Tal vez si el acuerdo de cese al fuego bilateral se estuviera firmando en Colombia, en la Plaza de Bolívar de Bogotá, en medio de una multitud entusiasta, o en el Catatumbo, o en Chaparral, o en Tumaco, y en carpetas que tengan impreso el escudo nacional y no otro, no nos quedaría esta sensación angustiosa de que siempre queda algo faltando, de que la paz que nos venden pende de un hilo, y no parece inaugurar una nueva época, sino dejar a lado y lado bloques hirsutos que se rechazan y parecen a punto de arrojarse de nuevo con rabia contra sus hermanos.

Fue Barba Jacob el que escribió, hace muchos años, “la paz es mi enemigo violento y el amor mi enemigo sanguinario”. No entendemos qué quiso decir, pero vivimos en un país donde a menudo la paz no son brazos abiertos y corazones reconciliados, sino un argumento más contra los otros. Muchos de quienes estamos convencidos de que no hay otra solución que la paz negociada, siempre hemos sostenido también que es inverosímil una paz sin justicia social, que es peligrosa una paz edificada sobre la discordia de los dirigentes, y que es incongruente una paz en la que el pueblo sea un invitado de piedra.

Porque es la gente la que tiene que vivir la paz, que construir la paz, que garantizar que la paz sea un hecho y no un mero decreto. El Gobierno trata de hacernos sentir que un acto público en compañía de algunos gobernantes amigos es ya la prueba de que el acuerdo “no tiene marcha atrás”, pero acto seguido nos dice que todo depende de un plebiscito que podría reversar las cosas hasta más allá del comienzo, justo en momentos en que la comunidad no sólo parece más escéptica que nunca con respecto al proceso, sino que se ve golpeada por una economía a la deriva, por una vergonzosa discordia entre los dirigentes que nadie se esfuerza por atenuar, y por un nuevo Código de Policía como no lo vimos ni siquiera en tiempos del Estatuto de Seguridad. Un código que autoriza a la Policía a entrar en los hogares sin orden judicial, que le permite multar a las personas por sospechas o por supuestos actos que mortifiquen a la comunidad, y que convierte el no pago de las multas en causa de arresto, lo que equivale a criminalizar la pobreza. Todo esto mientras se nos anuncia que están llegando la paz y la modernidad postergada.

He visto más júbilo en las calles con el triunfo en un partido de fútbol que con este supuesto comienzo de un nuevo país. Y me duele inmensamente, porque sé que quienes quieren la guerra sin cuartel están equivocados, porque sé que la verdadera paz negociada es fundamental y es urgente.

¿Pero por qué la gente está tan escéptica? ¿Por qué no hemos visto el júbilo que debería acompañar a un proceso tan vital para nuestro futuro? Porque nadie siente que este proceso esté cambiando las condiciones que nos llevaron a la guerra y que la hicieron posible durante 50 años. Algo en el corazón de la sociedad presiente que una paz sin grandes cambios históricos, una paz que no siembre esperanzas, es un espejismo, hecho para satisfacer la vanidad de unos políticos y la hegemonía de unos poderes, pero no para abrirle el horizonte a una humanidad acorralada por la necesidad y por el sufrimiento.

Curiosamente sólo se habla de las garantías para los guerrilleros, pero hasta eso parece cuento. Concentrarlos en unas veredas sólo parece demostrar que se les teme mucho y que no se confía en ellos: muy mal comienzo para una paz generosa. Saber que el país tiene muchas bandas criminales al acecho, y decidir sin embargo que los guerrilleros sólo pueden salir de sus campos transitorios de concentración vestidos de civil y sin armas, parece brindarles pocas garantías de supervivencia, y causa extrañeza que los guerrilleros rasos lo acepten. De todos modos no parece prometer paz, y menos reconciliación.

Yo habría querido ser el primero en salir a las calles a recibir con lágrimas en los ojos el anuncio del fin de la guerra, pero en un hecho de tanta trascendencia no se puede pecar de frivolidad. Es nuestro deber ciudadano decir cuál es la paz en que podemos creer, porque es larga nuestra historia de ilusiones y de desengaños.

Habría sido fácil para el Gobierno asegurar un triunfo sin sombras de una paz generosa y entusiasta. Todavía sería posible. Pero exige de verdad unos cambios históricos, nada melodramáticos, pero hechos con grandeza y pensando en la gente, cambios que garanticen un poco de justicia en el país más desigual del continente, ingreso social para los jóvenes, y convocar de verdad a la comunidad a inventar una paz con imaginación que nos incluya a todos, que traiga algo nuevo a nuestras vidas. Exigiría también frente a la oposición, que está en su derecho de pensar distinto, un lenguaje más respetuoso, menos lleno de desplantes y de arrogancia.

Y exigiría que no se piense tan olímpicamente que la fiesta es el acuerdo y que la paz viene después. El día en que los guerrilleros se concentren, y entreguen las armas, ya tendría que haber mucha paz en las veredas y en los corazones para que de verdad algo nuevo comience.

*Es un poeta, ensayista y novelista colombiano. Entre sus obras se encuentra la novela “El País de la Canela” (2008, La Otra Orilla) y el libro de ensayos “Los nuevos centros de la esfera” (2001, Aguilar). Ganador del Premio de Novela Rómulo Gallegos (2009). Colaborador del diario El Espectador.