En el preciso instante en que la presidenta Bachelet afirmaba sin asomo de dudas que en Chile ya no había cabida para los abusadores, muy cerca de sus discursos el cuerpo de Carabineros hacía lo suyo con los estudiantes. Desnudados, insultados, golpeados de la manera más cobarde, los funcionarios públicos se ensañaban con muchachos y muchachas, desmintiendo de una manera brutal el aserto presidencial.

El hecho es que alguien se equivoca. O es la presidenta que habla cosas que no sabe o de las cuales sabe y calla, o Carabineros que trastoca sus funciones y hace lo que se le da la gana, sin importar las declamaciones presidenciales. Ambas opciones en cualquiera de sus variantes demuestran que en Chile las cosas no andan bien.

Veamos cómo entendemos que por lo menos un par de hijos de connotadas víctimas de la represión cobarde de la tiranía son desnudados recibiendo dineros provenientes desde la mismísima cripta del tirano y solo atinan a decir que ellos, Marco Enríquez-Ominami y Carolina Tohá, no tenían idea de tal despropósito.

Como si la gente fuera por completo bruta todo el tiempo.

Bandas de políticos han abultado sus ya exageradas prebendas por medio de arrendarse o venderse a los empresarios corruptos. Diputados y senadores que legislan en contra de la gente y ministros que no habrían deslucido durante los diecisiete años del tirano por la fruición demostrada ante la posibilidad del apaleo y la represión del que se atreve a protestar.

Delincuentes de cuello y corbata arrasan con el país. Contaminan y secan la tierra. Envenenan las aguas de los mares y la que se bebe. Dinamitan los glaciares. Pudren el mar. Explotan a la gente. Maltratan a los niños. Desprecian a todo el que no comparta sus posiciones de gente poderosa.

Enfermo de impunidad, el país se desliza por una pendiente de degradación de impensables consecuencias.

Gente con un desteñido pasado de izquierdistas cultivan una moral que si fuera doble ya sería algo. Pero, superando todos los límites, el dúo que controla el poder del Estado y de los negocios cultiva una moral múltiple capaz de mutar dependiendo de donde calienta más el sol o brilla con mejores luces el dinero.

En manos de una calaña éticamente aviesa de sujetos ha estado el paisito durante los últimos cuarenta años y sería cosa de ver la depredación de todo para demostrarlo.

Calienta-sillas, gana-dietas, cobra-coimas, apalea-niños y un sinfín de sujetos en ese orden, hacen lo posible para que esta cultura se parezca a lo que supone que debió superar. Y hay que destacar lo bien que les sale.

La guerra civil que se libra al interior de la coalición en el gobierno, en breve, hará lo que siempre pasa cuando por quítame allá estas pajas se muestran los cuernos que nunca hacen nada: van a perder los de siempre.

Y la derecha intentará restaurar sus heridas sospechando que el deterioro de la gestión bacheleteana le abre espacios para una nueva aventura.

Las leyes seguirán siendo las excusas precisas para seguir perfeccionando la cultura que se cae a pedazos. Y muy pronto entre abrazos y augurios, entre silencios y omisiones, todo seguirá hacia donde mismo.

Lo que aún no se ha podido descifrar, a pesar de las señales de buena voluntad que muestran muchos que se dicen enemigos del actual estado de cosas, es qué habría que hacer para superar este momento. Los trabajadores y las fuerzas sociales que históricamente han hecho lo suyo cuando se ha tratado de cambios o por lo menos de esfuerzos por salir de situaciones insoportables, aún no dan señales de nada.

Cuesta imaginar que por ahí anda gente valiosa incluso heroica que hizo mucho por sacudirse del yugo de la tiranía y otros muchos que se han formado en las luchas sociales en este último cuarto de siglo. Y que sin embargo aún no coinciden en un derrotero común que por lo menos señale un camino.

Las movilizaciones de Chiloé vuelven a demostrar que la rabia no es todo.

*Escritor y periodista chileno. Estudió Física y Matemáticas en la Universidad Técnica, es asesor del Colegio de Profesores, autor de “El Coa y el Lenguaje de la Calle.