Los conceptos vertidos en esta sección no reflejan necesariamente la línea editorial de Nodal. Consideramos importante que se conozcan porque contribuyen a tener una visión integral de la región.

En estos momentos cruciales la oposición debe afinar sus políticas y no perder el tiempo en impertinentes distracciones que, como ocurre hoy, lo llevan directo a encallar en bancos de arena e inmovilizarse en el mar de sus propias contradicciones. El oficialismo ha sabido aprovechar el desconcierto en que ha caído el movimiento opositor al no presentar a tiempo un rumbo estrictamente claro y pragmático que permita no sólo consolidar lo alcanzado hasta ahora, sino avanzar hacia nuevas posiciones que están al alcance en lo inmediato.

A pesar de su descalabro moral nacional e internacional, de la deserción masiva en sus filas y de la lucha intestina que ocurre ferozmente entre sus cuadros dirigentes, de las flaquezas de su economía y de la amenaza cierta de una hambruna devastadora, el oficialismo ha reagrupado sus fuerzas y modificado su estrategia llena de desplantes y provocaciones –que lo condujeron a un callejón sin salida–, por un viraje urgente y sorpresivo para consolidar sus posiciones y lanzar una ofensiva que, si bien luce sin persistencia en el tiempo, no menos cierto es que le permite ampliar su margen de maniobra, ganar tiempo para pactar y salvar, dentro de lo posible, terrenos que corren peligro de pasar a otras manos.

La ocasión le es propicia porque la oposición que sobresalía hasta ahora por su unidad consolidada, por la confianza política que trasmitía a los venezolanos y por su ataque rotundo y frontal contra las lacras del régimen bolivariano, se fue desgastando al emprender batallas fantasmas que estaban perdidas de antemano, obviando que si no se avanzaba por otros caminos y se persistía ciegamente en utilizar las alternativas del pasado, el desgaste progresivo del liderazgo de la oposición era cuestión de tiempo.

Sin lugar a dudas esta percepción se aceleró cuando la opinión pública se enteró de una reunión en República Dominicana que se presumía secreta, a espaldas no sabemos de quién que no fueran precisamente los primeros interesados en ello, es decir, los venezolanos que luchan por un futuro democrático para el país.

El error fue de marca mayor porque en las primeras horas los voceros de la oposición intentaron negar lo que ya era evidente y palpable, aumentando con ello el desconcierto e imprimiéndole a un hecho tan absolutamente explicable en lo que pudiera llamarse el preámbulo de un diálogo, un carácter pecaminoso y traicionero. El oficialismo no perdió tiempo para salir al ruedo y lanzar su propia versión envenenada sobre lo que había ocurrido en Dominicana.

Luego ocurre otro hecho insólito y sorpresivo, como lo fue la reunión entre el expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero y Leopoldo López, ocurrida en uno de los centros carcelarios más odiados por los venezolanos no solo por su carácter de cárcel militar como por los atropellos que los jefes de la prisión han tenido no sólo con el propio Leopoldo, sino con su esposa y la madre, en presencia de sus hijos de corta edad. No queda otra que reconocer que la ofensiva ha pasado manos del oficialismo.

El Nacional