Volverán a mofarse y a decir que hay paranoia, una gringofobia sin nombre y una nostalgia sesentera añeja. Y son los mismos que se callan ante ciertas atrocidades quizá para no perder la visa. En el fondo son los mismos que de un modo u otro (aunque se declaren socialistas, como ese exrector que mandaba millones de dólares de su universidad a fondos de inversión en Washington) justifican y legitiman la existencia, casi eterna, de un imperio, una hegemonía o una potencia, según quieran usar la palabra políticamente correcta.

Las pruebas están a la vista, pero la prensa ‘libre’ se amordaza: hay un proceso criminal contra, por ejemplo, Sarah Harrison, la ciudadana británica que ayudó a Edward Snowden a eludir su captura huyendo de Hong Kong; una investigación del gran jurado estadounidense (simultánea a la iniciada en 2010) sobre la publicación realizada en 2012 por la compañía privada de inteligencia Stratfor; el bloqueo bancario a WikiLeaks desde diciembre de 2010 ‘ordenado’ por la presión extraoficial de EE.UU.; y gracias a la filtración de Snowden se supo cómo el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno del Reino Unido vigilaba a todos y cada uno de los visitantes habituales de la página web de WikiLeaks, registrando sus direcciones IP y sus peticiones de búsqueda en tiempo real.

Por solo mencionar estos casos, cualquier novato en asuntos políticos (y no se diga los editores de los periódicos ‘libres’ del Ecuador) ya tendrían configurada otra explicación para entender por qué Julian Assange lleva 4 años en la embajada en calidad de asilado político, y no solo en condición de huésped que gasta recursos públicos, como nos lo quieren presentar ahora, en tiempos donde se calcula cada centavo y por ello ya constituye una erogación ‘innecesaria’ del Fisco.

Pero hay otros elementos más, que para no abundar es mejor dejar para otro momento o para un reportaje en particular. Lo de fondo es entender el significado de Assange para el mundo ahora, tras 4 años de asilo político. Y no se trata de una conmemoración celebratoria o panfletaria. Hay que descifrar por qué el gran poder político y militar global de ese tema no ha dicho nada. Igual, ¿por qué no se dijo nada de parte de la CIDH o de Reporteros Sin Fronteras y otras entidades sobre la sentencia recibida por Barret Brown en enero de 2015? Este periodista estadounidense fue condenado a 63 meses de prisión por los supuestos delitos de encubrimiento, obstrucción de la justicia, y por “amenazar a un oficial federal”, tras una investigación del FBI en el llamado caso Stratfor email leak, iniciado en 2012.

La sentencia obliga a Brown a pagar $ 900 mil a Stratfor (la empresa de seguridad e inteligencia más grande del mundo y que presta sus onerosos servicios exclusivos al gobierno estadounidense). Brown es un periodista independiente que investigó sobre la industria de seguridad y cuando fue detenido se le negó el derecho a la libertad bajo fianza, contemplado en la normativa de EE.UU.

Otra vez: lo de fondo es que Assange, Chelsea Manning, Snowden o Brown, así como otros tantos periodistas y activistas (que denuncian el poder real del mundo, las conexiones con las grandes empresas de seguridad, servicio de internet, navegadores y magnates y donantes principales de los grandes candidatos a la presidencia de EE.UU.) no constituyen para cierta izquierda y mucho menos para sus colegas en Ecuador o América Latina un motivo de lucha permanente, menos de acciones de solidaridad efectiva o campañas para su liberación.

Al contrario, plegaron a ese sacrosanto tótem moral de que hay derroche de gasto público en un asilado. Por supuesto: no lo harán. Además del temor de perder la visa tienen miedo de recibir menos fondos de aquellas entidades estadounidenses que financian blogs y medios de prensa, pagos a periodistas “que se comen la camisa” y a políticos con afanes presidenciales.

Assange dejó de ser su ídolo en el mismo momento en que apuntaló lo que desde Lenin, el Che o los presidentes bolivarianos han dicho del imperialismo y sus operadores locales. Como el propio Assange lo reconoce en varias de sus declaraciones y libros tras el acoso vivido después de las revelaciones de los miles de miles de cables donde se desnudaba al poder real del mundo: “Ya no podíamos escoger nuestros terrenos de batalla, y se abrieron frentes desde todas partes, por lo que tuve que aprender a pensar como un general.

Estábamos en guerra abierta”. ¿Dirán que esa es una declaración paranoica? ¿De un nostálgico sesentero? ¿De que la CIA, el FBI, DEA, NED y los servicios privados de seguridad (como los que actúan en Ecuador) son cosas de la Guerra Fría? En su autobiografía no autorizada, Assange dijo que su lucha global es “por forzar la creación de una nuevas relaciones entre los pueblos y sus gobiernos”.

Y a él muchos de los que ahora reflexionan el cuarto aniversario de su permanencia en la embajada en Londres lo tratan como si fuese un criminal, así como tratan a muchos de los que ahora tomamos una posición sobre determinados temas que solo reflejan la misma que tuvimos toda la vida, desde ciertos principios que no se negocian para obtener un visa y mucho menos para aparecer como los hombres morales que no se ensucian las manos en unas luchas nostálgicas, sesenteras o de causas perdidas.

Julian Assange es un ser libre, sin ninguna duda. Y lo será siempre en la misma perspectiva de que sus causas, principios e ideales sean para acabar con los verdaderos poderes globales.

*Director del diario El Telégrafo, Ecuador.