Efectivamente, “la inanición es una grave reducción en los nutrientes, vitaminas e ingesta de energía. Es la forma más extrema de malnutrición, consecuencia de la prolongada insuficiencia de alimentos. Se caracteriza por pérdida extrema de peso, disminución de la tasa metabólica y debilidad extrema”. Quienes “la padecen pueden sufrir severos daños en los órganos y finalmente la muerte, por insuficiencia alimentaria”. No hay duda de que esta definición “se aplica también en sentido metafórico al referirse a instituciones, corporaciones, organizaciones políticas, sociales, etc.”.

Y para muchos “la partidocracia murió”. Siempre pensé que eso era una ilusión forjada por la euforia de las 10 elecciones en las que fue derrotada esa “entidad” política del Ecuador integrada por partidos, prensa mercantil, algunas ONG y grupos de la derecha extrema, pasando por esas entidades llamadas de centro (una cosa extraña) hasta la izquierda conservadora, utilitarista, cómoda y siempre lista para estar en contra de los que están a favor y a favor de los que están en contra.

Nadie duda de que el proceso constituyente fue un golpe al mentón para la partidocracia que se puede comparar con un KO técnico. En realidad quedó un poco atontada, arrinconada y con cierta conciencia culposa. Tanto que uno de sus mayores representantes, que dirige los destinos de una ciudad, habría confesado que era mejor retirarse “a los cuarteles de invierno”, “poner las barbas en remojo” y esperar con calma. Y eso no es tan cierto. No olvidemos la serie de marchas que lideró y el aparato mediático que lo sustentó y ahora lo reactiva como un posible candidato presidencial. Hubo un conjunto de acciones, movidas, reuniones y cálculos para que la partidocracia sobreviva con cierto oxígeno de su misma esencia: una moralidad falsa, una suerte de creencia en la democracia liberal como modelo absoluto y un anticomunismo fanático, que caló también en los ‘izquierdosos’.

No olvidemos que quien bautizó como tal a la partidocracia ahora es el entrevistador estrella del Canal del Cerro y acolita a quienes retrató como el peor mal para la gobernabilidad, estabilidad y desarrollo institucional del republicanismo nacional. Es el mismo que frente a su alcalde o al banquero candidato o a los exsindicalistas corruptos no mueve ni una ceja para cuestionarlos.

En realidad, la partidocracia fue la expresión más perversa de un modo explícito de hacer política a favor de las corporaciones y grupos económicos poderosos del país, de esas asociaciones políticas (porque no pueden llamarse partidos) para el enriquecimiento indebido y de un conjunto de entidades bien aceitadas en la lógica neoliberal.

Y la partidocracia colmó la paciencia de la sociedad porque reveló qué sentido de patria, desarrollo, justicia y participación tenía. Bastaría con revisar los reveladores audios de León Febres Cordero y Jaime Nebot ordenando a los hermanos Verduga la lista de nombres para conformar gabinete y altos mandos de la Comisión de Tránsito del Guayas o las Superintendencias. O bastaría con revisar quiénes fueron los directamente beneficiados de las barcazas, Andinatel o los contratos petroleros (por los cuales ahora se hace el loco un supuesto exsindicalista).

Pero, ¿por qué no se ha podido enterrar al cadáver de la partidocracia? Primero porque no ha muerto como muchos creían. Segundo porque algunos se adelantaron al entierro asistiendo a un velorio con cierto recelo, vergüenza y dolor. Tercero porque al no haber muerto y solo haber recibido un golpe en el mentón su recuperación tomó un tiempo con el apoyo de prensa y analistas (algunos de ellos considerados expertos en ciencia política, cuyos conceptos y teorías ahora derrumban con el solo afán de volver a escribir sobre lo mismo con las mismas caligrafías intelectuales).

Cuarto y fundamental: porque esa partidocracia, ante todo, estaba oxigenada, aceitada, sustentada y bien fondeada por las élites económicas, ciertas embajadas, algunas ONG, unos cuantos pillastres enriquecidos en los ochenta y noventa, sin excluir la idiosincrasia de unas clases medias y populares que no creen en los procesos sino en el bienestar sustentado solo en el consumo (en parte por la inyección de una televisión mercantilista al extremo).

Quinto y final: porque para los académicos, intelectuales y profesionales orgánicos de la partidocracia, la alternabilidad es un valor supremo de la democracia liberal y por tanto si antes la partidocracia fue la responsable de la larga y triste noche neoliberal, una “década desperdiciada” bajo una supuesta ola de “populismo”, como grafica Walter Spurrier, ahora estamos obligados a volver a esa época, que como dice el mismo Spurrier podría ser la de las vacas gordas.

Si nos acogemos al enfoque de Spurrier y sumamos el de Simón Pachano, Felipe Burbano de Lara y otros más, ¿entonces lo más sensato para entrar en esa etapa de vacas gordas es cambiar el modelo y ‘sanseacabó’? ¿En quién piensan para eso? ¿En un exrector universitario? ¿Es él la representación de un modelo de renovación? ¿No es acaso parte orgánica de la partidocracia y todos sus defectos cuando siendo “socialista” gobernó una universidad como su hacienda privada? ¿O pensamos que podría ser Guillermo Lasso, Paco Moncayo, Lourdes Tibán, Washington Pesántez o Ramiro González?

Para derrotar definitivamente a la partidocracia hacen falta algunas tareas estratégicas, pero ante todo también un Estado sólido, políticas públicas definitivas y definitorias y una sociedad mucho más activa, empoderada y comprometida.

*Director del diario El Telégrafo, Ecuador.