Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Keiko Fujimori ha sido derrotada otra vez en una elección presidencial. Eso, además de cuestionarla como la lideresa de Fuerza Popular (se viene la noche de cuchillos largos liderada por los Albertistas en el Fujimorismo), indica que ha ganado otra vez una agenda anti-Fujimori en el Perú tal como sucedió en el 2011.

Sin embargo, esta vez no solo debido a una campaña para recordar la cleptocracia criminal de Fujimori-Montesinos en los noventa, sino por la entrada a la escena del balotaje de los vínculos actuales con el narcotráfico y con todo lo más lumpen que puede agrupar el campo fascistoide de la política peruana. Basta decir que un gran bolsón del electorado que le dijo No a Keiko es joven y no vivió el primer fujimorismo, o al menos no con la suficiente consciencia.

En el 2011, Keiko perdió a manos de una opción del campo nacional-popular que luego traicionaría Ollanta Humala al interpretar erróneamente que había ganado solo – por ser él – y no debido a una coalición social antifujimorista. De allí que no impulsó la reforma política, punto de partida de esta agenda para qué hoy por ejemplo, no estemos en esa paradoja de que el Fujimorismo controla el 56% del Congreso con tan solo el 27% del voto parlamentario (cifra repartidora), o que en Cajamarca los candidatos que ganan, no obtienen la representación nacional, sino los que pierden (valla electoral), entre otras cosas.

Humala tenía al inicio de su mandato la correlación de fuerzas en el legislativo y la popularidad necesaria para empezar de una vez por todas a desfujimorizar el Estado peruano, pero prefirió un proyecto de orden familiar-patrimonial, que derivó más bien en el fortalecimiento del Fujimorismo liderado por la hija del dictador.

Con todo, en el 2016, Keiko ha sido nuevamente derrotada, pero esta vez a manos del liberalismo democrático de PPK, que tuvo que sumarse sí o sí, al frente Anti Fujimori para lograrlo. De hecho, PPK ha sido tan mal candidato que incluso eso no bastó. Y ese casi 1 por ciento con el que está ganando se lo debe a Verónika Mendoza, lideresa indiscutida de la izquierda electoral nacional, que sin dejar de afirmar su discrepancia respecto al neoliberalismo de Kuczynski, hizo una campaña muy fuerte los últimos siete días (en castellano y quechua) llamando al sector vacilante de sus electores de primera vuelta, a votar por PPK contra el retorno del narcoestado a Palacio de Gobierno.

Sin eso, PPK no hubiera sacado casi (o más) del doble de votos que Keiko en el sur del país. Verónika puso la necesaria banderilla final contra la candidatura de Keiko Fujimori. Además demostró capacidad de endose, lo que la fortalece como política.

Si PPK realmente quiere darle estabilidad política al país deberá comprender esta compleja situación para interpretar su triunfo, y no dejarse arrastrar por quienes ya le han empezado a decir que debe hacer un gobierno en alianza con el Fujimorismo (y de pasada con el Apra), con el cuento de que el pueblo eligió un Congreso con mayoría absoluta naranja para que co-gobierne con el que salga presidente.

Eso es falaz porque además de que Fuerza Popular tiene una sobre representación parlamentaria que no corresponde con su votación efectiva, sino más bien con una cifra repartidora mañosa; el triunfo de PPK ha sido posible gracias al voto de quienes quieren desfujimorizar el país, lo que incluye una lista amplia de medidas democratizantes en la política, la economía y la sociedad. Que no es otra cosa que retomar la transición democrática posfujimorista que Toledo pateó, García enfrentó y Humala dejó casi morir.

PPK tiene dos opciones: o traiciona el sentido de los votos que lo han puesto en la presidencia (para terminar de descomponer la política peruana) pactando con Fuerza Popular el apoyo en el Congreso; o toma la ruta difícil, pero correcta del cumplimiento de sus compromisos con gremios, organizaciones sociales, etc. recurriendo al campo de la centro izquierda, haciéndole gestos y usando Decretos de Urgencia cuando sienta que el fujimorismo se la haga difícil desde el legislativo.

Asimismo, tendrá que evitar dar la señal de un gobierno débil, moviéndose hábilmente en las brechas que ha dejado la ruptura Fujimori/anti-Fujimori en el campo de la derecha económica y mediática, secuela de los casos Ramirez-Chlimper. También aprovechando las contradicciones que la derrota de Keiko ya ha empezado a generar en la bancada electa de Fuerza Popular a fin de enfrenar esa abrumante mayoría.

La izquierda de Verónika Mendoza y otras fuerzas democráticas como Acción Popular e incluso aquellas que están fuera del Congreso, también tienen una tarea en esta nueva coyuntura. Sobre todo en insistir y exigir el cumplimiento de los compromisos de PPK con el frente anti-Fujimori que lo llevó al triunfo.

Carlos Bedoya. Abogado y periodista peruano. Asesor de la Red Latinoamericana sobre Deuda, Desarrollo y Derechos (Latindadd). Es columnista del diario Uno de Perú

Alai