Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En su obra Soy Roca, el inolvidable Félix Luna atribuye al ex presidente Julio Argentino Roca la siguiente frase: “En este país, el que habla se jode”. Muchos compartirán la conclusión del astuto “Zorro”, pero no todos los que hablan se rigen por la astucia política. Aunque reflejen la verdad, pueden ser inmediatamente desvirtuados, deformados y distorsionados por quienes hacen del conflicto su profesión. Sobre todo, cuando se ha abierto una grieta perversa para dividir a la población, profundizada a través de opinadores que, a través de las redes sociales, transforman claras demandas insatisfechas en oscuro resentimiento. Resentimiento que, como un palo en la rueda, detiene el funcionamiento de la sociedad, paraliza su creación de riqueza y la empuja a una guerra de consignas que separa a las familias, aleja a los amigos y enfrenta a los argentinos.

Un caso reciente son las declaraciones del economista Javier González Fraga, quien, procurando explicar los enormes desajustes heredados del kirchnerismo, manifestó que durante ese período “se alentó el sobreconsumo, se atrasaron las tarifas y el tipo de cambio haciéndole creer a un empleado medio que su sueldo servía para comprar celulares, plasmas, autos, motos e irse al exterior”.

Estas expresiones fueron suficientes para que la militancia cristinista lo atacase, atribuyéndole segundas intenciones y omitiendo, por supuesto, el debate de fondo. Con total superficialidad, se ha hecho una lectura psicológica de los dichos, como si el ex presidente del Banco Central se hubiese movido por “bronca” a la movilidad social y por un rechazo aristocrático hacia quienes (gracias al llamado modelo de acumulación de matriz diversificada con inclusión social) han accedido a bienes que, hasta entonces, hubiesen sido exclusivos de un sector de la sociedad.

Estas imputaciones sólo reflejan, además de un relato falaz, la insistencia en una profunda orfandad intelectual que desacredita a quienes las formulan. Se recurre a la falacia típica de quienes prefieren el agravio a la razón y el insulto a la discusión.

Lo que González Fraga señaló es la perfidia de una política populista dirigida a acrecentar poder en el corto plazo a costa del futuro de todos los argentinos.

Claramente, el bienestar de la clase media y, con mayor razón, de quienes sufren pobreza no se alcanza mediante la compra de heladeras que luego no funcionan por cortes de luz; ni de termotanques si el país se ha quedado sin gas; ni de automóviles si se carece de autovías para circular sin accidentes; ni de celulares si hay que ocultarlos para evitar que sean robados en calles o en andenes; ni de motos, si sus conductores se matan, los matan o ellos mismos matan.

De nada sirve la televisión HD si en la habitación contigua los abuelos envejecen sin una jubilación decente y sin atención sanitaria como merecen. De nada sirven los auriculares último modelo si se acaba la batería esperando turno en los hospitales. De nada sirven los electrodomésticos cuando la quinta parte de la población no tiene agua potable y la mitad no tiene cloacas; donde no hay trenes para viajar al interior; donde los celulares se interrumpen por falta de señal y ya no quedan teléfonos públicos.

Sólo una visión raquítica del fenómeno social puede atribuir méritos a la compra de votos mediante la expansión del consumo asimétrico, mientras en paralelo se han destruido los lazos sociales, se han demolido las instituciones, se ha bastardeado la educación, se ha degradado la salud, se ha subestimado la seguridad, se ha favorecido el narcotráfico, se ha dañado la infraestructura y se ha hecho desaparecer la inversión.

Sin duda, el fin de cualquier política económica es promover el bienestar de las familias y el acceso por parte de toda la población a los bienes que modernamente mejoran las vidas de las personas. Pero eso requiere una gestión adulta y responsable de lo público, cuidadosa del impacto de los errores sobre el futuro de aquéllas, sus hijos y sus nietos.

Es una falta moral incalificable inducir a las familias, a sabiendas, a cargar su mochila con costos que luego no podrán afrontar por los desequilibrios subterráneos que la frivolidad populista provoca.

La movilidad social no se logra con artificios que sólo dejan tocar por un rato lo que no se puede mantener. La verdadera inclusión, la auténtica solidaridad, la genuina empatía requieren una acción de gobierno que promueva el desarrollo humano de forma integral, equilibrada y sustentable.

La verdadera movilidad social se logra cuando todas las personas pueden insertarse en la sociedad a través de una educación de calidad y de un trabajo genuino, logrado por sus méritos y su esfuerzo. Verdad que dijo González Fraga, sin decirla.

La Nación