

Luis Salas Rodríguez. Venezolano, sociólogo de la Universidad Central de Venezuela. Mgs. en Sociología del Desarrollo UARCIS (Chile). Profesor de Estructura Socioeconómica de Venezuela y Director del Centro de Estudio de Economía Política de la Universidad Bolivariana de Venezuela (UBV). Investigador Clacso-UAR

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