Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

Después del acuerdo logrado en La Habana entre el Gobierno y las Farc para ponerle punto final a la lucha armada de más de 50 años y trazar un camino real hacia la paz, el país –el Gobierno, digamos– tiene que centrar reflectores sobre el Eln, la segunda fuerza subversiva en Colombia, con unos 2.500 hombres, –sobra decirlo– violenta, mañosa e incierta.

Este grupo, antes que aprovechar el proceso con las Farc en forma positiva, lo ha hecho para arreciar sus ataques y, todo indica, fortalecerse militar y zonalmente. Ya se habla de su intención de darles brazalete a guerrilleros ‘farianos’ indecisos de volver a la vida democrática.

Un informe del domingo en este diario da a conocer que el Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac) registró 180 actos violentos de esa organización en el 2014. Una cifra que triplica los que cometió en el 2012, cuando se iniciaron los diálogos en Cuba. Este fin de semana, nada más, hostigaron con armas de largo alcance y granadas las estaciones de policía de Saravena y Fortul, en Arauca.

Lo único claro es la indecisión del Eln. No obstante ser ellos alérgicos a los diálogos, a finales del pasado mes de marzo la dirigencia de esta guerrilla y el Gobierno habían anunciado la fase pública de conversaciones, que al parecer ese grupo nuevamente resolvió meter a la nevera, no por culpa del Gobierno, como dicen, pues la decisión es solo suya. Comete un grave error.

Lo deseable y lógico sería que el Eln tuviera un momento de realismo y lucidez y comprendiera que el camino de la sangre, del sometimiento a la gente, de la destrucción de la infraestructura nacional es caduco e inverso a su proclama de ejército del pueblo, pues es su verdadero enemigo.

Por eso comienzan a oírse llamados para que esa guerrilla acoja la vía negociada. Así se lo sugiere el viernes pasado al Comando Central un grupo de académicos e intelectuales en una carta abierta en la que les hacen ver que “se ha generado un espacio inédito para que los colombianos busquemos y concretemos una paz plena”.

No pueden los ‘elenos’ seguir convertidos en los centinelas y socios de la minería ilegal, en narcotraficantes y protectores de cultivos de coca, en soberanos en zonas que creen ‘intocables’. Tienen que dejar, de una vez por todas, la miserable práctica del secuestro, que utilizan con tanto cinismo como otro de sus negocios. Aparte del reciente secuestro de periodistas, se sabe que tienen al menos a siete personas, entre ellas a Odín Sánchez, cuyo canje por su hermano Patrocinio le costó a la familia una gruesa suma de dinero; o al comerciante Octavio Figueroa, plagiado el pasado 16 de marzo en Barrancas, La Guajira, entre otras personas que están en sus extorsivas garras.

El escenario ha cambiado. A la dirigencia de esa guerrilla le ha llegado la hora de una decisión trascendental. O retoma el sensato camino del entendimiento o tendrá que ser sometida por las fuerzas del Estado, que no puede permitir que mientras llega a un acuerdo histórico con un grupo armado de más de 50 años como las Farc para pacificar el país, otro tome aire y llegue a ocupar las zonas y ‘negocios’ dejados por esta organización. Sería un absurdo que la historia no nos perdonaría.

El Tiempo